Colaboraciones

17 diciembre 2006

 

 

 

El amor en los tiempos del cólera

 

 

 

La estupidez tiene sus barómetros. Cada día hay una persona en el mundo que ocupa el puesto más elevado en el ranking de estúpidos, aunque las cotas que se alcanzan no son siempre las mismas. Hace muy poco, una actriz española ocupó ese privilegiado lugar, con una puntuación que casi rozó el máximo permitido. Dijo, literalmente, que “la mujer que piense que su marido le es siempre fiel es tonta”. Me imagino que esas cosas sólo las piensan quienes portan las cornamentas, o bien aquellos que han sido infieles a su pareja y concitan al sabio y acertado refranero castellano cuando reza: “piensa el cabrón que todos son de su condición”.

 

Hace años, cuando oía frases semejantes, imaginaba que había grandes grupos de poder o de presión detrás de las declaraciones de los famosos, con el fin de desestabilizar los sistemas sociales vigentes desde el punto de la tradición, es decir, con el fin de confundir y escandalizar a la gente corriente, a la gente que siempre ha pensado lo mismo sobre las mismas cosas, las cotidianas, las de la vida de todas las personas. Después, cuando dejé de tener una mente política (o sea, calenturienta), convine en que esos exabruptos eran parte del “hacerse notar” de los que quieren salir en los periódicos, como quien se pone tetas con silicona.

Con el tiempo, uno va cumpliendo años y se da cuenta de que todo es mucho más sencillo: el barómetro de la estupidez está muy solicitado, y cada vez es más difícil acceder al podio.

 

No habría escrito estas reflexiones si no hubiera recordado lo que le ocurrió a mis padres hace unos meses. Un día cercano a la Navidad pasada, mi madre se encontraba mal hacia las 10 de la noche, y mi hermano la llevó al hospital, donde la ingresaron después de hacerle unos análisis y detectar un posible comienzo de infarto. Mi padre permaneció solo en la casa y se acostó muy pronto. Pero no podía dormir. Cerca de las dos de la madrugada se levantó y decidió ir al hospital a acompañar a mi madre. Pero eso entrañaba algunos riesgos, porque mi padre tiene 84 años, es ciego, sordo en un 90% y desde hace unos años lleva una bolsa para orinar, ya que fue operado de un cáncer de vejiga. Pero el amor es más fuerte. Se vistió como pudo, bajo a tientas a la calle y comenzó a parar a todos los coches que sentía de cerca, esperando que alguno fuera un taxi, hasta que unos policías lo encontraron. Ellos mismos le ayudaron a buscar el taxi y, por fin, a las 3 de la madrugada, ese viejito arrugado que antaño fue un hombre duro y fuerte, y hoy es sólo un capricho de la contingencia, penetraba por la puerta del hospital con el único dato del nombre de su mujer. Ya en la habitación, un beso y toda una declaración: “no podía dormir si no estaba contigo”.

 

Me relataba mi madre que, diez minutos después de sentarse en el sillón de la 306, su marido roncaba como es habitual. Ronquidos que tienen ya una historia: casi cuarenta y cinco años. Estoy absolutamente seguro de muchas cosas: la primera, que mi padre nunca le ha sido infiel a mi madre en este casi medio siglo de vida en común, cuando el barómetro de la estupidez apenas se movía. Segunda, que el amor es posible también en los tiempos del cólera, y no sólo cuando el adolescente pierde la cabeza por un cuerpo bonito y por una persona a la que no le ha descubierto todavía los defectos. Tercero, que he corroborado este panorama no sólo en mis padres, sino en multitud de parejas que conozco, que guardan su fidelidad como el tesoro que es. Cuarto, que sólo entenderán estas palabras aquellos que han luchado, a pesar de las dificultades ordinarias y extraordianarias, por mantener una estabilidad de pareja. Quinto –y esto bastante triste-, que aquellos que no han querido o podido ser fieles, esbozarán una sonrisa escéptica, porque les huele a moralina, y porque no hay nada más hispánico que reubicar los desajustes siempre por el lado negativo. Me explico: cuando tú no tienes algo que tienen otros, no deseas llegar a tener eso, sino que los que lo poseen lo pierdan. En el fondo, todos anhelamos una estabilidad emocional y sentimental, por mucho que tratemos con frivolidad, desde nuestro desorden, el orden que no hemos conseguido.

 

Ángel Esteban

 

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