Estudios

07 noviembre 2008

 

 

 

La casa de los tres pisos

Esquema didáctico sobre el proceso de maduración de la conciencia moral

 

 

 

No es fácil exponer los principios de la vida moral en conjunto, mostrando la relación entre ellos y su dinamismo: la conciencia, la libertad, las virtudes, las normas, etc. El peligro está en centrar la explicación en uno solo de estos elementos perdiendo de vista el resto, o bien dar una idea estática de la moralidad, sin considerar su desarrollo gradual. Porque la vida moral –o sea, el crecimiento específicamente personal del hombre— se desenvuelve como un organismo vivo, en cuyo movimiento toman parte todas las dimensiones humanas: lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Para expresarlo adecuadamente la tradición cristiana, sobre todo los Padres de la Iglesia y los autores de espiritualidad, han propuesto un esquema asombrosamente sencillo y a la vez profundo.

 

La vida moral es un edificio de tres pisos. Cada uno de ellos representa una visión completa de la moral, una perspectiva válida para afrontar de modo responsable la propia vida: bien como conjunto de normas de conducta, bien como organismo de las virtudes, o bien como disposición de entrega amorosa al prójimo, incesantemente renovada. Ahora bien, aunque coherentes en sí mismos, cada uno de estos planteamientos necesita complementarse con los otros dos para no caer en planteamientos rígidos y estrechos: legalismo hueco, autosuficiencia voluntarista, o amor egocéntrico. Hace falta, pues, una especie de “escalera” que comunique los tres pisos, permitiendo al individuo rehacer el camino cuando sea preciso y tener siempre presente la unidad del edificio. Esta escalera simboliza la conversión incesante, que es la actitud del hombre auténtico que sabe abrirse a la verdad y al don trascendente, es decir a la gracia.  

 

Como se muestra en el siguiente esquema, las tres perspectivas mencionadas podemos llamarlas corrección, perfección y comunión:

 

 

El primer piso: la corrección

 

Como hemos dicho, el inquilino del primer piso percibe la moral como conjunto de normas y prohibiciones, sea cual sea la autoridad que las dicte: Dios, la Iglesia, el Estado, la familia, la tradición etc. Sea de modo justo o injusto, por un autoridad legítima o por un déspota, se trata siempre de un orden impuesto desde fuera, que establece los límites en que puedo desplegar mi conducta. Instalado en este piso mi pregunta es: ¿qué me está permitido?

 

El segundo piso: la perfección

 

La moral de virtudes asume y supera la de normas, está edificada sobre ella. El inquilino de este piso ha logrado interiorizar los valores representados en las normas y ahora los encarna de modo personal y creativo. Vive las leyes como la gramática que hay que aprender para hablar un idioma. La gramática no es obstáculo para expresarme libremente, al contrario, sin ella soy ininteligible. Pero las virtudes van más allá: me aportan un autodominio y un autoconocimiento que me abren al idioma de la libertad; con ellas se despierta mi apetito por el Bien y mi afán de superación. En este estadio mi pregunta es: ¿en qué puedo mejorar?

El tercer piso: la comunión

 

No puedo detenerme, sin embargo, en el segundo piso, pues podría volverme egoísta y autosuficiente, e incluso despreciar a los que aún se debaten en el piso inferior. Recordemos la parábola del fariseo que presumía de sus méritos comparándose con el publicano (Lc 18, 10). La escalera de la conversión  ahora me pone directamente frente a los demás, que me reclaman ayuda, perdón, sacrificio, paciencia. El prójimo provoca en mí una crisis saludable que pone a prueba mi temple moral. Entonces descubro el sentido vocacional de la moral, y concretamente el amor como sentido de la vida: el “el hombre … no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes 24). Y también el dicho evangélico: “Quien busque guardar su vida la perderá, y quien la perdiere la conservará” (Lc 17, 33). El inquilino de este piso formula sus inquietudes del siguiente modo : ¿en qué puedo entregarme más?

 

 

Como vemos, a cada uno de estos pisos corresponde una pregunta, que es expresión de la actitud vital que preside su conducta.

 

 

Tres niveles de libertad

 

También corresponde a cada uno de estos estadios un modo de entender la libertad y de vivirla. La sensibilidad moral, en efecto, se va afinando progresivamente, y con ella la libertad se interioriza, se cultiva y se educa.

 

Primer piso.— La libertad se define aquí como autonomía e independencia, ausencia de obstáculos para la actuación, margen que deja la ley entre lo permitido y lo prohibido. Este modelo normativista de moral es el más extendido en la actualidad, en parte por influjo de Kant y su ética del imperativo categórico, y también por el desarrollo de los derechos humanos y la elaboración de códigos deontológicos en diversos campos, en especial la Medicina. También la libertad puede vivirse en este nivel como ruptura con las normas, como hacen los grupos anarquistas o libertarios. Sin embargo el desprecio por las convenciones sociales no es suficiente para superarlas, pues da lugar a nuevas convenciones aún más alienantes. Rechazar una ley implica, a fin de cuentas, someterse a otra.

 

Segundo piso.— Aquí la libertad se vive como autodominio. No se trata de un dato, sino de un proceso que nunca acaba: el de conocerse y superarse. La libertad está ligada aquí a la intimidad y a la percepción contemplativa de los valores, obra del corazón. Recordemos que las auténticas virtudes, en sentido clásico, no son “buenas costumbres” sino la integración de cuerpo y espíritu en la unidad de la persona. Con las virtudes yo soy más yo, sintetizo pasado y futuro en mi presente, protagonizo mi vida, me hago a mí mismo. En este nivel es donde se capta la gran paradoja de la existencia humana: que el hombre sólo es tal en la medida que rebasa lo meramente humano: el hombre supera infinitamente al hombre, dice Pascal.

