Dios y las artes del hogar

12 junio 2013

 

 

Autor: Pablo Prieto

 

█   Las artes domésticas son esa compleja trama de servicios, competencias, destrezas, actitudes, hábitos, tradiciones, ritos, etc., con los cuales el hogar toma conciencia de sí, configura su rostro y celebra su hermosura. En estas tareas la familia aparece como lo que es: comunión de personas y, en palabras de Juan Pablo II, “primera y fundamental realización de la Iglesia”. Se trata, por otra parte, del trabajo ejercido por más personas en el mundo, sobre todo mujeres, y que esconde una mina de valores humanos y sabiduría pocas veces reconocidos como merecen. ¿Cómo no meditar, por tanto, las abundantes referencias que el Evangelio hace a este ámbito de la vida? No sólo en su trabajo escondido en Nazaret sino también en sus discursos y parábolas, Jesús demuestra una exquisita sensibilidad doméstica, la misma que emplea para fundar su Iglesia e imprimir en ella aire de hogar. ¿Y María? ¿Acaso su papel de corredentora no está íntimamente unido a su oficio de ama de casa?

  

█   Empleamos en estos textos la expresión “ama de casa” y otras similares en un sentido muy amplio, que incluye a todo miembro de la familia en cuanto responsable de la realización práctica del hogar, ya sea varón o mujer. Ciertamente la mujer personifica el hogar de modo especial, en virtud de cierto simbolismo inherente a su persona. No por eso, sin embargo, la casa deja de ser incumbencia de todos. Sólo colaborando cada uno según sus circunstancias el hogar resplandece como lo que es: organismo vivo, comunión de personas, y primera y fundamental realización de la Iglesia.

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

1.   Maternidad espiritual

2.   Un solo corazón

3.   Colaboración y complementariedad

4.   Misericordia

5.   Servir y reinar

6.   Marta, Marta

7.   Inventar el espacio 

8.   Domesticar el tiempo

9.   Gestar y alumbrar 

10. Criar y crecer

11. Visitar y recibir

12. El ungüento y las lágrimas

13. Mirad mis manos

14. Los pañales y la túnica

15. Una habitación amueblada

 

 

 

16. En mi alcoba y con primor

17. Enciende una luz y barre la casa

18. Medir y contar

19. Danos hoy nuestro pan

20. Servir la mesa

21. La Pascua

22. La fiesta y la gloria 

 

ORACIÓN PARA OFRECER EL TRABAJO DOMÉSTICO

 

APÉNDICE. ¿Qué son las tareas del hogar? Aproximación desde la filosofía personalista.

Agradecimientos

 

 

  

 

 

PRESENTACIÓN

 

Este librito es una colección de comentarios y reflexiones breves en torno a las tareas del hogar, tomando pie del Evangelio. Son fruto de mi experiencia sacerdotal, y los ofrezco como una invitación a profundizar en este ámbito de la vida humana, tan rico en tesoros de espiritualidad y cultura.

 

Hay varios motivos por los que un cristiano, cualquiera que sea su profesión u oficio, debería interesarse por las faenas domésticas e intentar comprenderlas a fondo. En primer lugar, por ser la familia la primera y fundamental realización de la Iglesia, y por tanto el lugar donde la vida cristiana acontece en su forma más genuina. Respecto a la familia, las tareas domésticas son como su encarnación, su puesta en práctica, y aportan una preciosa clave hermenéutica para discernir su naturaleza, su fin y sus valores específicos. Tal discernimiento resulta tanto más urgente cuanto que la familia sufre hoy gravísimos ataques que pretenden oscurecer su identidad e incluso destruirla.

 

En segundo lugar, nos interesa por ser este oficio el desempeñado por más personas en el mundo, sobre todo mujeres, lo que le confiere una proyección apostólica inmensa, más aún en nuestro mundo globalizado.

 

No obstante, a pesar de estas y otras razones, las labores domésticas siguen despertando escaso interés entre nuestros coetáneos. ¿Por qué? No es posible enumerar aquí los diversos prejuicios, algunos muy antiguos, que pesan sobre el hogar, pero cabe destacar dos: la mentalidad utilitarista y el feminismo radical, este último envuelto actualmente en la ideología de género. Sea como fuere, se trata de un triste analfabetismo doméstico, que empobrece lamentablemente la convivencia, tanto familiar como social, y sobre todo la experiencia de Dios, la cual, privada del entronque vivo con el hogar, pierde sus raíces más profundas y su savia vital.

 

Como toda carencia humana, esta que describimos tiene un único y definitivo remedio: Cristo. Él es, en efecto, la luz que hay que poner sobre el candelero para que ilumine a toda la casa (Mt 5, 15). Y para ponerla efectivamente, para hacer patente esta luz de la casa, que es Jesús en persona, resulta imprescindible meditar su vida e impregnarnos de ella. Este es precisamente el objetivo de las siguientes reflexiones. Materia para ello no nos falta, pues en el Evangelio abundan las referencias a esta esfera de la vida humana. Ante todo está el ejemplo mismo de nuestro Señor, trabajando en la casa de Nazaret junto a María y José. Y después su predicación, tan salpicada de ejemplos hogareños: la mujer que amasa, barre o muele, el remiendo del vestido, el baúl del paterfamilias, el administrador, los criados, los banquetes, las lámparas, etc. Todo lo cual demuestra en Jesucristo una exquisita sensibilidad doméstica, la misma que emplea para fundar su Iglesia e imprimir en ella aire de hogar.

 

El problema surge al expresar por escrito estas consideraciones. Porque hoy más que nunca el discurso sobre el hogar se presenta complicado y cargado de connotaciones, a veces polémicas, sobre todo en lo que atañe a la colaboración entre varón y mujer. No es este el lugar, como es obvio, para dilucidar tan delicada cuestión, pero se hace inevitable tomar postura frente a ella, incluso para una consideración meramente espiritual y ascética del hogar, como es nuestro caso. El criterio que nos ha parecido más equilibrado a este respecto, y más acorde con la antropología cristiana, ha sido el de emplear la expresión “ama de casa” y otras similares en un sentido muy amplio, que incluye a todo miembro de la familia en cuanto responsable de la realización práctica del hogar, ya sea varón o mujer. Si bien la mujer representa el hogar de modo especial, en virtud de cierto simbolismo inherente a su persona, no por ello la casa deja de ser incumbencia de todos. Sólo colaborando cada uno según sus circunstancias el hogar resplandece como lo que es: organismo vivo, comunión de personas, y primera y fundamental realización de la Iglesia. Un desarrollo más detenido de este planteamiento lo encontrará el lector en el breve artículo que figura en el Apéndice de este libro. Allí hemos intentado esbozar, a la luz de la antropología personalista, los rasgos que configuran el trabajo doméstico y los principios que rigen su actividad.

 

Pero más que la antropología personalista, la verdadera inspiración de estas meditaciones procede de la enseñanza de san Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la santificación del trabajo ordinario. Enseñanza que, en lo referente al trabajo del hogar, he visto encarnada admirablemente en innumerables mujeres del Opus Dei. Estas páginas son un testimonio de admiración y agradecimiento hacia ellas.

 

 

P.P.R.

Zaragoza, 1 septiembre 2007

 

 

http://diosylasartesdelhogar.blogspot.com.es/

 

 

 

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