La esperanza y el deseo

19 de marzo de 2011

 

           

Textos: Pablo Prieto

 

Textos de los Salmos

 

En verdes praderas (sal 22)

Mi escudo y mi gloria (sal 3)

Por ti madrugo (sal 62)

A ti grito (sal 60)

Peña mía, refugio mío (sal 17)

Que brille tu rostro (sal 79)

Como el ciervo (sal 41)

Ardientemente espero (sal 118)

Vuestros planes no son mis planes (Is 55, 8)

Venid, entremos (sal 94)

Bendice, alma mía, al Señor (Sal 102)

Tu ternura y tu misericordia son eternas (sal 24)

Enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 8)

 

 

 

En verdes praderas (sal 22)

 

El Señor es mi Pastor, nada me falta:

  en verdes praderas me hace recostar;

 

me conduce hacia fuentes tranquilas

  y repara mis fuerzas;

  me guía por el sendero justo,

  por el honor de su nombre.

 

Aunque camine por cañadas oscuras,

  nada temo, porque tu vas conmigo:

  tu vara y tu cayado me sosiegan.

 

Preparas una mesa ante mí,

  enfrente de mis enemigos;

  me unges la cabeza con perfume,

  y mi copa rebosa.

 

Tu bondad y tu misericordia me acompañan

  todos los días de mi vida,

  y habitaré en la casa del Señor

  por años sin término.

 

 

 

En verdes praderas me hace recostar.— Hierba fresca y mullida: alimento y alfombra al mismo tiempo. En el prado la oveja recorre su alimento, se come su suelo; se recuesta en lo que pisa, mastica lo que anda. Así también la Gracia: ámbito donde nos movemos, lecho donde reposamos, suavidad donde retozamos, sustancia que digerimos, horizonte al que caminamos…

 

* * * * * * * *

 

Me guía por el camino recto por el honor de su nombre.— Lo que me guía es un Nombre, no un concepto; alguien de carne y hueso, no una idea abstracta, por acertadísima que sea. Cuando el pensamiento no lo alienta el amor, tarde o temprano cansa, irrita, decepciona. Las explicaciones aburren, la Persona enamora.

 

* * * * * * * *

 

Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos.— Como si el desafío a mis enemigos fuera parte del menú, o un condimento que lo hiciera más sabroso. ¿Qué enemigos? El demonio, el pecado, la muerte. Y así es en efecto: me alimento enfrentándome a ellos; degusto el manjar de la Gracia en la misma medida que planto cara, mediante la lucha ascética, a las fuerzas del mal…

 

* * * * * * * *

 

Aunque camine por cañadas oscuras… .—Cañada: camino para ganados trashumantes, para los que cambian de sitio constantemente, siempre mudándose de valle, alimentándose mientras caminan. La vida humana es así, esencialmente insegura, desarraigada, incierta: no tenemos aquí morada permanente (Hebreos 13, 14). No podemos aferrarnos para siempre a un sitio, una labor, una compañía, una afición, porque todo aquí abajo es pasajero y caduco. Esta humillación, sin embargo, juega a nuestro favor si sabemos aprovecharla, pues en la medida que aceptamos la incertidumbre de lo terreno aumenta nuestra seguridad en lo eterno. La inseguridad asimilada es serenidad conquistada. La oveja sabia no sólo come moviéndose, sino que se come el movimiento mismo.

 

* * * * * * * *

 

Habitaré en la casa del Señor por años sin término.— El Cielo, la vida lograda, plena y dichosa, es un habitar,  un vivir hacia dentro y en compañía, vivir en y con. El hogar, por eso mismo, es profecía de eternidad y escuela de esperanza.

 

 

Mi escudo y mi gloria (sal 3)

 

 

Tú eres mi escudo y mi gloria (Sal 3, 4).— Sin escudo me expongo a la herida mortal, pero sin gloria sucumbo al hastío, que es peor.

