Estudios

05 marzo 2007

 

 

 

Hobbes y el empirismo utilitarista

 

 

 

Thomas Hobbes (1588-1679) nace en Inglaterra pero viaja con frecuencia a Francia, donde trata a Descartes. Su filosofía postula la experiencia como base del conocimiento, y por tanto los sentidos como herramienta única del saber. Es junto con Bacon el padre del empirismo pragmatista inglés.

 

Afirma que el hombre es un ser salvaje y egoísta (“la vida del hombre —dice en el Leviatán— es solitaria, pobre desagradable, brutal y corta”), que de suyo tiende a la guerra con sus semejantes. Para evitar su destrucción y por puro egoísmo el hombre crea el Estado, el cual asume todo el poder  y acaba por ser un Leviatán que domina a sus súbditos devorándolos. La sociedad es pues un artificio, el consenso de todos los egoísmos, gracias al cual cada uno puede dedicarse pacíficamente a lo suyo. Para Hobbes hay dos formas de Estado, a favor del cual el individuo hace dejación de sus derechos: bien una asamblea, bien un individuo representativo. Hobbes prefiere esta última solución —el monarca absoluto— porque las asambleas favorecen la disensión y ceden a los intereses particulares. El rey absolutista representa entonces la razón, capaz de dirigir a la sociedad superando todo partidismo. En este postulado se fundan, de un modo u otro, todos los totalitarismos modernos. Sostiene, por ejemplo, que el Estado tiene el “monopolio de la violencia”, lo cual es un grave error ya que el poder coercitivo del Estado, si es justo, nunca puede llamarse “violencia”.

 

De esta antropología pesimista y desconfiada (homo hómini lupus) deriva una moral pragmática, voluntarista y relativista que, a pesar de los vaivenes de la Historia, aún predomina en la actualidad.

 

Según Hobbes la moral social se reduce a cumplir las leyes que el Estado dicta arbitrariamente. Se trata de un formalismo ético que sienta las bases del positivismo jurídico, para el cual no merecen consideración los valores humanos intrínsecos y a cambio se exalta la conducta “políticamente correcta”: buenas costumbres, decencia, formalidad, honradez, seriedad, civismo, etc. La moral por antonomasia sería así  la pública, respecto a la cual la ética privada o bien se amolda progresivamente, o bien decae, asfixiada en el estrecho ámbito de la vida privada.

 

La moral hobbesiana es la plasmación política de la idea de libertad de Ockham, en la cual el sentido del deber, como aspiración radicada en el corazón humano, se reduce a obligación, como cumplimiento voluntarista de un mandato externo. Lo que antes llamábamos ‘virtudes’, en plural, se queda en una sola: la ‘virtud’ por excelencia, que sería la obediencia a la ley civil. Frente a ello hay que afirmar que la fuente última de todo deber, moral y político, es la persona, la cual se debe ante todo a sí misma. Este deber intrínseco, previo a todos los deberes sociales, es lo que la Iglesia llama normalmente ley natural.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

Página principal

darfruto.com