Estudios

17 diciembre 2006

 

 

La vocación en la Sagrada Escritura

 

  

 

El Pueblo elegido

 

Todas las vocaciones individuales que narra la Biblia tienen lugar en el marco de la elección del pueblo judío y la misión que este debe desempeñar en el seno de la humanidad.

 

De hecho Dios habla a su Pueblo como si se tratara de un único hombre, lo que hace posible que las vocaciones singulares se vean reflejadas en esta vocación comunitaria.

 

Esta vocación-elección colectiva presenta algunas características:

 

●   Es un acto de misericordia y amor, que no es proporcionado a los méritos y cualidades de Israel.

 

●   Por dirigirse a un único pueblo refleja la unicidad de Dios, expresa por tanto la fe monoteísta.

 

●   Se concreta y expresa en la Alianza: Noé, Abraham, Moisés.

 

●  Es un eco de la creación del mundo: si Yahvé puede llamar es porque el Creador. Esto lo subraya especialmente Isaías.

 

●   Supone una invitación de vida más plena junto a Dios y en Dios.

 

 

Llamadas ejemplares

 

Como hemos dicho, en el marco de esta elección comunitaria se inscriben las elecciones singulares. Entre estas hay algunas que presentan un carácter paradigmático, forman el prototipo de las que vendrán después, las cuales contienen en distinta medida elementos de estas cuatro. Las enunciamos poniendo entre paréntesis su rasgo distintivo:

 

●   Adán (la Creación).— En Adán, en efecto, queda claro el carácter específicamente dialógico de la creación del hombre, que lo distingue de los animales y plantas. Dios crea al hombre llamándolo personalmente. En esta creación-vocación se inscribe toda relación con Dios, empezando por la oración. La vida misma del hombre es fundamentalmente una respuesta a Dios. En esta perspectiva toda vocación singular aparece como un refrendo de la creación de esa persona y como una llamada a ser aquello para lo que ha sido llamado: sé aquello para lo que has nacido, dice Tolkien, o expresado con un aforismo clásico: sursum vocant illos initia sua.

 

●   Abraham (la Promesa).— Aquí la vocación se manifiesta como voz, es decir, como intervención concreta en el espacio y el tiempo. Su carácter inesperado, imprevisible, sorprendente, es reflejo de la absoluta trascendencia e iniciativa de Dios, y eco de la creación ex nihilo. En Abraham aparece también la obediencia como la actitud adecuada por parte del hombre. Responder a Dios es ante todo escucharlo a fondo (ob-audire). Su resultado es una transformación de la persona expresada por el cambio de nombre: Abram-Abraham.

 

●   Moisés (la Alianza).— En la teofanía de la zarza, y sobre todo en la revelación del Nombre se pone de manifiesto que siempre que Dios llama al hombre, se revela de algún modo, a Sí mismo. Llama para revelarse y llama revelándose. En Moisés destaca la misión que lleva implícita la vocación: guiar al Pueblo. Aunque es una vocación singular tiene una proyección comunitaria, en otras palabras, está al servicio de la Alianza. En este sentido hay dos textos clave que hay que poner en relación, y que transcribo:

 

Éx 19, 5 s: Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. y 1 Pe 2, 9: Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz.

 

●   David (la unción).— La elección de David tuvo lugar, como es sabido, mediante la unción por parte de Samuel. Teniendo en cuenta que ser Rey de Israel era propio y exclusivo de Yahveh, este gesto indica que el hombre es revestido de una majestad que proviene de Dios: Dios elige divinizando al que elige, volcando sobre él su intimidad. Por otro lado en David la vocación se plantea como introspección de Dios en el corazón del hombre, como ahondamiento en su intimidad: Homines vident ea quae parent, Dominus autem intuetur cor. Paralelamente la conciencia de vocación es en David más viva que en los anteriores personajes, hasta el punto de vivirla como fiesta y gozo; recordemos a este propósito el episodio de la danza en el traslado del Arca (2 Samuel 6, 21).

