14 enero 2007

 

 

 

Mucho «morro»

 


Algunas veces puede resultar chocante manifestar la fe cristiana en medio de gente que parece no creer ni en la luz eléctrica. Pero si en ese contraste uno se dedica a ir de camaleón o, peor aún, a asumir maneras de vivir que contrarían la propia conciencia, se puede decir de él que tiene un morro que se lo pisa.


LAS AVENTURAS DE JEREMÍAS JOHNSON.

Fue una película que me impactó en la adolescencia. ¡Qué cantidad de cosas —malas casi todas— le pasan al pobre Robert Redford en esa vieja cinta! Tiene que desenvolverse en un lugar hostil, con un invierno espantoso, sufriendo ataques de osos, de lobos, de indios, de bandidos...Y para colmo, le matan a la bella nativa con la que se había casado.

Las tribulaciones del protagonista tienen siempre como telón de fondo la lucha contra la adversidad y el deseo de triunfar en su determinación de vivir y cazar allí a pesar de los esfuerzos de todos por echarle. En fin, con razón se llama Jeremías. El nombre lo toma de un profeta de Israel famoso por sus Lamentaciones sobre la ruina de Jerusalén y la infidelidad del pueblo elegido. Jeremías permanece firme en la Ciudad Santa asolada por los babilonios cuando los demás supervivientes no hacen otra cosa que buscar el modo de huir.

Si uno se queja con frecuencia de lo mal que van las cosas y tiende a cargar las tintas sobre los tumbos erráticos que da el mundo, se le suele decir que es un Jeremías. Sin embargo, se me antoja que lo anterior no es un simple lloriquear mientras se ven los toros desde la barrera. Mis dos “jeremías” —el de la Bíblia y el otro— permanecen en su sitio y están dispuestos a morir con las botas puestas.


TU CREDO, GUÁRDATELO.

Viene esto a cuento, porque dicen que los jóvenes de hoy en día son los primeros en muchos siglos que han sido educados al margen de la religión o, como prefieren decir los textos de los sociólogos en su argot rebuscado, “la primera generación no socializada religiosamente”.

Abuelos y padres reconocen desconcertados que no han sido capaces de transmitir a sus hijos lo que ellos habían recibido pacífica y regularmente. También la Iglesia admite que no ha sabido poner el empeño suficiente en su catequesis, pues el balance que arroja el calado del mensaje evangélico en buena parte de la juventud es desalentador. Y la sociedad en la que vivimos tampoco parece echar de menos la presencia en su seno a quienes debieran darle sabor y luz.

Es más, al desaparecer el testimonio cristiano de la vida social, va cobrando fuerza una ética laicista que impone en uno de sus primeros dogmas que la religión ha de practicarse en privado sin que se puedan tolerar otras manifestaciones públicas que las meramente folklóricas. Podríamos jeremizar el problema, alargar la lista de calamidades y acabar pensando que los cristianos somos cuatro gatos obligados a pactar con el mundo para que nos permitan vivir en él.


DERROTADO A LOS DOCE AÑOS.

Hay quienes se rinden ante esta presión, y prefieren ser una especie de “cristianos de incógnito”. Es decir, unos tipos con una fe vergonzante que disimulan su condición de creyentes por miedo a la mirada burlona de los demás. Practican su fe, pero a escondidas.

Hace tiempo, cuando vivía en Italia, conocí a un pequeño jeremías de 12 años. No se llamaba Jeremías sino Fabrizio, pero ya era uno de esos que no parecen admitir otro remedio que resignarse a que ser cristiano en estos tiempos pinte tanto como Pilatos en el Credo. Habíamos ido a pasar un fin de semana en un pueblecito de los Abruzos con un nutrido grupo de chavales. Después de instalarnos en la casa, pedí a Fabrizio que me acompañara a buscar la iglesia para enterarnos de las horas en las que habría misa, pues el día siguiente era domingo.

Como en una primera ronda por las calles no logramos descubrirla, le dije a mi acompañante que iba a preguntar a algún lugareño. Pregúntale a una vieja. Son las únicas que todavía van a misa —me dijo sin mover un músculo aquél chiquillo que apenas medía más de un metro. Sólo le faltó añadir Y algunos bichos raros como nosotros. Pero a mí lo que me había roto el saque había sido el adverbio todavía encajado en aquella cruda observación fenomenológica. Me mosqueé. Y para probar lo contrario, pregunté a unos macarrillas que encontramos en una placita. Nos indicaron la iglesia y, para mi regocijo, al día siguiente asistimos a una tumultuosa y simpática Misa para niños a las 10 de la mañana. Reconozco que fue una pequeña venganza. Piccola vendetta —me dijo él.

Entre Jeremías y jeremías, me ha dado por pensar en los que se acomplejan de ser cristianos o, peor aún, en los que queriendo contentar a todos, juegan a nadar y guardar la ropa. En el sentido de lo que llevamos dicho, he encontrado a algunos dispuestos a admitir que deben vivir su fe en un mundo paganizado, pero no saben o no pueden dejar de ser mundanos. ¿Un ejemplo? Tengo varios.


TANGANA A LAS TRES DE LA MADRUGADA.

No es difícil imaginar un coche atestado de universitarios que vuelve a casa a altas horas tras una noche de marcheta. Con el cuerpo lleno de vibraciones y los oídos saturados de ruido, la conversación deriva por mil joviales sinsentidos y alguna que otra palabra vana. Ninguno va borracho, pero han bebido como parece ser lógico en este tipo de eventos. La magia de la noche, unida a la juventud de los protagonistas, llena el momento de alegre desenfado. Conduce Gregorio, a su lado va su novia y detrás se apretujan dos chicos y dos chicas más. Una de ellas es Mariola, la que me contó alucinada esta historieta que parece sacada de una película surrealista.

