Estudios

08 marzo 2007

 

 

Vocación cristiana y moral

 

 

 

El Cristianismo no es una ideología ni un conjunto de dogmas ni una moral; el Cristianismo es Cristo. Más allá de lo que Él enseña, hace, o instituye, el Cristianismo es nuestra adhesión a su Persona mediante las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, virtudes unitivas ya que consisten no tanto en mejorar en algo como en unirse a Alguien.

 

Esta unión, como decimos, no se reduce a una moral, no es simple resultado de un determinado comportamiento más o menos excelente, sino que requiere acoger un don divino que rebasa las fuerzas humanas. Por eso la vida cristiana, aparte de moral, posee una dimensión festiva, de alabanza y celebración comunitaria, cuya expresión principal es la Liturgia.

 

Ahora bien, está claro que la dimensión moral es absolutamente esencial en la vida cristiana: hay un obrar cristiano, una conducta genuinamente cristiana, con unos rasgos específicos que la distinguen de otros planteamientos de la ética. ¿Qué es lo específico de la moral cristiana? Lo hemos dicho ya: obrar no en función de algo sino de Alguien; es una ética centrada en la comunión interpersonal con todos los hombres en Cristo, fruto de “la caridad de Dios que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom  5, 5).

 

Para estudiar la ética cristiana, por consiguiente, el primer asunto que hay que abordar es el de esta vocación a y de Cristo. Ofrecemos a continuación un esbozo del tema continuando nuestra anterior reflexión sobre felicidad y vocación.

 

Vocación y moral

 

La predicación de Cristo no es: “sed buenos”, ni “sed buenísimos” sino “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Ahora bien, esta “perfección” equivale a “santidad” y santidad en el lenguaje de la Escritura es mucho más que una moralidad irreprochable. La palabra hebrea (qadosh) que expresa la idea de santidad proviene de una raíz que significa cortar, separar, por eso está bien traducida por el latín sanctus, de sancio, sancire, que expresa una elección peculiar, un destino y consagración que viene de lo Alto, a lo cual el hombre debe responder con su integridad de vida. Por tanto lo primario en la vida cristiana es la llamada de Dios —esperada, propiciada, percibida, celebrada, agradecida— y después viene la respuesta del hombre, que es la Moral. La conducta moral es, pues, una respuesta, no un simple programa de autorrealización y superación. Cuando no se entiende esto puede caerse en una hipertrofia de la moral o moralismo, que en la Historia ha presentado diversas formas: pelagianismo, estoicismo, puritanismo, etc. En este sentido es especialmente notable, por su influencia en la cultura contemporánea, la moral victoriana, o sea calvinista. En ella se refleja la tesis protestante según la cual el hombre es incapaz por sí mismo de verdadera contemplación, es decir, de un conocimiento sabroso de Dios, una intuición por vía afectiva del Fin, y por consiguiente se desconfía del corazón para captar los valores y responderlos mediante la conducta.

 

La consideración moral del fin último

 

Sin embargo el corazón humano no está tan corrompido y sin duda puede captar, siquiera oscuramente, el Fin a que está llamado, más aún, puede anticiparlo gustosamente. Además la gracia de Dios intensifica esta experiencia y la lleva a su plenitud en esta tierra. No por ello hemos de negar esta experiencia a los que lo buscan, como dice Pablo, a tientas (Hech 17, 27) y como en un espejo (1 Cor 13, 12); pensemos por ejemplo en el magnífico análisis de la contemplación que hace Platón en el Fedro.

 

No obstante es ciertamente difícil captar en toda su complejidad la relación entre vocación —o sea orientación existencial al fin último— y conducta moral. Para ello es imprescindible adoptar la perspectiva de la primera persona, es decir acercarnos lo más posible al hombre concreto que se interroga sobre el sentido de su vida. Este hombre experimenta subjetivamente la moral de tres modos distintos, que son los que hemos descrito en el artículo felicidad y vocación.  Para ilustrarlo proponemos el siguiente esquema:

 

 

Modo de entender la felicidad

Eje de la conducta

Motivación de la conducta

Actitud vital

BUENA VIDA

normas

 

apetencia de goce

evasión

VIDA BUENA

virtudes

afán de superación

ascesis

VIDA LOGRADA

valores

 

sentido del deber

contemplación

 

 

Por normas entendemos aquí toda regla moral, sea cual sea la autoridad que la dicte: Iglesia, Estado, familia, tradición, etc., incluso la propia conciencia. Paradójicamente la buena vida se plantea en función de estas reglas en la medida que se viven como impedimento, o por lo menos como límite, del cual hay que desembarazarse. Se trata de un enfoque no vocacional, en el que no está presente de modo directo el fin último.

 

Las virtudes, en cuanto dinamismo de autoposesión y autosuperación, comportan ya una cierta intuición del fin último. El verdaderamente virtuoso —no el simplemente decente y formal—, siente una llamada que le hace perseverar en su lucha, superarse incesantemente. Las virtudes en sentido clásico, en efecto, son esencialmente una disposición de la persona a su fin, el cual se barrunta y se interioriza anticipadamente al tiempo que se tiende a él. Sin embargo no se trata todavía de una vida plenamente vocacional, pues ésta sólo acontece cuando el fin no sólo se persigue sino que, en cierta medida, se contempla, es decir se celebra gozosamente, se posee quieta y serenamente. De hecho una moral sólo de virtudes, como la de Aristóteles, corre peligro de caer en el eudemonismo que no es sino un cierto moralismo. Como hemos dicho antes, el moralismo identifica vida con conducta y cifra la felicidad en un determinado comportamiento, olvidando su carácter de gracia, de don trascendente.

 

Nada de ello sucede en la felicidad como vida lograda, en la cual el fin se experimenta como objeto de contemplación. ¿Pero qué es lo que se contempla exactamente? Aquí es donde entran en juego los valores. Los valores son destellos de la plenitud a que el hombre se siente llamado percibidos por el corazón en forma de belleza, como una voz trascendente que resuena en lo íntimo de la conciencia suscitando el sentido del deber: debo ser yo mismo, el que creo y me propongo y decido ser, el que me siento llamado, ése que me descubro en los demás, ése que me revela mi amor al prójimo, etc. Decir que los percibe el corazón significa que los valores interpelan al hombre en su totalidad de cuerpo y espíritu y en su unicidad, es decir, en su condición de persona singular y concreta. Por todo ello los valores actúan como raíces de las virtudes, como sus fines internos, y de hecho reciben sus mismos nombres: prudencia, justicia, fortaleza, templanza, generosidad, laboriosidad, etc. Si comparamos las virtudes con la musculatura, los valores representan la visión del alma, tal como sugiere el dicho evangélico: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas” (Mt 6, 22-23).

 

En los valores, por tanto, intuimos contemplativamente el fin último; ahora bien, para los cristianos este fin tiene un nombre muy preciso: Cristo. Es a Cristo, en efecto, a quien tendemos por las virtudes y cuya unión anticipamos, asimilamos y celebramos en la contemplación. Aquí radica el carácter específico de la ética cristiana, que es una ética intrínsecamente vocacional y no simplemente de virtudes.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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