Estética de la vida cotidiana

16 marzo 2008

 

 

El riesgo de conversar

 

 

 ¿Conversar es una riesgo? Parece más bien todo lo contrario. Vamos a la conversación a sentirnos seguros entre amigos y conocidos. Hablando se entiende la gente, y por lo mismo se ahuyentan temores y se disipan sospechas. A menos que sea una conversación “diplomática”, de esas que parecen un juego de ajedrez. Los políticos la llaman eufemísticamente “diálogo”, pero es más bien un pulso entre rivales, una pugna entre monólogos en la cual cada uno defiende  lo suyo: poder, dinero, influencia. Eso sí parece arriesgado. ¿Pero conversar, sin más, entre amigos?

 

Y sin embargo justamente esto es lo que quiero afirmar. Más allá del asunto de que trate, toda conversación es esencialmente arriesgada en la  medida en que en ella aflora la intimidad. Entendida como identidad interior o fidelidad consigo mismo, la intimidad es el último reducto de la persona, en el cual aparece radicalmente vulnerable y como al desnudo. Y la ocasión de esta comparecencia es la conversación. Allí es donde, pudorosamente vestida con palabras y conceptos, la intimidad se muestra al tiempo que se vela; se aventura hacia el otro a la vez que se expone a la incomprensión, el ridículo, el chasco, la  ingratitud, la indiferencia, etc. La vida cotidiana está repleta de estas heridas, no por menudas menos dolorosas.

 

La razón de ello es que, envuelto en otras muchas cosas, siempre es el amor lo que alienta la conversación y le da sentido. Me refiero a esa clase de amor que Aristóteles, Cicerón o Tomás de Aquino llamaban “amor de amistad” y cuya definición recoge concisamente el Diccionario de la Real Academia: “afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato”. La amistad, en efecto, es el horizonte de toda conversación, al cual conducen de un modo u otro todos sus elementos: lo que se dice, lo que se calla, lo que se piensa; las circunstancias, los escenarios, el aspecto externo, etc. El magnetismo de la amistad todo lo impregna, con tal de ser verdadera la conversación. Sin esta tensión constitutiva hacia la amistad la conversación se torna fraudulenta y hueca.

 

Porque la intimidad, como hemos dicho, necesita vestirse para mostrarse. El pudor, aquí como en el cuerpo, es expresivo y enriquecedor. La intimidad es materia demasiado densa para ofrecerse de golpe y necesitamos dosificarla con un poco de excipiente. Los farmacéuticos llaman “excipiente” —y de nuevo cito el Diccionario— a aquella “sustancia por lo común inerte, que se mezcla con los medicamentos para darles consistencia, forma, sabor, u otras cualidades que faciliten su uso”. ¿Cuál es el excipiente de la conversación? Lo componen los tópicos, las frases hechas, las bromas y anécdotas prosaicas, los comentarios que se dejan caer como de pasada, tan ligeros que al punto se desvanecen de la memoria, etc., a lo cual hay que añadir las convenciones y formalidades del trato educado. Este material “de relleno” se demuestra sumamente socorrido en la conversación, y desempeña su papel en orden a manifestar la intimidad.

 

A los excipientes de la conversación podemos llamarlos también cartas-comodín, aquellas que se usan para poner en juego las demás, las sustanciosas, las cartas de la confianza, la estima, la abnegación, la empatía. Lo malo es cuando toda la baraja se compone de comodines, es decir, cuando la conversación se convierte en pantalla de palabrería empleada para escamotear la intimidad. El hablante entonces segrega trivialidad del mismo modo que las almejas su concha dura y hermética.

 

¿Qué es sino miedo este comportamiento? Detrás de la cháchara insustancial, de la frivolidad que abunda por toda partes, ¿quién se esconde sino el apocado ante la vida, el desengañado, el pusilánime? Con toda esa verborrea hueca, acaso sazonada de groserías y obscenidades, pretende protegerse de los “peligros” de la amistad plena, que podría poner en jaque su intimidad. La superficialidad, es decir, la superficie demasiado dura, es señal de una intimidad demasiado blanda. El frívolo no es a fin de cuentas más que un cobarde.

 

De ahí que conversar en serio, además de una práctica afable y gratificante, constituye un acto de coraje. Implica aventurarse por terreno incierto, caminar sin mapa, afrontar obstáculos imprevistos, tropezar en ellos, y aun sufrir heridas. Pero necesitamos “entrenarnos” contra la rutina, esa dulce y complaciente inhibición que nos recluye en nuestra madriguera. Para evitarlo, nada mejor que explorar nuevos territorios de trato social, más allá del círculo habitual de amigos y familiares. Interesémonos por colegas, compañeros y vecinos, busquemos caras nuevas en asociaciones culturales y deportivas, mantengamos el corazón abierto. La intimidad que no se compararte se enrarece o degenera en hermetismo.

 

Pablo Prieto

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

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