Pensar en complementario

21 septiembre 2008

 

 

 

Mucho más que biología

 

Hablar de biología, determinantes anatomofisiológicos, sexo gonadal, genital u hormonal, etc, en vez de cuerpo humano o sexualidad humana muchas veces no es más que hinchazón de pensamiento abstracto, típicamente androcéntrico y potencialmente machista. Aunque provenga de instancias feministas, un discurso cargado de tales intelectualismos difícilmente podrá expresar el genio de la mujer y defender su dignidad. Pablo Prieto.

 

El cuerpo humano es mucho más que biología. Su realidad excede con mucho a su composición química, su estructura, su funcionamiento y su evolución. Basta mirarse al espejo para comprobarlo. Ahí, plasmado en nuestro cutis, en nuestro volumen y figura, en las arrugas o ausencia de ellas, en la disposición y cantidad de los cabellos, y por supuesto en el arreglo con que aparecemos, están presentes nuestra biografía, nuestras convicciones, nuestros amores, nuestro carácter, y sobre todo nuestra identidad. Nuestro cuerpo tiene rostro: no es algo, es alguien. En definitiva, existe una infinidad de rasgos y connotaciones que escapan a la biología, y no por ello dejan de pertenecer a esa realidad que llamamos cuerpo humano.

 

Incluso del sexo, la biología conoce una ínfima parte, pues la dimensión femenina o masculina del cuerpo, los modos en que se manifiesta físicamente, son intrínsecamente culturales. La feminidad del cuerpo de Marta es distinta de la del cuerpo de Rosa, y la masculinidad corporal de Mateo difiere de la de Juan. También aquí la biografía, la libertad y el espíritu dejan su huella y configuran nuestra apariencia.

 

Alguien alegará que estoy hablando de la cultura más que del cuerpo propiamente dicho. Ahora bien ¿qué es eso del “cuerpo propiamente dicho”? ¿Acaso el cuerpo humano no es una realidad esencialmente cultural? Nacemos, crecemos, comemos, amamos, andamos y respiramos… culturalmente. Se ha dicho incluso que sin cultura el cuerpo humano es biológicamente inviable (J. Choza). Siendo así, concebir el cuerpo al margen de la cultura, o reducirlo a sus características biológicas ¿no será incurrir en una burda abstracción, que nos aleja de la realidad?

 

Por otro lado, la verdadera cultura no es un sobreañadido externo, como sucede con el perro amaestrado, cuyas destrezas y habilidades son inducidas desde fuera por el hombre. Tal idea de cultura es la que sostienen muchos defensores de la Teoría de Género, para los cuales la mujer sería algo así como un hombre-hembra domesticado por el hombre-macho. De tal modo que el cuerpo quedaría reducido a pura animalidad, y la cultura, a pura arbitrariedad.

 

Pero no es así. En nosotros la cultura no es amaestramiento, sino autoconocimiento, autodominio, y autosuperación. Su raíz es la persona, por grandes que sean las influencias que recibe y los condicionamientos con que se desenvuelve.

 

Ésta es, justamente, la nota distintiva del cuerpo humano: su personeidad. La persona que somos rezuma por cada poro de nuestra piel, aflora en cada gesto, en cada sensación, en cada conmoción corporal, consciente o inconsciente. Por eso el cuerpo humano siempre lo encontramos revestido de cultura, o sea, desnudo o vestido, pero nunca en estado “natural”, como los animales. Hasta tal punto, que en su misma definición habría que incluir el arreglo. En efecto, el humano es siempre un cuerpo presentado, adornado, aseado, mostrado de una determinada manera; en una palabra, apersonado, hecho a la persona de cada cual.

 

Estas consideraciones podrían parecer superfluas si no fuera por la creciente difusión de la palabra biología, y sus derivados, empleada como sinónimo de cuerpo. La encontramos dondequiera que se trate sobre género, sexualidad o feminismo, o sea, en todas partes: libros, prensa, folletos, webs, programas de televisión, discursos, e incluso documentos oficiales, sobre todo si versan sobre familia, enseñanza o relaciones laborales.

 

Se afirma con increíble ligereza que la identidad sexual se construye sobre la biología, (o sea, sobre el cuerpo), o que el sexo biológico (o sea, el corporal) ha de distinguirse del género, o que el rol social se asigna al bebé en función de sus genitales (o sea, según su cuerpecito sea masculino o femenino).

 

Los gramáticos llaman a este modo de hablar metonimia, recurso por el que se designa la parte por el todo, como cuando decimos «las obras que han salido de su pluma», «no respeta las canas», o «dormir sobre los laureles». En este sentido, decir mi «biología es propensa a la enfermedad», «tu biología es más robusta que la mía» no presenta más inconveniente que el de incurrir en cierta pedantería.

 

El problema es pasar de este sentido figurado a otro toscamente naturalista y empobrecedor, por el cual el cuerpo humano queda reducido a lo poquísimo que la biología acierta a decir sobre él. Zoológicamente interpretado, nuestro cuerpo apenas es humano, y mucho menos personal.

 

Late en este lenguaje, sobre todo cuando lo encontramos en discursos presuntamente científicos, una fuerte carga de ideología naturalista, que conduce peligrosamente a la deshumanización de la convivencia.

 

Hablar de biología, determinantes anatomofisiológicos, sexo gonadal, genital u hormonal, etc, en vez de cuerpo humano o sexualidad humana muchas veces no es más que una hinchazón de pensamiento abstracto, típicamente androcéntrico y potencialmente machista. Por mucho que provenga de instancias feministas, un discurso cargado de semejantes intelectualismos difícilmente podrá expresar el genio de la mujer y defender su dignidad.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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