Estudios

24 agosto 2008

 

 

Los actos humanos

 

¿De qué están hechos nuestros actos? ¿Hasta qué punto son nuestros? ¿Qué virus vician su libertad? ¿Qué hábitos la fortalecen? Todo planteamiento serio de la ética debe partir de estas preguntas. Pablo Prieto.

 

 

 

1. Introducción

2. Los elementos del acto moral: alegoría del árbol

2. El qué de la acción: objeto del acto

4. Doble acto de la voluntad y doble juicio

5. El para-qué del acto: la intención

6. Intenciones y justificaciones

7. Las circunstancias

 

 

1. Introducción

 

Por ser libre, el obrar humano posee una contingencia constitutiva: es concreto, cambiante, circunstancial. Lo que hago puedo no hacerlo, o hacerlo de otro modo. Las circunstancias no determinan totalmente mi actuar, sino que puedo asumirlas más o menos, y de un modo u otro. Por todo ello la vida humana es radicalmente insegura y azarosa, es decir, dramática: con mis actos puedo lograrme como persona o malograrme, superarme o degradarme; mis acciones me desvelan o me encubren. En una palabra, son autorreferenciales, es decir, revierten sobre el sujeto modelándolo para bien o para mal.

 

Otra característica del obrar humano es su singularidad: se construye decisión a decisión, paso a paso, de tal modo que en cada acto se compromete la persona entera; cada acto singular resume toda la vida, y la orienta (o no) en el horizonte de la vocación. Esto no pasa con los animales, los cuales ni tienen su vida en propiedad ni pueden hacerla a su modo.

 

¿Cuál es la moralidad de estas acciones concretas? ¿Es posible juzgarla en su singularidad?

 

Los intentos de captar el quid moral de la acción han sido varios, pero no siempre acertados:

 

a) Contrastando el acto singular con la naturaleza humana en general, es decir, formulando esta pregunta: ¿esta acción es verdaderamente humana? ¿Es conforme con lo la dignidad propia de mi naturaleza? Estas preguntas se refieren en el fondo a lo que llamamos ley natural, según la cual lo que el hombre hace debe adecuarse a lo que el hombre es.

 

b) Otra opción es invocar la teleología, la tendencia del hombre a su fin propio: ¿Esta acción me perfecciona como hombre? ¿Contribuye a realizar el proyecto inscrito en mi naturaleza? ¿Me humaniza o me deshumaniza?

 

Hay otros muchos planteamientos que pueden resumirse en los dos anteriores. Aunque útiles, tienen el defecto de perder de vista la singularidad de la acción concreta: tal acto de tal persona con tal vocación y en tales circunstancias. Solo a ese nivel, en efecto, es posible captar el dilema moral con todo su dramatismo: qué debo hacer yo aquí y ahora.

 

Una acción humana, en efecto, no es la elección de una realidad que ya existe de antemano, como quien elige un artículo en un supermercado. El artículo existe con anterioridad a que yo lo compre, la acción moral no. Las acciones hay que inventarlas. No son una cosa, una entidad física, y por eso no pueden ser abarcadas totalmente por una tipificación legal o un elenco casuístico.

 

Tampoco la naturaleza o la ley natural funcionan como las instrucciones de uso de una máquina, a las que hay que acomodar la conducta, porque la ley natural, inscrita en el corazón humano, no es un código abstracto y general, ni la persona una máquina con comportamientos invariables y previsibles. Estos ejemplos, aunque a veces son útiles, resultan inapropiados.

 

Los planteamientos anteriores (a y b) se encuadran en lo que se ha llamado moral de la 3ª persona, es decir, la del juez imparcial que considera la acción desde fuera, distanciándose el agente. Sin embargo el quid moral de los actos, como hemos visto, requiere situarse en la perspectiva del sujeto que obra, haciéndose cargo lo más posible de su drama interior. Así sucede, por ejemplo, en el consejo amistoso, la dirección espiritual o la confesión. Es lo que se llama moral de la 1ª persona.  Sobre su desarrollo en el ámbito de la amistad puede verse el artículo Internarse en las almas.

 

En la moral de la 1ª persona desempeña un papel el corazón como síntesis de la persona y órgano del sentido. Importa mucho distinguirlo del concepto trivial de corazón, que lo considera simplemente como símbolo de la afectividad. Véase a este respecto el artículo ¿Qué es el corazón?

 

Otra dimensión que pone de relieve la moral de la 1ª persona es la de la vocación. Toda vida humana es vocacional, discurre biográficamente, con un argumento, y posee un sentido. Para este tema pueden verse el artículo Vocación cristiana y moral.

