Estudios

11 marzo 2007

 

 

El hombre posmoderno

 

El panorama actual

El hombre débil

La sexualización de la cultura

El gender

El empacho mediático

El esteticismo posmoderno

El laicismo

 

 

 

La fisonomía cultural del hombre de hoy es sumamente compleja, más aún, su rasgo principal es la complejidad. Nunca el hombre corriente se ha visto tan enfrentado a elementos ideológicos dispares y contradictorios. En este sentido el Magisterio de la Iglesia viene realizando desde hace años una gran labor de discernimiento, que supone un saludable estímulo para el espíritu crítico.

 

El panorama actual

 

Para entender la conciencia moral que domina en las sociedades industrializadas, sobre todo Europa y Norteamérica, son de gran utilidad varios documentos de la Conferencia Episcopal de España, cuyo diagnóstico es válido para otros muchos países:  La verdad os hará libres, de 1990,  Moral y sociedad democrática, de 1996, y La familia, santuario de vida y esperanza, de 2001 (FSV), aparte de otros. De ellos resumimos a continuación algunas ideas.

 

El hombre débil

 

Abunda en nuestra sociedad un tipo de persona interiormente fragmentada, sin unidad de vida, incapaz de conciliar los distintos ámbitos en que se desenvuelve. Posee por un lado una vivísima emotividad, atizada por los medios de comunicación, y por otro una deplorable ceguera para los valores, una rigidez cadavérica en lo que se refiere al sentido humano. Se hacen así compatibles un sentimentalismo ciego con un voluntarismo estoico y muchas veces frustrante. Lo primero, el emotivismo ético, se pone en práctica en el consumo y la diversión, y lo segundo, el voluntarismo desencarnado, se aplica al mundo del trabajo, donde reina la rivalidad y el individualismo más feroz. El consumismo hedonista y el utilitarismo voluntarista se dan la mano. por eso no se debe criticar lo uno sin tener en cuenta lo otro. A este respecto podría valer el siguiente lema: “estoicismo oculto, emotivismo manifiesto”. Así lo explica un documento eclesiástico reciente: «Ese hombre, emocional en su mundo interior, en cambio, es utilitario en lo que respecta al resultado efectivo de sus acciones, pues está obligado a ello por vivir en un mundo técnico y competitivo. Es fácil comprender entonces lo complicado que le es percibir adecuadamente la moralidad de las relaciones interpersonales porque éstas las interpreta exclusivamente de modo sentimental o utilitarista.» (Conferencia Episcopal Española, Directorio de la Pastoral Familiar, 21-XI-03, n. 19).

 

Todo esto es la versión moderna de lo que la Escritura llama dureza de corazón. Paradójicamente, a este corazón duro corresponde un sujeto débil. De él la FSV hace una descripción muy acertada en los siguientes términos:

 

«La persona se comprende a sí misma de modo fragmentado, caótico, en un entrecruzarse de fuerzas biológicas, emociones, opiniones en medio de deseos encontrados, que llega a confundir con su libertad. Se separa así del sustrato vital que la hace crecer, a veces seducida por la apariencia de un hombre que se hace a sí mismo de modo autónomo y autosuficiente. El resultado es, en cambio, un hombre débil, sin fuerza de voluntad para comprometerse, celoso de su independencia, pero que considera difíciles las relaciones humanas básicas como la amistad, la confianza, la fidelidad a los vínculos personales.» (nn. 24-25)

 

Respecto al mencionado voluntarismo, ligado a la hipertrofia de la razón técnica o instrumental, el mismo documento afirma lo siguiente:

 

«Las consecuencias de este modo de afrontar la vida son muy graves. Al hombre, reducido su horizonte vital a lo que puede dominar, se le valora sobre todo como un homo faber y todo su trabajo se mide en razón de la sola productividad. A pesar de los adelantos técnicos, se observa paradójicamente cómo el trabajo ahoga muchas veces la vida de las personas con exigencias que no tienen en cuenta la realización de la persona y su vida familiar. Se sacrifican muchas cosas a un “sistema de producción” impersonal, competitivo y tiránico.» (FSV 19).

     

A esto se suma una libertad entendida de modo reductivo como individualismo, de tal modo que la relación entre personas se enmarca en un conflicto de libertades y límites; el otro aparece como un rival potencial. Se olvida así que la mediad de la libertad es la verdad del hombre, que se logra buscándola juntos (Como decía Machado: ¿Tu verdad? / No: la verdad. / Y ven conmigo a buscarla. / La tuya guárdatela.)

