Pensar en complementario

16 diciembre 2006

 

 

La unidad de dos

 

Hay dos modos de ser hombre, dos modos de vivir, pensar y amar: varón y mujer. Por eso la auténtica cultura es necesariamente unidual: Surge en la convivencia complementaria con el otro sexo, y se alimenta de respeto, admiración y servicio. Pablo Prieto.

 

 

 

Dos formas de humanidad

 

Es evidente que existen dos modos de ser hombre: varón y mujer. Ambos comparten idéntica naturaleza pero la encarnan de forma radicalmente diversa. Más allá de las funciones sexuales o psicológicas, la distinción radica en la persona, de la que hay en el hombre dos versiones originarias e irreductibles: la masculina y la femenina. A esta doble personeidad en igual humanidad la llamamos "unidad de dos", existencia dual o unidualidad.

 

 

La “unidad de dos” se manifiesta en el amor

 

Esta “unidad en la distinción” se pone de manifiesto en las relaciones personales. Siempre que hablamos de “relaciones  personales” sobreentendemos que éstas son, de un modo o de otro, amorosas, incluida la mera amistad. No cabe otro modo de relacionarse dos personas en cuanto tales si no es abriéndose, aunque sea mínimamente, al amor mutuo. Como ha repetido Juan Pablo II, sólo el amor es una actitud adecuada a lo que la persona es.

 

 

La “unidad de dos” implica la igualdad.

 

El mejor ejemplo es el deporte olímpico, donde se realza y celebra la igualdad en la naturaleza. La medalla de oro del varón, en efecto, no es más gloriosa que la de la mujer: no por correr más rápido su premio es más merecido (en cambio en carreras de caballos o perros compiten machos y hembras juntos). El lema de los juegos olímpicos, más allá del campo del deporte, sintetiza de modo luminoso el núcleo mismo de la naturaleza humana: “citius, altius, longius” (más rápido, más alto, más lejos): el hombre sólo es hombre superándose, vive rebasándose, está por hacer, es autotarea. Pues bien, esta fórmula incumbe por igual a varón y mujer, si bien la cumplen de modo diverso: “eadem sed áliter”.

 

 

La “unidad de dos” se inventa artísticamente

 

Para explicarlo proponemos ahora el ejemplo del coro polifónico. En él las voces masculinas y femeninas se armonizan distinguiéndose, complementándose, destacándose mutuamente, hasta lograr lo que podríamos llamar la “voz del hombre total”. Es una “unión hecha de distinción”: cuanto más se compenetran las voces, tanto más femenina es la de ellas y masculina la de ellos. Análogamente existe una “voz total” en la familia y en la sociedad, que resulta de convivir varones y mujeres de un modo armonioso, bello, creativo: cuando esto ocurre, el resultado supera la suma de los valores de unos y otras: “lo cantado” en el gran concierto de la convivencia entre varón y mujer es propiamente “lo humano”. Esta complementación, como sucede en el coro, sólo suena bien cuando se inventa artísticamente en función del respeto y admiración mutuos.

 

 

La “unidad de dos” como paradigma de toda relación personal

 

Según aparece en el Génesis, la relación entre Adán y Eva ilumina la estructura básica de toda relación personal. En otras palabras, la relación entre varón y mujer representa la figura o icono de toda relación entre persona y persona. Obviamente no significa que la simple amistad, por ejemplo entre compañeros deba asimilarse a la relación erótica en el plano físico o psicológico. La analogía del amor erótico se limita exclusivamente a los siguientes elementos, que en él aparecen de modo paradigmático:

 

a) Alteridad.— En efecto, toda relación personal es ante todo dual, cosa de dos, dialógica. Las estructuras colectivas (familia, pandilla, tertulia, asociación, club, etc.) sólo tienen estructura personal cuando en su interior es posible el tú a tú.

 

b) Reciprocidad.— Consiste en que las dos personas se conocen conociéndose, se reciben dándose, se afirman abnegándose, etc. La reciprocidad implica “salir de sí” (eso significa etimológicamente “éxtasis”) para acceder al otro.

 

c) Corporeidad.— Incluso la mera amistad, aunque no sea en absoluto un amor corporal o sexual, requiere tres condiciones que podríamos llamar “corporales”:    

 

1ª) La presencia corporal al menos posible. Con un personaje del pasado o del futuro, o imaginario, no es posible una verdadera relación personal (caso distinto es la amistad con los santos y los ángeles, de la que no tratamos aquí). Hemos dicho presencia “al menos posible” porque cabe una verdadera amistad entre personas que quizá no se encuentren nunca, por ejemplo los que se tratan por e-mail: en tal caso, precisamente por ser amigos no descartarán el encuentro personal, por improbable que sea. La posibilidad del encuentro es ingrediente esencial de la amistad escrita.

   

2ª) No cabe relación personal sin contar con la condición sexuada: es imposible, por ejemplo, una auténtica amistad por Internet sin conocer con certeza el sexo del interlocutor, aunque la intención no sea en absoluto de flirteo. Sin conjugar el género gramatical es imposible conversar con nadie.

       

3ª) El significado esponsal del cuerpo también pertenece a toda relación personal, aunque ésta no sea erótica. El elemento esponsal (de spondeo, comprometerse, prometerse) presente en la morfología del cuerpo humano (frontalidad, rostro, identidad, gesto, etc.) ya evoca el horizonte vocacional en que se mueve toda amistad, sea del tipo que sea. Este horizonte común consiste en la comunión amorosa, a la cual tiende toda vocación personal.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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