Estudios

17 diciembre 2006

 

 

Felicidad y vocación

  

 

Ad maiora natus sum!, decían los antiguos cuando querían desechar, con gesto magnánimo, lo que les parecía mediocre, vulgar, mezquino: ¡para cosas mayores he nacido! Y Jesucristo también decía a Natanael: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera crees? mayores cosas verás” (Jn 1, 50). Estas cosas mayores que constituyen el fin de nuestra vida son difíciles de precisar, pero una cosa está clara: constituyen el sentido de nuestra vida y en ellas reside nuestra felicidad. Por eso, si queremos aclararnos sobre el sentido de la vida, lo mejor es empezar interrogándonos sobre la felicidad.

 

Podemos distinguir tres modelos básicos de felicidad: buena vida, vida buena y vida lograda.

 

La buena vida

 

Se trata del clásico carpe díem, de disfrutar al máximo el instante fugaz y, si es posible, hacerlo perdurar como hacía aquel hombre que, después de llenar sus graneros se dijo a sí mismo: “descansa, come, bebe, pásalo bien” (Lc 12, 19). Ya sea fugaz o más o menos permanente, este modelo de felicidad se reduce a fin de cuentas a un estado psicofisiológico. Nos recuerda esa imagen —ajena al auténtico cristianismo— del bienaventurado entre las nubes, como un blando estar beatífico y pasivo. Por este motivo podemos llamarla felicidad flotante o estupefaciente.

 

Ejemplo de ello es la película Matrix. En ella el mundo entero menos unos elegidos vive una vida aparentemente completa y gratificante pero ficticia, simulada por ordenador, mientras los cuerpos reales flotan en un nicho con líquidos y cables. La tentación es decir: “¿y por qué no? ¿Qué mas da? Prefiero falsas alegrías que verdaderas penas.”

 

Esta experiencia tiene un correlato muy real en la actualidad: la sociedad del ocio y el espectáculo, cuyo paradigma es la realidad virtual. La cultura audiovisual, en efecto, ofrece un mundo alternativo, cuya consistencia real es indiferente (1).

 

No obstante hay una intuición valiosa en este planteamiento, y es que la felicidad no puede “producirse” o “conseguirse” de modo autosuficiente, sino que debe ser acogida festivamente como un don “llovido del cielo”. Los artistas, tan reacios siempre al moralismo, suelen entenderlo así.

 

La vida buena

 

Es el modelo clásico descrito por Aristóteles y los Estoicos, centrado en el ejercicio de las virtudes. Las auténticas virtudes (que es cosa muy distinta de “buenas costumbres”) son ganancia en humanidad, autodominio, libertad, y por lo mismo también síntesis del tiempo; con ellas le gano tiempo al tiempo y yo soy más yo. Como vemos aquí la felicidad no es pasividad, como en la “buena vida” sino acción, desarrollo, creación, trabajo.

 

Sin embargo este enfoque puede derivar hacia el eudemonismo. El eudemonismo es la actitud de quien procura directamente la felicidad, pretendiendo alcanzarla como un objeto, cuando en realidad es el efecto subjetivo de otra cosa, el fruto de algo que viene de más allá de nuestras fuerzas. En definitiva esta “vida buena” no puede reducirse sólo a virtudes pues se perdería su carácter de regalo, gracia. Aparte de conseguida la felicidad tiene que ser donada, si no no es perfecta. Por eso el filósofo Julián Marías la llama un imposible necesario. Ahora bien, para que haya don tiene que haber amor, y el amor no brota directamente de las virtudes; éstas lo preparan, lo hacen posible, lo llaman, lo esperan, pero no lo “producen” necesariamente.

 

Vida lograda

 

Este planteamiento completa el anterior con el horizonte de la vocación. Es un matiz específicamente cristiano. La felicidad cristiana es vocación. ¿Y qué vocación? Vocación al amor, pues el amor es condición, resumen y fin de todas las vocaciones singulares. La encíclica Familiaris Consortio lo dice de esta manera:

 

Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano. (FC 11)

 

Este enfoque de la vida lograda acoge los aciertos de los otros dos, pues reconoce en la felicidad un elemento pasivo y otro activo:

 

a) Elemento pasivo: la contemplación sabrosa de la verdad, la aceptación festiva del don de la vida, la comunión con los demás (que nunca es logro voluntarista).

 

b) Elemento activo: el ejercicio arduo de las virtudes, la purificación de las facultades y sentidos, etc., indispensable para ser feliz, todo lo cual requiere un empleo inteligente y tenaz de la voluntad.

 

Se trata de un proceso que integra tres movimientos simultáneos e interrelacionados:

 

● dominarse por las virtudes,

● conocerse por el diálogo,

● y darse por el amor. 

 

Lo que llamamos vida lograda es el signo y fruto de este proceso, lo cual es mucho más que vida buena. Una vida simplemente buena no colma las aspiraciones del corazón, pues no hemos nacido para hacer cosas, ni para ser buenos o excelentes, sino para amar personas.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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NOTAS:

 

(1) Sobre la contemplación mística y estética en la cultura audiovisual véase mi artículo Libertad de corazón y vida contemplativa.

 

 

 

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