Estudios

11 marzo 2007

 

 

 

Doctrina social de la Iglesia: ¿filosofía o teología?

 

A primera vista parece irrelevante dilucidar el estatuto científico de esta disciplina. ¿Qué más da, con tal de defender los derechos humanos y combatir la injusticia? Sin embargo esta enseñanza tarde o temprano se torna eficaz cuando se olvida su fundamento y su fin. Pablo Prieto.

 

 

 

La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es una parte de la Teología moral y su objeto es la vida social en cuanto que, por medio de ella, el hombre tiende a su fin último, que es la comunión con Dios Trino y con toda la Humanidad en Cristo. Como es obvio el estudio de la vida social, que es una realidad tan amplia y compleja, no se agota en esta disciplina. Concretamente la familia y el trabajo, que juntos constituyen el núcleo de la DSI, también son susceptibles de un estudio antropológico, cristológico, ascético, estético, bíblico, eclesiológico, etc, por no mencionar las ciencias humanas (filosofía, psicología, sociología, etc).

 

En cualquier caso es importante insistir en el carácter teológico de esta ciencia, tal como se recuerda en diversos documentos, como en Sollicitudo Rei Socialis n. 41 [1]. Y ello por varios motivos:

 

Primero, porque no basta con la Filosofía para explicar plenamente la naturaleza social del hombre, por ejemplo con la tesis aristotélica del animal social (politikon zôon). Según el Estagirita, esta naturaleza social deriva de la inteligencia humana, por la cual el sujeto acrecienta su conocimiento y autodominio en la relación con sus semejantes. Sin embargo este tenerse a sí mismo por la inteligencia sólo se realiza plenamente —y a esto no llegó Aristóteles— en la entrega de sí mismo por amor. Y esta doctrina, típicamente cristiana, adquiere su pleno sentido a la luz de la Revelación cristiana, tal como la expone la Teología [2].

 

En segundo lugar porque la Teología supone un grado de realismo mayor respecto de la Filosofía, en este caso la ética social, ya que considera al hombre en su situación histórica, herido por el pecado, sanado por la gracia y llamado a la comunión con Dios.

 

Y por último, este carácter teológico de la DSI hay que defenderlo frente a los que niegan que el Evangelio aporte nada específico en materia moral, reduciéndolo a una parénesis o exhortación dirigida a cumplir lo que, a fin de cuentas no sería más que la ley natural común a todo el mundo [3].

 

La Doctrina social se encuadra, por tanto, en el ámbito de la Teología, y más en concreto del Teología moral. Esta índole moral no ha de tomarse en un sentido rígido y legalista ya que la Doctrina social mantiene un diálogo fecundo con diversas disciplinas tanto teológicas como filosóficas y científicas, principalmente con la Antropología, a la que se remite con frecuencia. Hay también graves cuestiones de Doctrina social, por ejemplo la educación afectiva, la complementariedad varón-mujer o la cultura de la imagen, cuyo calado ético no se alcanza suficientemente sin tener en cuenta también la perspectiva estética. La ética sin estética corre peligro de tornarse excesivamente técnica y degenerar en mera deontología, tentación que es muy frecuente en el campo de la Bioética.

 

Tampoco hay que olvidar que la vida cristiana no es un comportamiento, por excelente y virtuoso que este sea —como sucede en el planteamiento puritano o moralista—, sino la experiencia de comunión con Dios y con los hombres en Cristo, según hemos dicho más arriba. Ello significa que la vida cristiana se configura ante todo como una fiesta en la que se anticipa la gloria del Cielo [4] y cuyo centro es la Liturgia. Este sentido festivo informa desde dentro la conducta cristiana y trasciende de diversos modos a todos los ámbitos de la vida: usos sociales, instituciones, cultura, etc. La sensibilidad pastoral de la Iglesia, como es obvio, lo tiene en cuenta en su Doctrina social, procurando que sus consejos reflejen esta riqueza del misterio de Cristo.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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1      Sollicitudo R. S. 41: «Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.»

 

2      Gaudium et Spes 24: «El hombre, la única criatura en la tierra que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en el sincero don de sí.»

 

3      Veritatis Splendor 37a: «Queriendo, no obstante, mantener la vida moral en un contexto cristiano, ha sido introducida por algunos teólogos moralistas una clara distinción, contraria a la doctrina católica, entre un orden ético —que tendría origen humano y valor solamente mundano—, y un orden de la salvación, para el cual tendrían importancia sólo algunas intenciones y actitudes interiores ante Dios y el prójimo. En consecuencia, se ha llegado hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de un contenido moral especifico y determinado, universalmente válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a proponer una exhortación, una parénesis genérica, que luego sólo la razón autónoma tendría el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente “objetivas”, es decir, adecuadas a la situación histórica concreta. Naturalmente una autonomía concebida así comporta también la negación de una competencia doctrinal especifica por parte de la Iglesia y de su Magisterio sobre normas morales determinadas relativas al llamado “bien humano”. Estas no pertenecerían al contenido propio de la Revelación y no serían en sí mismas importantes en orden a la salvación.»

 

4      Mt 5, 16: Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos

 

 

 

 

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