 

 

La vocación de los profetas

 

La palabra vocación casi nunca se aplica en la Biblia a jueces, reyes y sacerdotes sino a profetas. La etimología de esta palabra castellana (de pro-fateor) da una idea aproximada de lo que era un profeta del Antiguo Testamento: portavoz, el que habla en-nombre-de, y también altavoz, el instrumento que hace resonar públicamente una voz ajena, hasta el punto de hacerse él mismo pronunciación viva de ella.

 

A diferencia de los anteriores personajes, la vocación de los profetas se narra en primera persona, con un fuerte carácter autobiográfico. Se diría que la misma vida del profeta, con todo su dramatismo, es asumida por la Palabra que debe anunciar.

 

Clave de la vocación profética es, por tanto, la Palabra de Dios, lo que implica una especial configuración con Cristo, el Verbo encarnado. Para ellos la Palabra nunca es una mera información que deben transmitir, sino una fuerza misteriosa que los envuelve y arrastra. No pierden por ello, sin embargo, su libertad frente a ella, ni quedan convertidos en marionetas de Dios. Al contrario, en algunos episodios aparecen como forcejeando con la misión encomendada, por rebasar totalmente sus fuerzas:

 

Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana:  todos me remedaban. Pues cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!».  La palabra de Yahveh ha sido para mí  oprobio y befa cotidiana. Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía. (Jer 20, 7-9)

 

 

Los Evangelios

 

En el Nuevo Testamento la llamada de Dios cobra rostro y se hace visible, tiene un Nombre y una historia humana: Cristo mismo es Dios que llama.

En Cristo las diversas formas de vocación del Antiguo Testamento convergen y alcanzan plenitud. Todo lo dicho sobre patriarcas y profetas se recapitula en su “sígueme” a los apóstoles, pero también superado con algunos rasgos inéditos:

 

●   En el Evangelio la vocación se configura como un encuentro humano, en el cual los ingredientes propios de toda relación interpersonal adquieren significado divino: los diversos escenarios y circunstancias, el trabajo, la comida, el descanso, etc.

 

●   De lo anterior se deduce que la llamada de Cristo es vivida por el hombre como una experiencia de amistad: admiración, entusiasmo, ternura, etc. Reconocerse llamado equivale aquí a reconocerse querido personalmente.

 

●   No es sólo una llamada a algo sino a Alguien. Es más, la misión a que llama, anunciar el Reino, es indisociable de la unión con su Persona: Et fecit Duódecim, ut essent cum illo, et ut mítteret eos praedicare (Mt 3, 14). Eso significa que el diálogo que Dios entabla con el hombre no sólo es medio sino fin mismo de la llamada. En Cristo, Dios nos llama a su amistad, a su intimidad. Podemos distinguir, por consiguiente, un doble impulso en esta llamada, como el movimiento de sístole y diástole del corazón: enviar a los apóstoles a todo el mundo significa, al mismo tiempo, unirlos estrechamente a su Persona.

 

●   La misión recibida por los apóstoles participa de este dinamismo: nace de la amistad de Cristo y tiende a ella. No consiste tanto en decir algo, como ocurría con los profetas, sino llevar a Alguien. Recordemos la frase de Felipe: ven y verás.

 

●   El apóstol es constituido como un alter-ego de Cristo, y en esa medida queda envuelto de modo especial en el misterio trinitario: Como el Padre me envió así os envío yo (Jn 20, 20). La misión del apóstol está en continuidad con lo que la Teología llama misiones divinas: la del Hijo y el Espíritu.

 

●   Esta vocación-misión introduce al apóstol en el tiempo nuevo inaugurado por Cristo, en el ya-pero-aún-no de la Iglesia. El apóstol por tanto, no sólo anuncia el eón futuro, sino que lo anticipa en su vida: Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo (Lc 10, 20).

 

●   Precisamente por lo anterior, la vocación en el Nuevo Testamento posee una dimensión festiva que no tiene el Antiguo (a pesar de lo dicho más arriba sobre David). Seguir a Cristo es entrar en la fiesta de bodas del Hijo (Mt 22, 1) y ser por tanto Amigo del esposo (Mt 9, 15). Recordemos a este propósito las bodas de Caná, milagro que marca el comienzo de los primeros discípulos, y también el episodio de la vocación de Mateo, seguido inmediatamente por una fiesta.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

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