Estética de la vida cotidiana

11 marzo 2007

 

 

El árbol de la libertad

 

 

 

 

 

 

La alegoría del árbol

 

El concepto de libertad que deriva de la antropología cristiana tiene como rasgo distintivo el crecimiento orgánico. Primeramente la libertad ha de arraigar en la intimidad, para germinar después en el terreno de la conducta, y fructificar finalmente en las obras. Se trata, pues, de una libertad “de dentro afuera” (libertad interior) y sólo secundariamente “de fuera adentro” (libertad exterior o legal). Se encuentra representada de modo luminoso en las abundantes alegorías vegetales del Evangelio, en particular Mateo 7, 15-20: Por sus frutos los conoceréis …Todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo frutos malos. De esta simbología se hace eco el Catecismo de la Iglesia en su definición de libertad; lo hacemos notar destacando a continuación algunas palabras: es el poder, RADICADO en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí. La libertad es en el hombre una fuerza de CRECIMIENTO y de MADURACIÓN en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

 

El terreno donde este árbol crece, según queda dicho, es la intimidad. ¿A qué nos referimos con esta palabra? Dejando aparte ulteriores precisiones, intimidad es ante todo la vivencia de nuestra condición de criaturas: únicos por ser imagen de Dios, pero limitados por ser barro de sus manos. La libertad comienza, por tanto, en el momento en que asumimos esta verdad última de nuestro ser y orientamos en función de ella nuestra vida. Para mantener esta apertura radical a la verdad (que los clásicos llamaban prudencia) es necesario repetir infinidad de actos libres, a fin de que la libertad misma se incorpore a nosotros y acabe configurando nuestra intimidad. Desde este punto de vista podríamos definir la intimidad como fidelidad a nuestra verdad radical. Fidelidad no es aquí una instalación inerte y pasiva en nuestras circunstancias, sino por el contrario una relación dinámica y nutritiva con ellas; se da una especie de feedback que recuerda al célebre árbol de Jeremías: plantado junto a la ribera extiende hacia la humedad sus raíces y así no temerá el estío. Estarán siempre verdes sus hojas, no le afectará la sequía, ni jamás dejará de producir fruto (17, 7). Paradójicamente, cuanto más se sujeta al terreno, tanto más lejos y alto puede extender sus ramas. De este modo el suelo sustancioso de la creación constituye el límite de nuestra libertad, y al mismo tiempo la condición que la hace posible. Lejos de alienarme, cuanto más asumo mi dependencia de Dios tanto más me planto en esta tierra y me abro a los cuatro vientos.

 

Siguiendo con el símil, podemos distinguir en este árbol una libertad-raíz y una libertad-fruto, orgánicamente unidas.

 

La libertad-raíz tiene por objeto a la persona misma del agente: no es un poder-hacer (actuar, decir, pensar, etc.) sino un poder-hacerse, o si se quiere, un poder-ser: yo siempre puedo ser más yo: mejorarme, superarme, corregirme prometerme, destinarme, etc., o bien todo lo contrario; soy  quien me da la gana, hago de mí la persona que quiero. En este sentido la libertad es sencillamente la voluntad humana en su raíz (voluntas ut natura). Sin embargo por muy libre que yo sea, nunca puedo abarcar mi persona en un solo acto: necesito multitud de ellos, referidos a objetos distintos de mí. Si quiero modelarme en un sentido u otro tiene que ser mediante elecciones particulares y reiteradas referidas a cosas que no soy yo. Es la que hemos llamado libertad-fruto. Por insignificantes que sean dichas elecciones, en todas ellas late íntegra mi persona, y mi vida en cierto modo se condensa y contrae: siempre que decido lo que quiero hacer decido quién quiero ser. Aquí estriba el insondable valor ético, estético y espiritual de la vida ordinaria: esa trama de acciones menudas pero libres donde tantas personas se con-figuran o des-figuran como tales y deciden sobre sí.

 

Libertad y virtudes

 

De lo dicho se sigue la necesidad de los hábitos morales o virtudes, que permiten al hombre hacerse dueño de sí y lograrse como persona. Hábito viene del latín habeo, tener: las virtudes son, en efecto, modos de habérselas cada cual con uno mismo. Son indicio de la espiritualidad del alma, por la cual, más allá de lo que soy (nivel psicosomático o empírico) está lo que hago con lo que soy (nivel personal o espiritual), lo cual no es otra cosa que el juego de las virtudes.

 

 

Libertad y amor

 

El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano; dicho con otras palabras: la savia de la libertad, la energía que hace crecer al árbol, es el amor. Tanto tengo de libertad cuanto tengo de amor, y viceversa. De ahí que la libertad-raíz coincida con el amor mismo, es decir, con aquella inclinación por la que tiendo al para qué (o más bien al para quién) de mi vida, ya que sólo vivo si es de, para y por lo que amo. Este para qué/quién fundamental suele llamarse fin último, y está como latente en todos mis actos libres en los cuales lo barrunto, al tiempo que lo ratifico o lo traiciono.

 

 

Libertad y verdad

 

Desde el punto de vista personalista podríamos definir la verdad como algo que alguien dice a alguien. No es, pues, un dato, ni el conjunto de todos ellos, como quiere el positivismo y en general la mentalidad moderna: es ante todo una relación personal, y por tanto comprometedora; la verdad es intrínsecamente dialógica. En esta perspectiva alcanza todo su relieve la frase evangélica: la verdad os hará libres. Sólo en el humus de la conversación sincera, en efecto, la libertad arraiga y se desarrolla.

 

En esta misma línea pero situándonos en el plano de la Revelación cristiana, la verdad aparece no sólo como “algo que alguien dice a alguien”, sino como “Alguien que, diciendo algo, te busca y te salva”. Cristo, en efecto, que ha dicho Ego sum véritas, revela y lleva a su extremo la índole amorosa de la libertad.

 

 

Libertad y belleza: la gloria

 

Desde el punto de vista estético la libertad es la capacidad que tiene el hombre de responder a la belleza, y la respuesta libre a la belleza es lo que llamamos gloria. En esta respuesta se articulan las dos categorías fundamentales de acción humana: por un lado lo ético, personal y espiritual (agibilia; to do), y por otro lo artístico, técnico y profesional (factibilia; to make). Son dos dimensiones de la acción que se distinguen de modo abstracto, ya que en el vida se dan totalmente compenetradas: toda realización técnica posee dimensión ética, y viceversa. La rica interacción entre ambos órdenes da lugar a complejísimas formas de convivencia y de cultura, que conservan en sí la estructura humana de que proceden: son también cuerpo y alma, materia y espíritu, palabra y voz, tiempo y eternidad, etc. Cuando tal estructura se manifiesta con claridad, es decir, cuando las obras reflejan lo genuinamente humano, entonces nuestra vida se torna digna de ser contemplada y suscita en los demás el recuerdo de Dios: “que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre celestial” (Mt 5, 16). En este sentido la gloria viene a identificarse con lo que hemos llamado en otro lugar “belleza integral”. Ésta, en efecto, resulta de conjugar lo agible y lo factible mediante un riguroso ejercicio de libertad, que sólo es tal cuando tiene rostro, responde de sí, es responsable. En este contexto la honestidad sería la virtud que otorga rostro a la libertad, volviéndola de este modo hermosa y resplandeciente, o lo que es lo mismo, gloriosa.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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