 

Resumiendo, digamos que las acciones humanas, y la conducta que deriva de ellas, son invención de la persona, en el doble sentido de la palabra. Inventar significa descubrir y también crear. Con mi conducta voy descubriendo quién soy y el sentido de mi vida y, al mismo tiempo, hago mi vida y la protagonizo artísticamente, como una película. Descubro lo que busco mientras lo busco.

 

Esta invención de la vida la sentimos como un deber, más aún, como el deber por antonomasia, que abarca toda la existencia. Un lema clásico lo resume así: si quieres saber lo que debes hacer, debes hacer lo que quieres saber.

 

Hemos insinuado que la vida humana tiene una dimensión artística inherente o, como decía Ortega, es faena poética. Esta comparación con la creación artística ilustra el papel de la contemplación en la conducta moral, y por consiguiente también en el juicio que hacemos de ella.

 

Toda acción está informada por una inspiración. La inspiración es aquella experiencia contemplativa que informa desde dentro una conducta, de tal modo que la verdad que se entrevé se afina y se aclara en el corazón, al tiempo que se encarna en las obras. Ahora bien, la verdad comparece en el corazón en forma de belleza. Dicho de otro modo, la belleza es la voz de la verdad, que el corazón percibe de modo intuitivo y sabroso. Esta verdad se refiere siempre al universo personal: el amor erótico, la familia, Dios… Vivida contemplativamente, la conducta humana se convierte así en respuesta a lo que el amor revela y don a quienes él nos une.

 

Como veremos más adelante, esta belleza de que hablamos no es otra cosa que la vivencia subjetiva del fin último, horizonte en que se insertan los fines más o menos particulares. Estos fines solo se entienden en función del amor radical, eros en sentido clásico. Es el para-qué total, o mejor dicho, el para-quién que da sentido a toda una vida.

  

2. Los elementos del acto moral: alegoría del árbol

 

En el acto humano se distinguen tres elementos: objeto, fin y circunstancias.

 

El objeto es la conducta concreta elegida por el agente: tal acción u omisión: esta llamada, aquel servicio, aquella agresión… El fin o intención es el propósito perseguido con dicha conducta: resolver tal problema, prestar tal servicio, ejecutar tal venganza.

 

El mejor modo de comprenderlo estos es acudiendo a las parábolas vegetales del Evangelio, p. ej. Mc 7, 20-23 y Mt 15, 1-11. En ellas lo que llamamos objeto aparece como fruto, mientras que la intención es la raíz. El árbol representa la realidad total del acto, abarcando tanto su dimensión visible como invisible. El tronco representa las virtudes, porque ellas son la savia vital que hacen posible realizar actos verdaderamente humanos.  El juicio moral sobre el acto, por tanto, debería tener en cuenta no sólo la conducta externa sino la intención oculta, así como el proceso misterioso que une a ambas. El objeto-fruto, en efecto, es una realidad concreta, en el sentido más profundo de la palabra. Concreto viene de concretum, participio de cum cresco, acción de crecer orgánicamente un ser vivo. En el fruto, por tanto, late la persona entera; en él  se encarna y se compromete. Sobre la sabiduría moral de estas alegorías véase el artículo El árbol de la libertad.

 

 

3. El qué de la acción: objeto del acto

 

Lo que llamamos objeto o materia del acto corresponde a la pregunta ¿qué hago? Se trata siempre de un comportamiento concreto: servicio, robo, limosna, fornicación, etc. Como realidad humana que es, este comportamiento siempre está provisto de una moralidad intrínseca. No es posible, por tanto, describirlo en términos puramente físicos, como un simple proceso mecánico o fisiológico. Hay que tenerlo en cuenta especialmente en el ámbito de la sexualidad, donde es frecuente encubrir la índole moral del acto hablando genéricamente de “sexo”, en vez de “relaciones conyugales”, “fornicación”, “adulterio”, “onanismo”, etc. Estos términos son realistas, mientras que el de sexo es más abstracto y está recargado de naturalismo y prejuicio sociológico.

 

Hasta tal punto el objeto posee una moralidad intrínseca que a veces en virtud de ella el acto queda totalmente pervertido, sean cuales sean las intenciones. Hablamos entonces de actos intrínsecamente malos, por ejemplo el asesinato, la fornicación o el adulterio.

