Imagen y presencia personal

16 diciembre 2006

 

 

El cutis de Tarzán

 

 

 

 

 

El día 2 de junio de 2004 se cumplió el centenario de Johnny Weissmuller, el Tarzán por excelencia de la Historia del Cine. Las revistas reproducen estos días fotogramas con su apuesta figura, por ejemplo en Tarzán de los monos, (1932) o Tarzán y su compañera (1934). En estas y otras muchas películas (son cerca de cincuenta las que abordan este tema) me asalta la misma pregunta: ¿Tarzán se afeita? Es verdaderamente un detalle intrigante. ¿Cómo es que Tarzán, el salvaje por antonomasia, aparece cuidadosamente rasurado? Y se trata, como sabemos bien, de un individuo de raza blanca, la raza barbuda por excelencia. ¿Por qué representamos así a un sujeto que se supone totalmente incivilizado, falto de toda cultura? Y lo que es más, ¿cómo es que a nadie extraña (excepto a algunos maniáticos, como el que escribe)? Imagino que el rodaje de una película de este tipo daba lugar a situaciones cómicas. De todos los que trabajaban en ella, el único obligado a afeitarse cada mañana (y maquillarse, que esa es otra) es el actor que interpreta a la criatura salvaje, mientras que el director, los cámaras y demás técnicos del equipo podían permitirse trabajar con una cómoda barba de varios días. Y todo ello como lo más natural del mundo. 

 

“Natural” es precisamente el concepto sobre el que deseo llamar la atención con este ejemplo pintoresco. Aquí aparece claramente la “naturaleza” como un invento cultural, en concreto como una creación de arte fílmico. Por paradójico que parezca, lo que busca el actor al acicalarse es aparentar naturalidad, hacer más creíble el estado primitivo del personaje, que por ser primitivo debe sugerir algo de originariamente humano, de humanidad en estado puro. Y como mejor se da a entender esta connotación es ¡asombrosa curiosidad! con el arreglo personal. No todo artificio, sin embargo, sirve de igual modo para comunicar esta sensación. Si bien aceptamos inconscientemente el afeitado de Tarzán, nos chocaría vivamente verlo columpiarse en su liana con un reloj en la muñeca. Esta naturaleza hecha de cultura que llamamos arte tiene sus reglas, su orden, su norma: en una palabra, responde a una verdad, Sin esta verdad, que es la del hombre, podríamos confundir fácilmente lo natural con lo animal, en cuyo caso el Tarzán verdaderamente natural sería el sujeto embrutecido, sucio y carnicero. En cambio lo natural en el hombre es trascender lo animal mediante lo cultural. O dicho de otro modo, lo natural en el hombre es tender a lo mejor. Esta tendencia a lo mejor (que es una aspiración al mismo tiempo ética que estética) se plasma de muchos modos, según épocas, tradiciones y lugares. En el ejemplo que acabamos de poner, se traduce en la tez rasurada de Tarzán, pero caben otras mil formas distintas. ¿Acaso no es también naturalidad lo que buscan las mujeres elegantes cuando se adornan con “cuidadoso descuido”,  “deliberada espontaneidad”, “atenta distracción”, “meticulosa dejadez”, y “estudiado desaliño”?

 

Porque la elegancia es profundamente natural, como lo es el pudor y el buen gusto: ese comedimiento con que el hombre insiste obstinadamente en ser él mismo.

 

Pablo Prieto

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

 

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