Estética de la vida cotidiana

20 enero 2009

 

 

Cultura visual de masas

  

 

Miles de imágenes de todo tipo pasan ante nuestros ojos cada día: televisión, publicidad, Internet, prensa… ¿Hasta qué punto contribuyen a nuestra cultura? ¿Nos vuelven más sensibles o por el contrario estragan nuestro paladar estético? Pablo Prieto. 

 

 

La imagen icónica

Reproductibilidad y ubicuidad

Difusión masiva

Uniformidad y eclecticismo

Simbiosis de diseño y publicidad

Carácter popular

 

 

Con la expresión cultura visual muchos teóricos de Historia del Arte, Sociología, Psicología, Semiótica, Publicidad, Informática, Cine, Diseño, etc, intentan englobar en un concepto común todas aquellas realidades visuales, sean del tipo que sean, que afectan al hombre de la calle. Se trata del mundo de las imágenes, sobre todo artificiales, que expresan y modelan nuestra forma de pensar, de vivir y de amar.

 

Si se prefiere hablar de cultura visual más que de cultura artística es porque hoy día el universo de las imágenes artificiales rebasa ampliamente las categorías de la Historia del Arte, y no puede estudiarse con los mismos conceptos que antaño sirvieron para la pintura, la escultura, la arquitectura y las artes afines.

 

Estos conceptos fueron acuñados en el siglo XVIII, siglo donde nace la Estética y la Historia del Arte, con el fin de interpretar, del modo más sistemático y lógico posible, todas las imágenes artificiales surgidas desde la Antigüedad. Y las más importantes e influyentes de ellas, claro está, eran los templos, palacios, murales, cuadros, grabados, estatuas y otras cosas por el estilo. Se trata sin duda de una considerable restricción del concepto de arte y de su campo semántico, comparado con la tradición platónica y aristotélica vigente en la Edad Media, pero con evidentes ventajas desde el punto de vista metodológico y científico. Gracias a la Historia del Arte y la Estética modernas hemos accedido a hondas esferas del saber humano, y hemos aprendido a captar vislumbres de belleza quizá ocultos para el hombre antiguo.

 

Pero el mundo ha cambiado demasiado para que sigan siendo útiles estos esquemas. El tipo de imágenes que la Historia del Arte acotó como objeto de estudio, es decir, pinturas, esculturas y edificios suntuosos, representan hoy día una proporción pequeñísima respecto a una inmensidad de otro tipo de imágenes, incluso imágenes que representan otras imágenes: fotografía, cine, televisión, Internet, prensa ilustrada, publicidad en sus variadísimas formas, carátulas, portadas, pegatinas, carpetas, logotipos, colgantes, muñecos, graffiti, mobiliario urbano, etc. La figura misma del hombre, y sobre todo de la mujer, es hoy más que nunca una imagen creada, diseñada, inventada en virtud de la moda, lo cual le confiere un valor artístico insospechado en siglos pasados.

 

No todas estas cosas podemos calificarlas de artísticas, por supuesto, pero tampoco podemos negarles a priori esta categoría. Más bien hay que asumir que el verdadero arte no hay que buscarlo ya en una clase o tipo de objetos sino en un modo de hacer, un planteamiento práctico. Una tal descosificación del arte nos devolvería, además, al sano humanismo grecolatino, sin perder por ello las conquistas intelectuales de la Modernidad.

 

Volviendo a la noción de cultura visual, vamos a describir a continuación algunos de sus rasgos para alcanzar, si no una definición, al menos una idea lo más aproximada posible del fenómeno.