 

Tercer piso.— Aquí se cumple la famosa frase de San Agustín: “ama y haz lo que quieras”. También es suya esta paráfrasis del Evangelio de san Juan: “la verdad nos hace libres y el amor nos hace esclavos”. La libertad liberada, en efecto, la más auténtica, nace del don de sí amoroso al prójimo. Ahora bien, esto sólo es posible con el entrenamiento espiritual de las virtudes: sólo puede darse quien se posee. La frase “ama y haz lo que quieras”, en efecto, resultaría incomprensible pronunciada en el piso 1.

 

Estos tres niveles de libertad podemos representarlos del siguiente modo:

 

 

Tres modos de entender la conciencia moral

 

Por conciencia moral entendemos el juicio del entendimiento práctico que discierne lo que es bueno o malo para la persona singular y en la circunstancia concreta, aquí y ahora. Hoy día, sin embargo, es frecuente definir la conciencia no como juicio —es decir, una reflexión sobre la verdad de las cosas— sino como decisión autónoma del individuo, al margen o en contra de las circunstancias, la sociedad, la tradición o incluso la naturaleza humana.

 

Primer piso.— A la vista de nuestro esquema tripartito podemos advertir que este último concepto, el de conciencia-decisión, puede degenerar fácilmente en una visión normativista de la moral. Si la moral, en efecto, se reduce a una cuestión de leyes, mi conciencia sólo podré definirla como una ley más, la que yo impongo desde mi libertad autónoma. Sería el acto en que yo me autoafirmo frente a todas las realidades que me condicionan, empezando por mi propio cuerpo. Para la conciencia-decisión el cuerpo sería, así, el primer terreno sobre el que debería afirmarse; vendría a ser de este modo material biológico premoral, carente de significado humano hasta que no es informado por la decisión de la conciencia.

 

Segundo piso.— La auténtica conciencia, el juicio práctico de que hablábamos, adquiere en este nivel la forma de la prudencia clásica, es decir, el hábito que enlaza la verdad de la persona concreta con la verdad de las circunstancias en que se encuentra. Como toda virtud, la prudencia crece o disminuye según la rectitud de su ejercicio; es una tarea, un quehacer, y no una facultad fija e inalterable.

 

Tercer piso.— La conciencia podría representarse en este tercer piso por el corazón, a condición de entenderlo de modo serio y riguroso, como órgano de la integración y del sentido, y no simplemente como sinónimo de “afectividad” (*). El corazón es el símbolo de la integración lograda de lo corporal y lo espiritual; es la conciencia del hombre sabio que percibe la verdad contemplativamente, de modo intuitivo y sabroso. Un hombre así distingue el bien y el mal con suma naturalidad, siguiendo los dictados del amor al prójimo. Un amor tanto más espontáneo y libre cuanto más entrenado en la palestra de la virtud.

 

El resumen gráfico podría quedar así:

 

 

 

Tres relaciones entre sentimiento y bien moral

 

Entendemos por sentimiento toda realidad espiritual vivida por la persona en el plano corporal, o lo que es lo mismo, toda experiencia específicamente humana. El sentimiento se distingue de la mera sensación en que aquel es intencional, mediante él se quiere o se conoce algo, proyecta al hombre fuera de sí. En los sentimientos el querer y el entender humanos se encarnan y concretan, se insertan en el espacio y tiempo de la persona, se inscriben en su historia.

 

En este sentido el eros es el amor típicamente sentimental: es la tendencia a la plenitud existencial y a la felicidad sentida de forma permanente por el individuo, concretada en innumerables objetos y con infinitas variaciones e intensidades; es el amor-deseo, el amor-necesidad, que se despierta en la contemplación de la belleza sensible y tiene su paradigma en el amor entre varón y mujer.

 

¿De qué modo se relaciona esta forma de amor con el bien moral? En el esquema que venimos considerando podemos distinguir tres experiencias distintas.

 

En el primer piso se advierte una separación neta entre eros y bien moral (ethos): una cosa es lo que “pide el corazón” y otra lo moralmente bueno y conveniente. Esta inadecuación se vive muchas veces como un drama, un conflicto violento y doloroso. Recordemos a este propósito las palabras de san Pablo: “no logro entender lo que hago; pues lo que quiero, no lo hago; y en cambio lo que detesto, eso hago”. (Rom 7, 15). En este estadio la rectitud moral requiere muchas veces someter y controlar los sentimientos, efectuando para ello un cierto desdoblamiento figurado entre lo que quiero y lo que siento, mi decisión y mi deseo.

 

En el segundo piso el dominio de sí va dando lugar a una inclinación espontánea, gustosa hacia el bien moral objetivo. Ya no se conoce éste de modo externo y abstracto sino por connaturalidad afectiva, intuitivamente. La promesa de plenitud y entrega que encerraba el eros va cumpliéndose gradualmente por obra de las virtudes. Es un proceso, sin embargo, arduo y laborioso, no exento de caídas y retrocesos.

 

En el tercer piso se alcanza la integración de eros y ethos: el deseo de plenitud despertado por la contemplación encuentra su cumplimiento en el bien objetivo de la persona. Este bien, como sabemos, consiste en la entrega al prójimo que funda la comunión interpersonal: es lo que se llama ágape o caridad. Eros y ágape, en efecto, se complementan profundamente y sólo se realizan el uno en función del otro, como ha puesto de relieve sabiamente Benedicto XVI en su reciente encíclica (Deus Caritas est  7).

 

Lo dicho podemos resumirlo gráficamente del siguiente modo:

 

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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(*) Véase a este propósito “corazón” en Glosario personalista.

 

 

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