 

La sexualización de la cultura

 

La fragmentación de que hablábamos antes se ha manifestado en el en el campo de la sexualidad, y por tanto del matrimonio y la familia, mediante tres rupturas, que se han ido sucediendo desde los años 60: sexo-matrimonio, sexo-procreación y sexo-amor. Esta última significa que la sexualidad ha pasado a ser hoy un juego que permite experimentar la satisfacción de un deseo, pero que no está necesariamente unido al amor y por tanto puede practicarse al margen de este.

 

Esta banalización del sexo, fruto de la revolución sexual de los años 60, encuentra hoy su reflejo en los medios de comunicación, que al mismo tiempo lo promueven. «El deseo sexual se ha desbordado hasta convertirse en un verdadero poder al servicio de intereses económicos.» (FSV 29).

 

El gender

 

El concepto sociológico de género (gender) procede de los estudios sobre el rol social de la mujer realizados en Universidades anglosajonas e inspirados por la ideología de Mayo del 68. Más allá de sus elementos útiles, este concepto envuelve una idea reductiva de la naturaleza humana que es incompatible con la verdadera promoción de la mujer. La mujer no sería más que “hombre hembra”, y todas las actitudes, formas de comportamiento y sensibilidad que normalmente le atribuimos no serían más que imposición arbitraria y coercitiva, puro aditamento postizo de una cultura contrapuesta a la naturaleza.

 

El documento que venimos citando lo comenta así: «La ideología del género es, el intento de presentar el mismo género sexual -masculino-femenino- como un producto meramente cultural. Es un modo propuesto tanto por los grupos de presión homosexuales como por un cierto feminismo radical. El modo de propagarlo exige una consideración de la sexualidad como algo ajeno a su identidad personal. De este modo, la liberación de la mujer consistiría en un ideal de vida separado de los significados de su sexualidad que se entenderían como un peso esclavizante. La sociedad ideal debería entonces conducir a una indiferenciación sexual para que cada persona modelara su propia sexualidad a su gusto. En el caso de un cierto feminismo, la relación hombre-mujer se llega a presentar como una especie de lucha de sexos en una dialéctica de confrontación. (…) La confrontación de sexos ha producido también un debilitamiento de la complementariedad hombre-mujer y se ha perdido la dirección para encontrar su necesario equilibrio.» (FSV m. 34)

 

El empacho mediático

 

El asombroso desarrollo de estos medios ofrece grandes posibilidades de entendimiento entre los hombres. Sin embargo no siempre la comunicación está al servicio de la comunión. La mera información, la posesión de datos, no es más que una forma de poder, y el poder puede emplearse como se sabe de modo egoísta y corrupto.

 

Por otro lado estos medios propician que la vida misma adopte “forma publicitaria”, es decir, se vuelquen hacia su imagen externa y olviden cultivar su interioridad. La persona es bombardeada por multitud de impresiones que le inducen a un pensamiento superficial, gregario y acrítico.

 

El esteticismo posmoderno

 

Engarza con el auge de los medios de comunicación y el mundo de la imagen. Se caracteriza por un eclecticismo nihilista, que busca la belleza como puro placer subjetivo, objeto de consumo, y vaciado de significado humano. Como todo esteticismo, éste que vivimos cosifica la belleza en el arte, confundiendo lo uno con lo otro. Lo que caracteriza sin embargo la situación actual es que el objeto cosificado es sobre todo la persona humana, en concreto la femenina, cuya imagen se multiplica en las pantallas y es objeto de consumo y comercio. (Véase el artículo: El esteticismo decadente)

 

El laicismo

 

Suele definirse el laicismo como “ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública.”

 

Las raíces de esta actitud, tan extendida en Europa, se debe en buena parte a la ideología ilustrada que dio origen al estado moderno. Según ella la libertad, el pluralismo y la democracia se fundan en el relativismo moral, que habría que imponerlo como un dogma “laico”. Aunque con visos de neutralidad, el laicismo impone en la práctica una pseudoreligión, cuya moral vendría dictada por el consenso social. De lo sociológicamente normal se pasa a lo legalmente normativo, pasando por encima, si es necesario, de la dignidad de la persona, el derecho a la vida o la naturaleza del matrimonio.

 

Las convicciones personales se convierten así en asunto privado que conviene relegar a la vida privada, dando lugar a la situación que denunciaba el antes cardenal Ratzinger: "Se pide a una buena parte de los ciudadanos que renuncien a contribuir a la vida social y política de sus propios países, según la concepción de la persona y del bien común que consideran humanamente verdadera y justa, a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política"

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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