Inventando el hogar

10 abril 2007

 

 

Entre los platos y los folios

 

La síntesis perfecta entre trabajo intelectual y manual tiene lugar en el hogar. Es algo que saben y enseñan los Centros de Estudio y Trabajo, un modelo de formación integral que rompe viejos esquemas educativos.

 

 

 

 

Nuevos aires en el mundo del trabajo

 

La diosa más importante de Grecia, Atenea, era patrona de dos cosas a la vez: la sabiduría y… las artes domésticas. Que la sabiduría la personifique una mujer ya resulta chocante en nuestra cultura ilustrada, típicamente masculina, pero el colmo es asociar tal sabiduría, la divina inteligencia, al hogar, como su ámbito privilegiado y su quintaesencia.

 

E pur si muove, que diría Galileo; y sin embargo por ahí van los tiros, por más que los dogmas de la modernidad establezcan otra cosa. Llevamos siglos —sobre todo desde el XVIII— admitiendo un presunto antagonismo entre universidad y hogar, rigor intelectual y trabajos manuales, competencia técnica y vida familiar, pero esa época felizmente ya pasó. Hoy crece la convicción de que el cultivo de la razón no se lleva nada mal con los trabajos manuales, más aún, se necesitan el uno al otro como estímulo e inspiración.

 

Lo sabe por experiencia quien ha vivido en un piso de estudiantes y ha comprobado que el cuidado de la casa nada estorba al estudio, al contrario, proporciona relajación psíquica, orden material y sintonía comunitaria, cosas todas que fomentan poderosamente el ejercicio de la mente. Es una ráfaga de sentido común que viene últimamente invadiendo muchos ámbitos profesionales, hasta ahora recargados de intelectualismo y pragmatismo.

 

¿De dónde sopla este aire nuevo? De la mujer. O mejor dicho, del planteamiento femenino del trabajo. ¿Por qué? En primer lugar por ser ellas las que, obligadas por la necesidad, vienen conciliando desde hace lustros las dos esferas, la académica y la doméstica, lográndolo con pasmosa discreción y naturalidad, no exenta de sacrificio. Y por otro lado por estar el pensamiento femenino más inclinado de suyo a lo concreto, lo vivo y lo personal, y de ahí que se complemente bien con los trabajos manuales. Es un pensamiento eminentemente encarnado, finamente sensible a las condiciones corporales en que se desenvuelve: el orden, la limpieza, el adorno, el aseo, y especialmente el ambiente de hogar, con sus luces, sabores y ritmos característicos. Aquí están las raíces escondidas de un pensamiento que si no crece más alto y da mejores frutos es por los prejuicios inveterados que lo condicionan y no por falta de vigor propio.

 

No sólo las mujeres, obviamente, practican este pensamiento encarnado; también los varones sabemos y debemos cultivarlo a nuestro aire. La clave está en apreciar debidamente el trato complementario, ese espejo donde ellas y nosotros descubrimos incesantemente nuestra humanidad común y aprendemos a perfeccionarla.

 

 

Mezcla y síntesis

 

Sólo este pensamiento encarnado nos permite resolver la vieja dicotomía, que se remonta a los albores de la civilización occidental, entre artesanía y estudio. Pues no basta con mezclar estos dos ingredientes de cualquier modo para que resulte la síntesis verdaderamente humana.

 

Síntesis y mezcla son conceptos que el filósofo Gustave Thibon ha distinguido con un ejemplo muy gráfico. Un vino puede ser excelente y sin embargo contener en su composición química una cantidad de agua notablemente mayor que la de un mal vino aguado. Y sin embargo la calidad del vino no está en la cantidad mayor o menor de sus componentes sino en el punto exacto de su fermentación. Análogamente la cantidad de asignaturas, lecciones y horas de trabajo no produce automáticamente la formación integral del individuo, sino que ésta depende de la armonía de todo ello, es decir, de la fermentación espiritual que se alcance mediante la actitud de la persona y el conveniente asesoramiento.

 

¿Y cuál es la bodega donde esto ocurre? ¿Dónde se logra la síntesis, la química, entre trabajo intelectual y manual? En la familia, o más exactamente, en el ambiente de familia. Allí, en efecto, es donde los folios y los platos se concilian con naturalidad y sin demasiados traumatismos; allí se integra con flexibilidad una gran variedad de tareas, en las que no es posible distinguir dónde acaba lo material y comienza lo intelectual; allí todo posee un carácter interdisciplinar y transversal, todo se articula sin necesidad de títulos, graduaciones ni currículos. En cualquier otra institución social, menos tolerante y flexible, esto sería fuente de conflictos ideológicos y sociales.

 

 

Los Centros de Estudio y Trabajo

 

Pero hace falta algo más. Además del ambiente de familia, la síntesis de que hablamos requiere instituciones de carácter educativo que hagan de puente entre la familia como comunidad de trabajo y el mundo profesional propiamente dicho.

 

A este tipo de instituciones pertenecen los llamados Centros de Estudio y Trabajo. Son residencias femeninas de estudiantes en las cuales se ofrece, además de alojamiento y comida, un trabajo remunerado en el sector de hostelería, de modo que las alumnas puedan mantenerse durante sus estudios al tiempo que se inician en el mundo laboral.

 

Pero si nos limitáramos a esta descripción perderíamos de vista lo esencial. Estaríamos ante una simple mezcla: la conjunción, más o menos organizada, de dos actividades diversas. Sin embargo lo característico de estos Centros es aspirar a una auténtica síntesis, al buen vino de la formación integral, que sólo se obtiene con primor, paciencia y profesionalidad. Este objetivo, en efecto, es el que informa la vida de la residencia y anima todas sus actividades, que suelen ser muy variadas: conferencias, seminarios, competiciones deportivas, viajes, fiestas colegiales, cursillos de especialización, etc.

 

El fermento de esta síntesis, como apuntábamos, lo constituye el ambiente de familia, que procura cultivarse mediante la confianza en el trato y el cuidado de la casa. Pero además se realiza una exigente planificación de las tareas, ajustándose al perfil psicológico y académico de cada alumna y combinando el sentido pedagógico con el profesional.

 

Con ello se logra un doble objetivo. Por un lado el trabajo intelectual gana en responsabilidad y sentido práctico pues la estudiante se hace consciente del gasto económico que ocasiona. Por otro, se aprende a valorar la dignidad y proyección social de los oficios manuales, en este caso de la hostelería, y a realizarlos con creatividad y perspectiva universitaria.

 

Pero más allá de la hostelería o la carrera concreta que cursen sus alumnas, los Centros de Estudio y Trabajo ofrecen una lección del todo singular, que es su aportación específica al mundo de la enseñanza: el hogar mismo como crisol de todas las profesiones, como inicio y pedagogía de todos los trabajos, de todas las artes y las ciencias, donde la sociedad misma se encuentra en estado de gestación, como por nacer. Como es lógico, este saber difícilmente puede traducirse en programas y títulos oficiales, pero la conocen por experiencia muchas mujeres que ahora se abren paso en el mundo profesional.

 

Es una intuición fecunda e innovadora que, afortunadamente, va ganando adeptos en todo el mundo y concretándose en instituciones de muy diverso tipo, tanto en Europa como en América. Ofrecemos al lector interesado algunas direcciones donde puede ampliar información y formular sus dudas y preguntas:

 

www.estudiarytrabajarzgz.com

www.cetgranada.com

www.estudiarytrabajar.com

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

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