Aunque arriesgada e incierta, prefiero la belleza a la seguridad, pues la vulgaridad de nuestro mundo pragmático abotarga el alma y le corta las alas.

 

Sin escudo, la vida se infesta de peligros, pero sin la gloriosa hermosura de Dios los escudos humanos se vuelven cárcel.

 

 

Por ti madrugo (sal 62)

 

 

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo (Sal 62, 2).— Por ti me adelanto al día y le planto cara. Antes que el día me arrastre te lo ofrezco yo. Por ti le marco tiempo al tiempo y lo domestico. Antes que el sol, se levanta mi fe.

 

* * * * * * * *

 

Mi alma está sedienta de ti (Sal 62, 2)— Alma sedienta equivale a alma despierta. Porque el alma que desea, vigila. El que desea no se duerme en su carencia ni se hace a ella, sino que la convierte en lámpara para escrutar la noche. Antes que beber el agua necesito, pacientemente, beberme mi sed.

 

* * * * * * * *

 

Como tierra reseca, árida, sin agua (Sal 62, 3).—  Como el desierto, mi alma mira cara a cara el cielo. Orar es para mí resquebrajarme hacia él. Amaso mi plegaria con tierra, abrojos y hasta lagartijas.

 

Presta oídos, Señor, a esta inmensa boca polvorienta.

 

* * * * * * * *

 

Cuando más seca sea tu tierra más hondo cava tu pozo.

 

* * * * * * * *

 

Como tierra reseca, agostada, sin agua (Sal 62, 3).— Es decir, como tierra que ignora sus semillas, pues sin lluvia ni siquiera se distinguen de la arena o el polvo.

 

Derrama tu gracia, Señor, para que despierte mi auténtica identidad. Sácame de mis adentros, pues sólo me conozco cuando crezco.

 

* * * * * * * *

 

Que mi alma se sacie como de enjundia y de manteca (Sal 62, 6).— Orar como comer: que mi plegaria sea así, Señor, nutritiva y sustanciosa. Concédeme digerir tus palabras en la meditación, hacerlas carne de mi carne, asimilar tu cielo en mi tierra. De ese modo hasta lo más prosaico y corriente me sabrá a Ti.

 

* * * * * * * *

 

A la sombra de tus alas canto con júbilo (Sal 62, 8).— Cantar antes de volar. Volar es lanzarme a la acción, cantar es recogerme en oración. En el nido de Dios, su intimidad, necesito acurrucarme para cobrar fuerzas: si no, ¿cómo superar el vértigo: los desafíos apostólicos, el servicio al prójimo, la transformación del mundo? Para llegar tan alto y lejos tengo que vivir dentro y cerca.

 

 

A ti grito (sal 60)

 

 

A ti grito (Sal 60, 3).— A ti pido ayuda y en ti me consuelo de no tenerla. Porque, paradójicamente, me amparas haciéndome notar, crudamente, mi desamparo. Tu ayuda la sazonas de abandono. Te gusta darme, Señor, haciéndome gustar mi vacío. ¿Qué es mayor don, la revelación de mi nada o la entrega de tu todo? Ambas cosas las recibo juntas, Señor, de tus manos dadivosas…

 

* * * * * * * *

 

Si grito invocando al Señor, Él me escucha desde su monte santo (Sal 3, 5).— Mi grito es montañero y escalador. Sube adonde no alcanzan mis pies, y en él sube conmigo este valle de lágrimas, esta ciénaga que habito y represento.

 

Sin embargo es el oído de Dios, agudo y misericordioso, el que salva la infinita distancia, no la fuerza de mi garganta.

 

* * * * * * * *

 

En este monte la altura es tuya, Señor, la dureza es mía. Temo perderme en mis barrancos cuando asciendo a tu cumbre. Con tanto vericueto temo quedarme en el camino, este camino inexplorado, escabroso y traicionero que soy yo mismo…

 

* * * * * * * *

 

Piedras y riscos representan los obstáculos de mi oración: la imaginación disipada, los recuerdos pesimistas, la desgana, el sopor.

