Echar raíces

11 diciembre 2006

 

 

La plaza y la viña

 

El Reino de los Cielos es semejante a un amo que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos? Le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id también vosotros a mi viña. A la caída de la tarde dijo el amo de la viña a su administrador: Llama a los obreros y dale el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros. Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo, diciendo: A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has equiparado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor. El respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma la tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer yo con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.

Mt 20, 1-16

 

 

 

Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a su viña (Mt 20, 2).— ¿Qué es este jornal que Cristo paga a sus obreros? ¿Qué es este sueldo, este denario cotidiano, esta moneda divina sin la cual moriríamos de hambre pues es nuestro sustento? La contemplación, es decir, ese vislumbre de Cielo, ese regusto de gloria que Dios deja caer en algún instante del día: en la reunión de familia, en el rato de oración, en el rosario recitado por la calle, en la lectura sosegada, en la mirada a Nuestra Señora… 

 

Puede llegar a cualquier hora del día, como en la parábola: al amanecer, por la mañana, o por la tarde. El caso es desearlo con ansia y recibirlo amorosamente, pues si no, ¿cómo íbamos a soportar el pondus diei et aestus, el peso del día y el calor?

 

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En la plaza se aguarda, en la viña se espera. Porque esperar y aguardar no son la misma cosa. Aguardar es rellenar el tiempo, dejarlo pasar lánguidamente, matarlo de cualquier modo. Así sucede con los de la plaza: los encontró parados, y les dijo: ¿cómo es que estáis aquí el día entero ociosos? (Mt 20, 6).

 

Esperar en cambio es tarea responsable, comprometida, fecunda. En la viña los obreros esperan al amo laboriosamente, con tesón, pericia, orden: traduciendo en trabajo su deseo. El regreso mismo del Amo lo labran ellos anticipándolo con sus manos. Al fin y al cabo el fruto de este campo ¿acaso no se identifica con el propio Dueño? Ego sum vitis, yo soy la vid

 

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Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada… (Mt 20, 2).— El denario simboliza la íntima relación que Dios establece entre sus dones y nuestro esfuerzo. Luchamos como para merecer, pero lo recibido siempre es gracia.

  

 

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