 

La imagen icónica

 

Ante todo, lo que constituye nuestra cultura visual son imágenes producidas y manipuladas por el hombre, provistas de un significado y una intención. En una palabra, se trata de iconos. Sin entrar en los matices de la Semiótica, podemos definir al icono como aquel signo que tiene una relación de semejanza con el objeto representado. Todo a nuestro alrededor, en especial el ambiente urbano, está repleto de iconos: fotografías, dibujos, pantallas, logotipos, etc. Incluso la palabra escrita, que no puede considerarse icono por carecer de similitud con lo significado, adquiere esta naturaleza en virtud del diseño. Las artes gráficas, en efecto, pueden convertir en icono hasta un simple carácter tipográfico cargándolo de connotaciones simbólicas. Todo habla a nuestro alrededor, más aún, llama, grita, provoca; todo está humanizado por el diseño, modelado en función de la figura humana; todo despierta los sentidos, excita la memoria, sugiere ideas, narra historias.

 

Reproductibilidad y ubicuidad

 

Pero esta omnipresencia formidable de los iconos se debe, más que al diseño, a la fotografía. Desde principios del siglo XX la imagen fotográfica —ya sea estática o en movimiento— ha invadido todos los campos de la cultura: el arte, la diversión, los negocios, la ciencia, el periodismo, las relaciones personales, etc. Y los progresos técnicos no han hecho más que acelerar este proceso: después del cine y la televisión ha llegado la imagen electrónica, Internet, el videojuego, y la telefonía móvil.

 

Ya en un estudio de 1936 titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, el teórico del arte Walter Benjamín advirtió proféticamente la gran transformación que iba a suponer la nueva técnica. Es cierto que en el grabado ya se practicaba la reproducción de imágenes a partir de un original, pero con la fotografía surge algo distinto. En ella desaparece por completo la idea de “original”, y la consistencia física del soporte pierde interés a favor de la imagen misma. En la medida que se reproduce indefinidamente, ésta se desliga de las coordenadas espaciotemporales para alcanzar una cierta ubicuidad: esta foto es la misma e idéntica aquí que al otro lado del océano. Este fenómeno se hace aún más intenso y compleja cuando la fotografía cobra movimiento, es decir el cine, y más tarde la televisión.

 

Por otro lado, dado que la fotografía es el vehículo privilegiado para dar a conocer visualmente cualquier conducta o realización humana, resulta que la ubicuidad propia de su carácter reproductible se comunica, en cierto modo, a los objetos fotografiados. Las “cosas” que conocemos parecen estar “en todas partes”, y su localización física resulta cada vez más irrelevante. Quien presume de saber de Velázquez posiblemente apenas ha visto de este pintor más que fotografías. Nuestros datos sobre personajes, paisajes, animales, máquinas, etc normalmente se encuentra mediado y condicionado por la fotografía mucho más de lo que sospechamos. El modo contemporáneo de mirar, y por tanto también de conocer y pensar, se ha tornado en gran medida fotográfico, con las grandes consecuencias que conlleva, positivas y negativas, para las relaciones humanas y la realización personal. Sin sentido crítico este afán de estar en todas partes puede llevar al individuo a no estar en ninguna, ni siquiera en sí mismo. También se ha vuelto en cierto modo fotográfica la imagen corporal que uno tiene de sí y de los demás, y que se descubre y modela mediante el arreglo y el vestido, sobre todo en la mujer. Es un aspecto que tendremos oportunidad de abordar en otro artículo.

 

Difusión masiva

 

De la reproductibilidad de la imagen fotográfica deriva su actual profusión y abundancia, con una variedad y complejidad nunca vista. El teórico francés Gilbert Cohen-Seat ha acuñado el término iconosfera para referirse a este fenómeno, que se presenta de modo envolvente y generalizado en las grandes ciudades. Su presión constante en la conciencia, aunque sea de forma subliminal, plantea al ciudadano un dilema ineludible: o bien adopta una actitud, típicamente moderna, de sobriedad visual, o bien sucumbe a una suerte de empacho psicológico, donde su mirada se empobrece ética y estéticamente, y pierde libertad interior.

