Estudios

05 marzo 2007

 

 

Ockham  y la libertad de indiferencia

 

 

 

 

Filósofo y teólogo inglés (1295-1350), Guillermo de Ockham desarrolla una teoría del conocimiento conocida como nominalismo. Según ella la razón por sí sola no puede alcanzar un verdadero conocimiento de las cosas, ni hay nada plenamente demostrable, y en cuanto a la fe, ésta se encuentra divorciada de la razón. Creer es atenerse ciegamente a una voluntad divina arbitraria, que no admite una análisis racional. La tesis de Ockham, por tanto, supone un escepticismo cognoscitivo que implica a su vez desconfianza en la naturaleza humana.

 

De esta incapacidad del hombre respecto a la verdad deriva una moral voluntarista, centrada en el concepto de obligación. Las virtudes, cuyo organismo estudiaron los clásicos (Aristóteles, Séneca, Tomás de Aquino) se reducen ahora a la virtud, una sola: la obediencia a la ley, tanto a la divina, procedente, como hemos dicho, de la pura arbitrariedad de Dios, como a la humana en la medida en que representa a la divina. La obediencia sería tanto más pura y meritoria cuanto menos racional es aquello que se acata, cuanto más ciega es la sumisión. La conciencia no sería pues una voz del corazón que señala un límite entre el bien y el mal, pues esta voz sería subjetivismo poco fiable, sino la pura libertad incondicionada, para la cual todo objeto es igualmente elegible: por eso la hemos llamado libertad de indiferencia.

 

¿Qué es la libertad para Ockham? En el pensamiento clásico, especialmente santo Tomás, la libertad comprendía dos aspectos fundamentales: una libertad interior, que es autodominio susceptible de crecimiento progresivo, y otra libertad que es externa y estática, pues consiste en el  margen de actuación que nos dejan las leyes, ya sean humanas o divinas, eclesiásticas o civiles. Según Ockham la auténtica libertad se reduciría a  esta última pues el autodominio, en la misma medida que supone autoconocimiento, rebasa las posibilidades del hombre.

 

Tenemos pues dos libertades. La primera, interior y gradual que Pinckaers llama libertad de calidad, y la segunda libertad que llama de  indiferencia, porque no hace discriminación moral alguna en su objeto: todo lo permitido por la ley es igualmente válido. Lo que hace el nominalismo es reducir la primera a la segunda, anulando el papel de las tendencias naturales (hacia el bien, la comunión, la vida, la justicia, etc) y de la razón y reduciendo la conciencia a pura arbitrariedad. Obedecer es someter la arbitrariedad propia que es la conciencia a la arbitrariedad de Dios o del Rey, que es la ley.

 

Este tipo de libertad ha tenido una enorme influencia posterior. En primer lugar ésta es justamente la idea de libertad de Lutero, que lleva al extremo el pesimismo antropológico de Ockham. A su vez esta mentalidad protestante se encuentra latente en pensadores como Kant y Hegel, y en general el racionalismo moderno. Por otro lado, esta hipertrofia de la libertad de indiferencia a costa de la de calidad es la que predomina en las teorías políticas precursoras de la Ilustración, que configuraron la idea moderna de Estado. Me refiero concretamente a Hobbes (1588-1679), Locke (1632-1704) y Berkeley (1685-1753).

 

La libertad de indiferencia es también clave en el llamado liberalismo económico, y en los sistemas políticos que adoptan sus principios. En esta perspectiva prevalentemente económica, la libertad de indiferencia podríamos compararla gráficamente a un supermercado, pues configura la sociedad como un gran autoservicio donde todos los productos tienen cabida, es decir, el mismo derecho a ser promovidos, protegidos y respetados, con tal de que respondan a los deseos, inclinaciones o caprichos del ciudadano-cliente, haciendo abstracción de toda consideración sobre la verdad del hombre, su naturaleza o su dignidad.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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