Pensar en complementario

07 septiembre 2007

 

 

 

Elogio de la inteligencia maternal

Fuente: www.lasprovincias.es

 

  

 

Ha sido una pena que estos días en los que se han realizado tantos programas especiales sobre Rocío Jurado nadie haya relacionado su talento con la inteligencia maternal. No podemos atribuir este olvido sólo a la desmesura de la prensa rosa, como si ellos no formaran parte de una cultura superficial que instrumentaliza comercialmente las emociones; sino a gran parte de los profesionales y gestores de la información que se ven arrastrados por una corrección política que margina la maternidad.

Afortunadamente, se anuncian tiempos de cambio donde la maternidad puede desempeñar su merecido lugar en el nuevo horizonte cultural. No se trata de un retorno o vuelta a sociedades matriarcales donde todas las funciones socializadoras y educativas son asumidas por las madres. Se trata de un horizonte de resistencia cultural donde la mujer no se avergüence de su condición de madre y donde los líderes políticos o culturales no tengan miedo a romper con el lenguaje de lo políticamente correcto. Un lenguaje que ha desterrado de las deliberaciones públicas toda referencia a la maternidad en la construcción de los imaginarios sociales. Un lenguaje feminista refugiado en términos como los de salud reproductiva, paridad o liberación sexual donde se esconden filosofías como las de Simone de Beauvoir y Betty Friedan para quienes la maternidad “arruina la vida y contribuye a la opresión”.

Aunque no podemos identificar la reivindicación cultural de la maternidad con el desarrollo de la inteligencia maternal, sí podemos afirmar que se avecina un cambio de época donde aparecerán nuevas formas de ver, sentir y actuar que serán incomprensibles sin la condición de madre. Un cambio que se está produciendo en diferentes ámbitos sociales y para el que hay que tener bien abiertos los ojos. Este cambio puede percibirse estos días cuando alguna modelo como Estefanía Luyk decide lanzarse a la maternidad sin ningún tipo de prejuicio y, sorprendiendo a la periodista que hace la pregunta, afirma: “el embarazo me está dando mucha energía”.

En la misma dirección hay que entender el liderazgo que está desempeñando en el gabinete alemán de Angela Merkel la ministra de Familia, Ursula von del Leyden. Aunque la inteligencia maternal no depende del número de hijos, los siete de esta ministra han mantenido despiertas unas capacidades, habilidades y destrezas sólo explicables por su condición de madre. Ella misma ha llegado a afirmar que los niños son la fuente número uno de innovación para un país y la única manera de sostenerlo a largo plazo. Para ella, “los niños no sólo no me quitan energía sino que me la dan”. Podemos hablar de inteligencia maternal cuando comprobamos que el embarazo, la gestación, la crianza y el cuidado de los hijos afectan al cerebro y la inteligencia pero en un sentido distinto al que plantean quienes se mueven entre los dogmas feministas. Afecta al cerebro y el tejido neuronal porque incrementa las capacidades de la madre haciéndola más inteligente. No estamos ante un proceso de inteligencia lógica o computacional, como si la maternidad aumentara la memoria numérica. Tampoco ante un proceso de inteligencia técnica o instrumental, como si la maternidad aumentara sólo las habilidades para solucionar problemas mecánicos inmediatos.

Las investigaciones difundidas recientemente por Katherine Ellison en su libro Inteligencia maternal (publicado por editorial Destino), trabajan con una hipótesis sencilla: los hijos no son un obstáculo sino una oportunidad. La maternidad es mucho más que un impulso para el cerebro de la madre, supone un impulso para su sensibilidad y la de su ambiente, un impulso a su capacidad de juicio, un enriquecimiento de la inteligencia. Con esta idea desarrollan los trabajos de la filósofa Sara Ruddick, que en 1980 se enfrentó a los dogmas feministas proponiendo la Inteligencia maternal para defender que la maternidad supone un enriquecimiento para las madres, las familias y las sociedades.

Este contraataque de quienes han comprobado que la maternidad no sólo era un desafío para maduración personal sino un estímulo para su desarrollo profesional es importante para que nuestra cultura renueve unas prácticas sociales hipotecadas con una inteligencia lógica, técnica o simplemente computacional. Además de los cambios neuronales que se producen en las madres, hay toda una serie de cambios familiares, culturales y socio-políticos que se anuncian con la inteligencia maternal. Lo hemos visto con el desarrollo y divulgación de la inteligencia emocional que anuncia el valor madurativo de las emociones, la importancia de las redes emocionales para tomar decisiones acertadas y la relevancia social de la empatía, la compasión o el perdón en el aprendizaje de la convivencia.

A pesar de que tanto la inteligencia emocional como la inteligencia maternal son estadios diferentes en este cambio cultural de la inteligencia, la mayoría de los investigadores prefieren detenerse en el estudio de las emociones y desentenderse del estudio de la maternidad. La matriz del cambio está en la riqueza de una maternidad donde las transformaciones neurobiológicas y familiares tienen consecuencias importantes que afectan a la sociabilidad, al afecto entre personas, a la educación, la crianza y el amor. Ya iba siendo hora de que los científicos rompan con las investigaciones políticamente correctas y empiecen a estudiar emociones positivas, emociones virtuosas y, sobre todo, los mecanismos cerebrales, familiares y sociales vinculados con tradiciones de buen gusto.

Aunque tardemos mucho tiempo en ver la creación de un Instituto para la Investigación del amor ilimitado, como el que ya se ha creado en algún estado americano, no podemos perder la esperanza de que la Inteligencia maternal vaya haciéndose un hueco en el mundo de la investigación, la deliberación pública y la promoción cultural. Una inteligencia tan compleja como la emocional, o como la sentiente de la que ya nos habló Zubiri, pero movida por una ética sencilla: la ética de cuidar de los demás como la más poderosa forma de inteligencia.

 

 

Agustín Domingo Moratalla

Fuente: www.lasprovincias.es

  

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