  

4. Doble acto de la voluntad y doble juicio

 

De lo anterior se deduce que en cada acto humano la voluntad, guiada por la inteligencia, realiza dos actos simultáneos: elegir una conducta (¿qué hago?) y tender a un fin (¿para qué lo hago?). El qué y el para-qué se unen como si fueran la materia y la forma o, si se quiere, al cuerpo y el alma. Al fin y al cabo cada acto libre de una persona es como una prolongación de sí misma. En cada cosa que hago estoy yo con mi cuerpo y mi espíritu.

 

Ahora bien, como hemos dicho antes, la materia u objeto tiene una moralidad intrínseca con independencia de las intenciones. Cabe por tanto un juicio de qué con independencia del para-qué, aunque como es lógico sin conocer el para-qué este juicio nunca será perfecto. Es, sin embargo, suficiente para el ámbito del Derecho y la moral pública, donde es posible, y a veces necesario, juzgar los actos haciendo abstracción de las intenciones que los han motivado. Para tal robo el Código penal establece tal pena, cualquiera que haya sido la intención del ladrón.

 

Por consiguiente un acto moral es susceptible de dos juicios. El primero es sobre el objeto en sí mismo, como acabamos de decir. Y el segundo, más completo, engloba al anterior y versa sobre la totalidad del acto, incluyendo las intenciones. Ni que decir tiene que este juicio sólo puede realizarlo perfectamente Dios, el único que conoce los corazones (cfr 1 Sam 16, 7; Jn 2, 25). Pero el hombre puede, y muchas veces debe, aproximarse a este juicio, que tiene lugar en el ámbito de la amistad, el acompañamiento espiritual o la confesión. A diferencia del juicio del objeto, en este juicio del acto-total (que equivaldría, en la alegoría mencionada, a la totalidad del árbol) tiene gran relevancia el afecto, la comunión propia del amor amicitiae en todas sus formas. Para más detalle en este punto, véase Internarse en las almas.

 

La diferencia entre los dos juicios es que el objeto puede ser bueno, malo o indiferente, pero el acto total, es decir, el comportamiento en cuanto informado por la intención, nunca es indiferente: siempre supone un acercamiento o un alejamiento respecto al fin último, la vocación. El hombre nunca permanece inmóvil en su camino: o avanza o retrocede.

 

Lo dicho podemos resumirlo del siguiente modo:

 

 

OBJETO

INTENCIÓN

En la alegoría del árbol es el

fruto

En la alegoría del árbol es la

raíz

Visible, tipificable, juzgable desde fuera

Invisible, pertenece al fuero interno, se adivina, aunque imperfectamente, por los frutos

Respecto a él la voluntad es

eligens (elije)

Respecto a ella la voluntad es

intendens (tiende a)

Responde a la pregunta:

¿qué hago?

Responde a la pregunta:

¿para qué lo hago?

Posee una moralidad intrínseca, que puede juzgarse con independencia de la intención. Así sucede en la moral social y en la vida pública.

Influye en la moralidad del objeto haciéndolo bueno o malo, aunque los actos intrínsecamente malos la intención no puede volverlos buenos.

 

En cuanto al doble juicio del acto moral, podemos ilustrarlo con el siguiente cuadro:

 

 

Si el objeto es…

y la intención es…

entonces el acto total es…

bueno

buena

bueno

malo

mala

malo

malo

buena

malo

bueno

mala

malo

indiferente

buena

bueno

indiferente

mala

malo

 

  

5. El para-qué del acto: la intención

 

Como hemos dicho, la intención o motivo se sobrepone al objeto especificándolo y matizándolo: tal robo concreto es malo, pero no es lo mismo si se ha cometido con tal intención o con tal otra.

 

Lo primero que salta a la vista en el estudio de la intención es su complejidad, debido principalmente a dos factores: el enfoque nominalista de la moral presente en los manuales anteriores al Vaticano II, y la necesidad de comprender los actos singulares en el horizonte de la vocación.

 

La tradición nominalista tiende a restar importancia a la intención, cuando en realidad es lo más importante de la moral, como dice el Evangelio: “Pues del corazón proceden los malos pensamientos, homicidios, adulterios, actos impuros, robos, falsos testimonios y blasfemias” (Mt 15, 19). El nominalismo, como se sabe, establece una contraposición entre libertad y ley, incluyendo en ésta la naturaleza humana con sus tendencias. Se pierde de vista de este modo el carácter argumental de la vida, su continuidad biográfica, y se reduce a una sucesión de decisiones independientes, a “casos”, que ya no se consideran como fruto de un proceso de maduración y crecimiento. En otras palabras, el nominalismo corta el tronco que une las intención-raíz con el acto-fruto, para analizar éste desgajado de su origen profundo. A la consolidación de este planteamiento contribuyó el modo de enseñar la moral para los confesores, centrado en los casos de conciencia.