 

Todo ello, Señor, me sirve para escalar a ti. Al ofrecértelas, mis limitaciones se tornan asideros, escalones, peldaños. Peña angulosa y escarpada, mi memoria hiere  cuando me agarro a ella, pero no importa con tal de avanzar. Cuanto más aprieta mi miseria más cerca siento tu cumbre.

 

 

Peña mía, refugio mío (sal 17)

 

 

Dios mío, peña mía, refugio mío (Sal 17, 3).—

Tiernamente te digo “peña mía”,

llamarte roca, Señor, es deshacerme,

me acurruco en tu muralla alta y dura,

hogaza esponjosa es tu palabra,

el alcázar soberano de tu trascendencia,

el baluarte inexpugnable de tu majestad,

me preserva de los chanchullos mezquinos de los hombres,

lo que en ti parece rigor

es en el fondo cariño,

cuanto más inflexible pareces

más dulce te gusto.

 

* * * * * * * *

 

Peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte (Sal 17, 3).— Ni los golpes más brutales, ni los hachazos más afilados, ni los asaltos más violentos pueden quebrantar la inexpugnable resistencia de tu…suavidad. Tú, Señor, el tierno y eterno, sé la muralla de nuestros amores humanos, tan deleznables, para que crezcan delicados y vigorosos a tu sombra.

 

* * * * * * * *

 

Llamo roca a tu Corazón, Señor, no por ser duro, sino por permanecer firme, leal, constante en medio del oleaje humano, como el promontorio donde se yergue el faro salvador.

 

* * * * * * * *

 

Mi baluarte.— Tú me defiendes a mí contra mí. Entre mis dos versiones interpones tus manos. Con la una, enérgica e implacable, detienes a mi hombre viejo, haciéndolo caer dolorosamente —por eso grito: ¿Hasta cuándo, señor, vas a estar enojado y arderá como fuego tu cólera? (Sal 78, 5)—; con la otra acaricias a mi hombre nuevo, tu recién nacido en Cristo —y exclamo: Guárdame como a la niña de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme (Sal 16, 8).

 

 

Que brille tu rostro (sal 79)

 

 

Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (sal 79, 4).— Basta una mirada para colmar una vida. Enséñame tu cara, Señor, y diré con el anciano Simeón: Ya puedes dejar a tu siervo irse en paz, pues mis ojos han visto… (Lc 2, 29). Porque verte es verme, y me veo viéndome ver.

 

¡La mirada de Dios se intercambia con la mía! En esta reciprocidad reside la salvación. Sin embargo no es posible si mi corazón no está tan limpio y dispuesto que aflore a mis pupilas: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8)

 

* * * * * * * *

 

Que brille tu rostro y nos salve.— Las personas nos iluminamos unas a otras. Si me veo es a la luz del que me ve. Pero esta luz humana no es más que reflejo de la divina; cuando ésta se apaga ¿qué somos sino un triste baile de sombras, bultos sin rostro, incapaces de tratarnos sin tropezarnos? 

 

 

Como el ciervo (sal 41)

 

 

Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te desea mi alma, Señor, Dios mío (Sal 41, 2).— El bosque no tiene más caminos para el ciervo que los que dicta su instinto. La sed marca el dónde y el cómo. Cuando el norte es la fuente, la sed es la brújula.

 

Mi anhelo de ti, Señor, me abre paso por la maleza de mis distracciones, y me adentra, no sé cómo, en la espesura de la oración. Esta corazonada, este deseo, este aguijón del Espíritu, me guía más certeramente que todos mis métodos y cavilaciones.

 

Aviva mi sed de ti, Señor, no sea que me detenga por el camino y acabe abrevándome en sus charcas.