 

Uniformidad y eclecticismo

 

En combinación sobre todo con la publicidad, la fotografía ofrece una imagen de la realidad fragmentada en mundos inconexos o, como se prefiere decir hoy día, virtuales y alternativos. Ambientes, estilos, modas, paisajes, mentalidades de lo más dispares, incluso  contrapuestos, conviven por ejemplo en un mismo periódico, o pantalla televisiva, o marquesina publicitaria. Paradójicamente este eclecticismo ha venido a convertirse en forma suprema de uniformidad. Se trata del multiculturalismo que suele señalarse como rasgo típico de la posmodernidad. Aunque no necesariamente, este eclecticismo suele envolver cierto relativismo existencial según el cual no existen valores absolutos y todo es indiferente e intercambiable. Pero también ofrece grandes posibilidades para la creatividad personal. En el campo de la moda, por ejemplo, el eclecticismo pone a disposición del individuo —sobre todo la mujer— una inmensa paleta de estilos, formas y usos, casi todos igualmente válidos para inventar la propia imagen. Eclecticismo que da lugar a la moda de la moda, que lleva a asumir la variación misma de formas y estilos como actitud estética.

 

Simbiosis de diseño y publicidad

 

Fotografía, diseño y publicidad se complementan e interrelacionan de forma extraordinaria. Hoy no puede concebirse uno de estos ámbitos sin contar con el otro. Los objetos publicitados por la fotografía están intensamente diseñados y, a su vez, el publicista ha diseñado la fotografía manipulándola de acuerdo con su propósito. Los programas informáticos de tratamiento de imágenes facilitan esta tarea más allá del laboratorio del fotógrafo. Todo ello imprime en el producto —un bolígrafo, un coche, un electrodoméstico— gran carga de connotaciones que rebasan su utilidad práctica.

 

También este aspecto de la cultura visual presenta ventajas e inconvenientes. Por un lado los significados implícitos que recubren los utensilios y actividades ordinarias pueden fomentar una actitud consumista, cerrada a la comunión con los demás, pero también pueden ayudar a descubrir la dimensión poética y dramática de todo lo prosaico, y a celebrar la vida en sus detalles: la comida, el viaje, la limpieza, el adorno, etc.

 

Carácter popular

 

Por último apuntemos un rasgo que está presente en todos los anteriores: la cultura visual es eminentemente popular. Este calificativo no equivale necesariamente a vulgar o ramplón, significa simplemente que las imágenes a que nos referimos se encuentran fuera de la clase de objetos considerados tradicionalmente como “artísticos”. A pesar de ello la hermosura, la dignidad, el encanto e incluso la genialidad —o sea, el Arte— no están ausentes de este mundo urbano, poblado de carteles publicitarios, escaparates, pantallas y revistas de papel cuché. 

 

Por eso para comprender la cultura visual se impone no tanto una clasificación de objetos —por ejemplo en útiles o inútiles, decorativos o técnicos, etc— como un discernimiento de su calado ético y estético a la luz de la dignidad de la persona. En esta línea se han movido algunos teóricos norteamericanos de los años 60 (MacDonald, Greenberg, Bell) distinguiendo tres capas o niveles de esta cultura: High-Cult, Mid-Cult y Low-Cult. La High-Cult está representada por lo que es elegante, original, auténtico, de buen gusto —aunque se trate de un simple bolígrafo—; a la Low-Cult pertenecen esos mismos objetos —por ejemplo el bolígrafo—, pero en su versión trivial, masiva, ramplona, y la Mid-Cult ocupa un lugar intermedio, que es el más extendido.

 

Este análisis puede aplicarse a todos los objetos de uso cotidiano, desde el diseño de un bolso hasta un menú, desde la carátula de un deuvedé hasta un escaparate. En la medida en que están diseñados por sus creadores e interpretados por sus usuarios, los utensilios y sus conductas anejas pueden expresar y aumentar la riqueza del alma o bien estragarla y hundirla en la vulgaridad.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

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