El caso es que, en medio de semejante algarabía, la novia de Gregorio se descuelga con la siguiente proposición: “Podríamos rezar el rosario, ¿no?” Mariola no dudó en saltar: ¡¡¡¿A las tres de la mañana?!!! Y se armó el follón. Gregorio —hermano de Mariola— defendía ardientemente a su novia, la oportunidad del momento y la lucidez de la sugerencia. En la trasera del coche hubo división de opiniones. Aquello sirvió para dar un repaso general al dogma y a la moral católicas, discutiéndolo todo a voz en grito. Sólo la caridad salió escaldada de ese conciliábulo ambulante. Y desembocó más tarde en agrios reproches entre Mariola y su hermano, llegando a involucrar a la familia entera en la batalla teológica.

La familia de Mariola es una familia con larga y profunda formación cristiana. A pesar de las apreturas de la vida —no son ricos y todos arriman el hombro en casa—, viven con naturalidad una fe desenvuelta y recia. La novia de Gregorio, en cambio, provenía de un ambiente muy distinto y su religiosidad era prácticamente cero. Pero el trato con ellos le fue acercando de nuevo a la fe, y con el entusiasmo de los conversos, piensa que el momento más extravagante se santifica al conseguir empotrar en él una piadosa devoción.

La verdad es que Mariola no le facilita a su futura cuñada el acertar con la tecla oportuna. El otro día me contaba el plan de su pandilla para el día que finalicen los exámenes cuatrimestrales: “Estar toda la noche en danza hasta las ocho de la mañana, ir a tomar un chocolate con churros y después, a Misa de nueve”. En fin, una mezcla entre marcheta y pietismo que haría las delicias de algún barman especializado en cócteles de diseño. Yo le preguntaba, sin retintín, con qué devoción se puede asistir a Misa cuando el cuerpo es poco más que un vegetal cargado de sueño. Sí, admito que todo el planteamiento es una chapuza mayúscula —reconoció ella con nobleza.


SER DEL MUNDO SIN SER MUNDANOS.


Al igual que otros muchos cristianos a lo largo de la historia, hoy día hemos de aprender a vivir con naturalidad nuestra fe y nuestra moral sin miedo a chocar con el ambiente y, por supuesto, sin concesiones a la vulgaridad de hacer lo que hacen todos o pensar lo que piensan todos.

Con una frase magistral lo escribió en uno de los últimos puntos de Camino el Beato Josemaría Escrivá: Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres y mujeres mundanos. Esto quiere decir que el mundo es tan nuestro como de cualquiera, que por cristianos nos pertenecen la alegría de vivir y todas las cosas buenas que hay en la tierra y que divertirse es uno de los modos de agradecer a Dios los dones de la creación. Pero no que juguemos a mezclar churras con merinas.

Me disgusta ese chascarrillo estudiantil del alumno que reza fervoroso Virgen santa, Virgen pura, haced que apruebe esta asignatura, cuando él por su parte no ha pegado ni chapa ni se ha preocupado del examen hasta el día anterior. Tampoco me gusta que una buena amiga como Jessica acuda a una echadora de cartas cuando comprueba que sus rezos a San Antonio para conseguir novio no dan resultado. Ni me agrada que algunos se quiten la fe de encima al entrar en determinados ambientes, como se sacuden el agua los perros después de bañarse. Son incoherencias nacidas del miedo, de la gandulería o de la doblez.

Cuando a Dani se le cayó un día en clase uno de esos pequeños rosarios de dedo, trató de excusarse ante los ojos llenos de risa de sus compañeros, advirtiendo que si lo tenía era por ser regalo de una amiga. Julio, con quien había estado haciendo una romería durante el recreo, no pudo menos que espetarle: Tío, tienes más morro que un orangután silbando "el puente sobre el río Kwai"...


QUIQUE EN LA DISCOTECA.

Como contrapunto a lo anterior, me viene a la cabeza una historia divertida que le sucedió al joven Quique cuando era un chaval (ahora es todo un universitario a punto de acabar Teleco y con novia formal). Sus amigos habían logrado arrastrarle a una discoteca muy de moda entonces con ocasión de celebrar su cumpleaños.

La verdad es que estaba fascinado por la psicodelia de tan legendario lugar y no advirtió las maniobras de la pandilla para encasquetarle a una supermaquillada vampiresa de su misma edad (Vamos maquilladas/ que si no, no somos nada, reza la canción). El caso es que de pronto se encontró con la chavala empotrada en su costado haciéndole preguntas (¿Cómo te llamas?) y observaciones (Eres muy guapo, ¿sabes?) que le estaban haciendo sudar tinta. Sintió un gran alivio cuando la chica le sacó a la pista de baile. Al menos, podría respirar. Pero su liberación duró poco, pues al son de la música la muchacha se le echaba encima y se agarraba a él como un pulpo.

Con toda la inocencia de sus quince recién cumplidos y desconocedor en absoluto de la mecánica de ese mundo nuevo, Quique se paró en medio de la pista ante la mirada atónita de ella y le soltó: Oye, ¿tú crees en Dios? La joven seductora, que en el fondo no era mala chica, acertó a balbucear, mientras se preguntaba a qué narices venía aquello: Bueno..., sí. Claro... Quique, ya dueño de la situación, la separó de sí y haciendo oscilar suavemente su mano entre los dos, le dijo: Pues déjale sitio, ¿vale?

Termino con unas palabras que Juan Pablo II dirigía a los jóvenes del mundo en Denver (Colorado). Me parece que resumen bien lo ya dicho: No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros apóstoles que predicaban a Cristo y la buena noticia de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos, de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio (...) No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. (...) El Evangelio no fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial.

 

Javier Láinez

arvo.net

 

 

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