 

 * * * * * * * *

 

Como busca el ciervo …— Así, instintivamente, sin mapa ni sendero, atravesando la espesura, corriendo, saltando, rastreando la humedad del viento y el rumor del agua.

 

No es que los caminos normales sean inútiles o innecesarios, sólo que a veces el Espíritu los abrevia, y apresura el alma para llegar antes y mejor. Entonces, deponiendo todo cálculo y previsión, hay que secundar su impulso y aventurarse por terreno desconocido, por la selva inexplorada, exuberante, misteriosa de su Amor.

 

 

Ardientemente espero (sal 118)

 

 

En tus palabras ardientemente espero  (Sal 118, 74).— En tus palabras mi esperanza arraiga y fructifica. No sólo siembran tu verdad sino que abonan la tierra de mi alma, donde debe crecer. Llego a lo que dicen a través de lo que son: amor. 

 

* * * * * * * *

 

Labra tu día como una obra de arte. Que sea como una vida en miniatura. Busca a tu Dios antes del filo de la noche. Mañana puede ser demasiado tarde.

* * * * * * * *

Tempus breve est, dice san Pablo, el tiempo es breve. ¿Qué tiempo? El de esta vida mortal. Pero bien mirada, la eternidad es más breve aún pues toda ella se reduce a un instante: el del encuentro amoroso con Dios. Sólo que ese instante, de tan intenso, no acabará jamás.

 

Por eso en vez de san Pablo yo prefiero a san Juan: tempus prope est: el tiempo está cerca. Pablo se refiere a lo que dura aquí, Juan a lo que comienza allí. Pablo se fija en la tardanza, Juan en la inminencia.

[1 Corintios 7, 29; Apocalipsis 1, 3]
 

* * * * * * * *

Quédate con nosotros, porque me visita el pasado en forma de tinieblas: el tiempo perdido, las ocasiones desaprovechadas, los fallos irreparables, los trenes que dejé escapar y no volverán. Quédate porque se cierne la noche, porque temo a los fantasmas que habitan mi corazón pusilánime. Contigo no temeré el espanto nocturno, dice el salmo, ni la peste que se desliza con las sombras.

¡Porque en ti nada se pierde! El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Lo que me arrebató el naufragio de la vida está a salvo en ti; lo que daba por perdido me lo reservas para el día del encuentro. Y si me quitaste algo fue para dármelo mejor a su hora. ¡Tonto de mí!: lo que yo llamaba olvido eras tú.

[Lc 24; Salmos 90 y 26]

* * * * * * * *

“La muerte no es algo que pasa sino alguien que llega” (P. Urbano). ¿Y quién llega? La parábola dice: ¡que llega el esposo! Pero morir también es exclamar “¡que llego yo!” Porque la llegada es de ambos, de otro modo no habría verdadero encuentro. Si no son dos los que llegan en realidad no llega ninguno. Los que se aman se son fin recíprocamente, son puerto el uno para el otro. Por tanto para que llegue Él debes llegar también tú…

 

 

Vuestros planes no son mis planes (Is 55, 8)

 

 

Vuestros planes no son mis planes … (Is 55, 8).— Planea, organiza, prepara, calcula… pero déjate sorprender a cada paso. Concreta, porque el espíritu hay que encarnarlo en obras, pero no pretendas encajar la Providencia en tu pobre agenda. La confianza llega más lejos que la previsión. Pégate al suelo, pero sin echar raíces.

 

* * * * * * * *

 

Mis caminos no son vuestros caminos (Is 55, 8).— El caminante miedoso prefiere andar seguro que llegar a la meta. Prefiere un camino circular pero sin riesgo, que aventurarse en línea recta a lo desconocido. Prefiere quedarse cerca, en su mísera comarca, antes que salirse del mapa. El miedo, más que pisar la tierra, se aferra a ella.

 

* * * * * * * *

 

Si sólo camino por donde sé nunca salgo de donde estoy.

