Pensar en complementario

10 octubre 2008

 

 

 

El ciudadano neutro 

 

Cuando ciertos políticos hablan de “ciudadanos y ciudadanas” no es por respeto a la diferencia, sino por falta de una palabra adecuada que la suprima. Si la diferencia varón/mujer se considera irrelevante para el matrimonio, entonces también lo es para el derecho y para la vida social. La igualdad ya no es fruto de la complementariedad sino del igualamiento. P.P

 

Para ser ciudadano hay que ser neutro. Este es el disparate que se desprende de ciertos contenidos educativos impuestos por el Estado en España. Me explicaré con poco de ironía, pero sin apartarme de la realidad, que cualquiera puede comprobar ojeando los libros de texto correspondientes.

 

Neutro quiere decir ni varón, ni mujer, ni homosexual, ni hetero, ni bi, ni trans, ni nada, pues tales cosas serían simples opciones libres del individuo privado, y por tanto algo secundario y relativo. Por encima de todo ello, lo realmente importante sería ser ciudadano/a, también escrito ciudadan@, que para mayor comodidad designaré —en contra de la dogmática de género— con el masculino común “ciudadano”. Pues bien, sepan ustedes que este ente o ser o cosa carece por definición de sexo. Es libertad pura, autoconciencia desencarnada, espíritu absoluto; un alma, no sé si en pena o en gloria, pero sin cuerpo. Mejor dicho, no es que carezca de cuerpo, sino que lo posee del mismo modo que el coche, el televisor, la PDA, la playstation y demás objetos de uso y disfrute particular. Sí, para la nueva asignatura de Ciudadanía el cuerpo humano es material biológico privado: manipulable, orientable, explotable, reconstruible o clonable, todo ello a gusto del consumidor, que para eso es suyo.

 

Esta omnímoda libertad tendríamos que agradecerla -según se desprende de "Educación para la Ciudadanía"- a la neutralidad sexual. No ser, de entrada, varón ni mujer sería el requisito para elegir posteriormente ser lo uno o lo otro, o ambas cosas a la vez, o un sexo de diseño, o todo lo contrario. No ser nada nos permite serlo todo. Renegar de nuestra naturaleza nos permite deconstruir todo lo deconstruible, y reinventar al hombre partiendo de cero. Como el dios griego Proteo, nos metamorfoseamos, decidiendo a nuestro antojo sobre la Naturaleza, la Ética, la Genética, y la Historia.

 

Pero no sólo libres, la neutralidad nos hace, además, iguales. Ahora bien, no una igualdad de las personas, faltaría más, sino de los individuos neutros, pues las personas como tales serían asexuadas. O hermafroditas, como los caracoles. ¡Qué idea tan científica, progresista, y sobre todo útil! Con ella queda resuelta definitivamente la espinosa diferencia entre varón y mujer. ¿Cómo? Suprimiéndola de raíz: son iguales sencillamente porque son lo mismo. La igualdad no es el fruto de la complementariedad sino del igualamiento.

 

Se acabó el aplicar los calificativos de “masculina” o “femenina” a la persona. A partir de ahora esta distinción queda reservada al mencionado material biológico privado —concretamente, al sexo gonadal, cromosómico, genital y hormonal—, y a las interpretaciones que cada uno quiera darle, a saber: identidades sexuales inventadas o reasignadas, orientaciones elegidas a capricho, roles sociales, estereotipos, construcciones culturales, cirugía estética, vestido, perfumes, diseño, etc: todo menos la persona en cuanto tal. Pues afirmar que la persona misma es masculina o femenina sería una herejía esencialista, huele a heterosexualidad obligatoria, a maniobra represiva del patriarcado.

 

Y así, ser varón o mujer ya ha dejado de tener nada que ver con el matrimonio —como lo prueba el mal llamado “matrimonio homosexual”—, y por consiguiente tampoco con el derecho y con la vida social y política. Esta diferencia ha quedado al mismo nivel que la que hay entre bombero y electricista, alto o bajo, de derechas o de izquierdas, músico o pintor, del Madrid o del Osasuna. En el gran cajón de sastre de de la pluralidad no hay unas diferencias más valiosas que otras, todas son indiferentemente iguales, todas merecen el mismo grado de tutela jurídica y apoyo institucional. El rodillo del Relativismo Moral todo lo nivela y equipara, incluidas las exigencias más profundas de la naturaleza humana.

 

Es verdad que oímos repetir a los políticos la coletilla de “ciudadanos y ciudadanas”, pero no nos engañemos: si lo hacen no es por destacar la diferencia, sino por falta de un término adecuado que la elimine. El lenguaje, ya se sabe, aún no está suficientemente deconstruido, pero todo llegará. Porque el objetivo último del feminismo radical, como sostienen sus mismas defensoras, es la supresión tanto del género (deconstruyendo los roles sociales) como del sexo (con ayuda de la ingeniería genética y la cirugía). Asistiremos entonces al advenimiento de un Nuevo Hombre; un hombre cuasiseráfico, gloriosamente libre, celestial. Varón y mujer pasarán. Llegará El/La Ciudadan@.

  

pabloprieto100@hotmail.com

 

Página principal

darfruto.com