 

Unido a este factor histórico, está el segundo factor de complejidad, de orden psicológico y espiritual. Consiste, como hemos dicho, en que la vida humana es un todo vocacional, donde cada acción posee sentido entrelazada con las demás. Esto significa que la intención próxima o primera del acto (p. ej. “estudio este examen para aprobarlo”) está conectada con otras más lejanas y profundas (formarme, servir a los demás, cumplir mi vocación, etc). Las intenciones, pues, se concatenan, se acumulan, se interrelacionan, y ello tanto a nivel consciente como inconsciente. No es fácil, por ello, ni siquiera para nosotros mismos, saber por qué hacemos las cosas, qué es lo que realmente buscamos con lo que hacemos. La práctica de “rectificar la intención” tiene este sentido.

 

Más allá de todas estas intenciones intermedias, sin embargo, podemos distinguir dos que no lo son: la intención próxima o primera y la intención-vocación o última. La intención-vocación es el horizonte donde se sitúan las acciones singulares, y que estas a su vez van modelando y esclareciendo. El objeto de mi vocación, en efecto, no puedo conocerlo ni elegirlo de golpe sino poco a poco, mediante los hábitos virtuosos. Sólo mediante las virtudes, en efecto, puedo tender a este doble objetivo: saber lo que quiero y querer lo que sé. Esta síntesis entre poder, querer y saber es obra de la virtud de la prudencia, que me permite enlazar las dos intenciones extremas que he mencionado: la intención próxima y la última. para ilustrarlo, reproduzco a continuación un dibujo del artículo ¿Qué es la conciencia moral?, con sus comentarios.

 

La conciencia como juicio práctico podemos describirla gráficamente del siguiente modo, que  sirve también para ilustrar la virtud de la prudencia. Es como una cabeza con dos caras, cada una de las cuales mira a un objeto distinto:

 

 

El juicio de la conciencia tiene lugar cuando la persona se abre simultáneamente a la verdad tanto de la circunstancia que reclama una respuesta como a sí mismo. Se trata de una respuesta única y encarnada a los dos requerimientos: me aclaro —un poco más— sobre quién soy al tiempo que elijo acertadamente sobre lo que hago, y viceversa: actúo porque me conozco y me conozco porque actúo. Como excursionista con su mapa, voy confrontando a cada paso el plano de mi vocación con el terreno que piso. Al hacerlo no sólo me adapto a la realidad de las cosas, sino que me modelo como persona, me hago a mí mismo, me soy fiel. Por eso decimos que los actos humanos son autorreferenciales: “siempre que decides lo que quieres hacer decides quién quieres ser”; “decidir es decidirse”; “somos hijos de nuestras propias obras”, etc.   

 

Por depender del conocimiento, que es siempre progresivo e imperfecto, la conciencia-juicio mejora con su ejercicio, es susceptible de formación y entrenamiento, se convierte en hábito. Este hábito moral de traducir la verdad interior a la situación práctica es lo que los clásicos llaman prudencia o sabiduría.

 

Como salta a la vista, esta radical coherencia entraña un riesgo que es inherente a la existencia humana. Este riesgo de perversión moral es doble: cerrarse a las exigencias del propio ser, o bien volver la cara a la realidad, cambiándola por otra más placentera: es más fácil engañarse que superarse. Y cuando estas mentiras se consolidan en la conducta, la conciencia se deforma y acaba viendo espejismos: Cuando uno no quiere lo que oye acaba oyendo lo que quiere.

 

 

6. Intenciones y justificaciones

 

Con frecuencia se invocan las “buenas intenciones” para justificar un acción objetivamente mala. Hay que notar que estas “intenciones” no sólo no vuelven bueno un acto intrínsecamente malo, como decíamos más arriba, sino que no son la verdadera intención que informa el acto. ¿Por qué? Porque, como hemos dicho, no es fácil discernir cuál es esta intención, y en cualquier caso ésta no puede considerarse al margen de la intención vocacional y de las virtudes. Cuando no se hace así, muchas veces estas “intenciones” no son más que justificaciones.