 

 

Venid, entremos (sal 94)

 

 

Venid, entremos (Sal 94, 1).— Sólo invitando a los demás puedo entrar yo. Ingresar en Dios es convocar a los hombres. Comparecer ante su Trono exige llevar, como tributo, el mundo entero. Se accede al cielo cargando con la tierra.

 

* * * * * * * *

 

Entremos en su presencia dándole gracias (Sal 94, 2).— Ponerse en presencia de Dios es entrar en una fiesta, cuyo traje de gala es el agradecimiento. Anfitrión del hombre, Dios nos acoge en su intimidad apenas reconocemos sus favores.

 

 

Bendice, alma mía, al Señor (Sal 102)

 

 

Bendice alma mía al Señor y no olvides sus beneficios (Sal 102, 2).— Sus beneficios son lo único que resiste al tiempo. Recordarlos es por eso actualizarlos. Todo lo demás se esfuma y desvanece.

 

Lo que no lleva tu impronta, Señor, ¿en qué queda? Si algo se salva del olvido no es por recordarlo yo sino por venir de Ti.

 

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Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura (Sal 102, 4).— Primero de gracia, y luego de ternura: por lo uno se viene a lo otro. Entre la fosa del hombre y la ternura de Dios está la Gracia de Cristo. Entre la cerrazón del pecado y la casa del Padre resuena la voz del Redentor, aquella misma que gritó a Lázaro: ¡sal fuera!

 

 

Tu ternura y tu misericordia son eternas (sal 24)

 

 

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas (Sal 24, 6).— El problema de la ternura humana es que no da lo que promete; el hombre puede ser tierno, pero nunca eterno. Su cariño o engendra temor, porque podemos perderlo, o abatimiento, porque lo hemos perdido. Sólo Dios es a la vez tierno y eterno.

 

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Es preferible el dolor al temor. El temor a perder corroe más que la pena de haber perdido. En virtud del temor el futuro invade el presente y lo destruye.

 

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Los sentimientos son limitados, como el sujeto que los vive, pero no necesariamente opacos. Opaco y limitado es el ídolo: ese objeto insustancial que atrapa al corazón y lo esclaviza. Cuando idolatramos el sentimiento, éste se vuelve mazmorra que aprisiona, cuando podría ser ventana por la cual ver el horizonte. Es precisamente la idolatría del sentimiento, nuestro afán de absolutizarlo como fin, lo que lo vuelve opaco. La mosca que chupa el cristal es incapaz de ver el paisaje.

 

* * * * * * * *

 

Unánimes  y concordes con un mismo amor y un mismo sentir (Filipenses 2, 2).— ¡Qué lejos está este mismo sentir del entusiasmo ocasional, esporádico, que aúna a las multitudes! Después del concierto, del mitin, del partido de fútbol, ¿qué queda de esa compenetración afectiva que nos ha hecho vibrar al unísono? ¿Acaso nos ha vuelto más solidarios? ¿Nos ha sacado de la masa anónima, donde no hay rostros sino bultos?

 

En cambio el mismo sentir del Espíritu no es ráfaga caprichosa e independiente; más bien es ola que, si bien indómita e imprevisible en la superficie, permanece unida a todo el océano, profundo e inmenso.

 

 

Enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 8)

 

 

El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros (Isaías 25, 8).—  ¿Y quién iba a hacerlo si no? ¿Quién tiene autoridad para tocar un rostro, una identidad? ¿Qué manos son suficientemente dignas para palpar una intimidad, el misterio de un dolor? Sólo Dios; sólo quien lo ha creado puede enjugar un rostro, porque consolarlo es en cierto modo rehacerlo, modelarlo de nuevo. Las lágrimas ablandan el barro primigenio y lo deforman, y necesitan las manos divinas para recuperar su verdadero ser.

 

 

   

  

  

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La última actualización de este sitio fue el: 19 de marzo de 2011