Echar raíces

11 diciembre 2006

 

 

La samaritana

 

Llegó, pues, a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.  Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber. Sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos. Entonces le dijo la mujer samaritana: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? Pues no se tratan los judíos con los samaritanos. Jesús le respondió: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes ni con qué sacar agua y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas, pues, el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús: Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna. … Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: Me ha dicho todo cuanto hice. (Juan 4, 1-45)

 

Fatigado del camino (Jn 4, 6).— El pozo en persona, o sea Cristo, sale en busca de sus sedientos. En su paladar trae el polvo de los caminos, en sus pies, la dureza de las piedras. Es el roce áspero de lo humano lo que le provoca esta sed divina.

 

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El camino cualifica la sed: cada camino provoca la suya propia. Amasada de esperanza y tesón, la del caminante es sed que viene de lejos. Más que de beber es sed de llegar.

 

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El cansancio, sea cual sea su motivo, es camino que conduce a alguien. Siguiendo por él se llega, tarde o temprano, al pozo de la amistad. 

 

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¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Jn 4, 9).— Ella exhibe su doble condición, de mujer y samaritana; feminidad y linaje. Ante Cristo, lo que parecían motivos de menosprecio se truecan en títulos de gloria. Junto a él ella se siente más samaritana y sobre todo más mujer que nunca.

 

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Delante de Cristo cada cual se siente uno mismo, y el deber de serlo aún más.

 

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¿Cómo tú … a mí? (Jn 4, 9).— ¿Cómo es que tú me tratas como un tú, me dejes ser yo misma con toda libertad, sin pedirme nada a cambio? ¿Cómo es que tú, siendo varón, me dejas ser plenamente mujer sin avasallarme con tu masculinidad?

 

La Samaritana entrevió que aquí se inauguraba un nuevo modo de tratarse varón y mujer, superando la antigua maldición del Génesis : Hacia el hombre irá tu apetencia, y él te dominará (3, 16) .

 

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No tienes ni con qué sacar agua y el pozo es hondo (Jn 4, 11).— Desafías la hondura de mi alma sondeándola sin este tosco balde que yo empleo: la memoria, el examen, la introspección. Si no tienes con qué sacar el agua es porque la conoces en su fuente.

 

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No tienes ni con qué (Jn 4, 11).—  Déjame sacarte de tu fondo oscuro —nos dice el Señor.

 

—¿Cómo? ¿Con qué? ¿Para qué?—, respondemos.

 

—Contigo, de ti, para ti. Pues todos los hombres sois mi vaso, mi recipiente, mi sed.

 

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Señor, no tienes nada con qué sacar el agua; ¿de dónde sacas, pues, agua viva? (Jn 4, 11).— La Samaritana ignora que ese cántaro que apoya graciosamente en la cadera, es su propio símbolo.

 

Si el agua es viva, el recipiente ha de serlo también. La gracia divina se saca, se contiene y se trasiega en vasijas de carne y hueso.

 

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El pozo es hondo.— ¿Cómo no va a serlo si es tu propia alma? Y es pozo porque en ella puedes beber, pero también caer. Sin Cristo la intimidad es resbaladiza y traicionera.

 

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Si supieras … quién es el que te dice “dame de beber” (Jn 4,10).— Te encomiendo mi sed: tómala, es tuya. Mi modo de aplacarla es confiarla a ti. Hablando contigo bebo confianza. Tengo más sed de tu dar que de aquello que me das. Al darme tu agua, dáteme tú.

 

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¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo? (Jn 4, 12).— Jacob cava un pozo en vuestra tierra pero yo abro una fuente en vuestro pecho. Y mi fuente es tanto más mía cuanto más de tus adentros brota. Tú eres la tierra de cuyas profundidades mi Espíritu pugna por salir.

 

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Anda, llama a tu marido y vuelve (Jn 4, 16).— Ven con tu marido, tráemelo —esto dice Cristo a las esposas—. Tú eres mi encargada, mi mediadora; cuento contigo para llegar a él.

 

Llama a tu marido. Tú misma eres la llamada de carne y hueso que le dirijo.

 

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Se admiraron de que hablara con una mujer (Jn 4, 27).— ¿De qué hablarán? —nos preguntamos los varones—. ¿Qué puede Jesucristo decirle a una mujer? ¿Qué mensaje particular, específico, tiene para ella? ¿Cómo encarna la Redención el corazón femenino?

 

Los apóstoles, y con ellos todos los varones, pasamos respetuosamente de puntillas ante este misterio. Si la mujer aplastará la cabeza del dragón (Gén   15, 3), entonces dejemos que hable con Cristo, por la cuenta que nos trae…

 

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En esta conversación Cristo nos parece más misterioso y fascinante que nunca, más aún que cuando hace milagros, pues entrevemos a Dios dialogando con la Humanidad.

 

Y así ocurre con cada mujer. Cuando ella ora, estamos a salvo.

 

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He conocido a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho (Jn 4, 29).— Sólo sabes lo que haces cuando sabes quién eres. Mientras no descubras tu identidad, hasta que no te mires en Cristo, Espejo de las almas, tu pasado no será más que un baile de sombras.

 

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Me ha dicho todo lo que he hecho (Jn 4, 29).— Sólo en Cristo es posible reconocer los propios pecados sin desesperarse ni engañarse. Sólo si él te sujeta puedes asomarte a tu pozo sin padecer vértigo.

 

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