 

La intención verdadera nunca está completamente patente a la propia consciencia (y menos aún para quien juzga desde fuera); es, por decir así, subterránea e intuitiva. Su percepción depende del temple moral del individuo y de su formación. Está inserta, como decíamos, en el horizonte de la vocación. Es una respuesta provisional y parcial a la pregunta: ¿quién pretendo ser?; ¿qué sentido tiene mi vida?, etc.

 

En cambio la “justificación” es una creación del individuo, fruto de su razonamiento. No procede de una verdadera introspección psicológica y espiritual, sino de prejuicios ideológicos y sociológicos, o también de un individualismo pragmático.

  

7. Las circunstancias

 

Las circunstancias son aquellas condiciones accidentales que modifican la  moralidad substancial que sin ellas tenía ya el acto humano; se  trata de elementos a los que tiende la acción por sí pero no en primer  lugar. Las circunstancias tradicionalmente se enumeran como 7: quién, qué,  dónde, con qué medios, por qué (es el fin), cómo, cuándo; pero dado como las hemos definido no se debe incluir en ellas el fin.

 

Hasta tal punto influyen en el acto que a veces mudan su especie moral. En esa medida son difícil de individuar, pues lo que parecen circunstancias puede pertenecer a la integridad del objeto. Por ejemplo, la circunstancia del estado matrimonial del sujeto se integra en el objeto del acto, determinando si el uso del sexo es un acto matrimonial, adulterio o fornicación.

 

Importa, no obstante, distinguir circunstancia propiamente moral del circunstancia sociológica, influjo psicológico, ambiente, contexto histórico, etc. Tanto más cuanto que en la cultura contemporánea se da una importancia desmesurada a la Sociología.

 

Una alegoría gráfica nos ayudará a entenderlo. La circunstancia (que preferimos nombrar en singular, como Ortega) es aquella con la que hacemos, aquí y ahora, la vida; son los ingredientes que intervienen en tal o cual acto. en cambio las circunstancias (así, en plural) serían la despensa. La despensa, efectivamente, me condiciona, pues no puedo cocinar un alimento que no tengo. Ahora bien, de lo que sí tengo, puedo tomarlo en mayor o menor medida, y combinarlo de tal o cual modo. La circunstancia moral es el conjunto de esos ingredientes en cuanto presentes en el plato ya cocinado, no en la despensa. Del análisis de la despensa (el estudio sociológico y psicológico) no se deduce el plato concreto que he preparado (realidad propiamente moral). En una palabra, con mi libertad hago jugar lo que hay en función de lo que quiero, y entonces surge una realidad inédita, original, que nunca es un producto científicamente previsible.

 

Otro ejemplo. Con los múltiples elementos de una película (guion, escenarios, actores, cámaras, música) puede obtenerse una película u otra, según como se dirija. Dentro de la película ya realizada, esos elementos adquieren una expresividad, una consistencia moral, que antes no tenían. Por así decir, “cobran voz”, mientras que antes estaban mudos. En Casablanca el cigarro de Humphrey Bogart transamite un mensaje moral que no tiene en otro hombre y en otra situación.

 

La circunstancia, pues, es todo aquello que toca efectivamente, hic et nunc, al agente hablándole a su corazón. En este sentido la circunstancia puede ser el medio por el que se manifiesta  voz de la Providencia.

 

Se entiende de este modo que haya circunstancias minúsculas desde el punto de vista sociológico, psicológico, pedagógico, etc, que sin embargo influyen decisivamente en el plano moral. Caso paradigmático es el enamoramiento o la vocación divina.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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BIBLIOGRAFÍA:

Básica:

● Ramón GARCÍA DE HARO, La vida cristiana, Rialp,

sobre los actos: pp. 342 – 405;

sobre la virtud: pp. 581 – 602;

sobre el pecado: pp. 690 – 742

● Catecismo de la Iglesia Católica,

sobre los actos: nn. 1749 – 1761;

sobre la virtud: nn. 1803 – 1811;

sobre el pecado: nn. 1846 - 1876

●  Veritatis splendor nn. 65 – 83

 

Recomendada:

●  José NORIEGA, Amor y acción, en Livio MELINA, José NORIEGA y Juan José PÉREZ SOBA,  Una luz para el obrar. Experiencia moral. Caridad y acción cristiana, pp. 323 – 335.

●  Enrique COLOM y Ángel RODRÍGUEZ NUÑO, Elegidos en Cristo para ser santos, pp. 236 – 471.

●  Josef PIEPER, Las virtudes y la imagen cristiana del hombre (es la introducción al libro del mismo autor “Las virtudes fundamentales”.

 

 

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