Charlas y meditaciones

26 marzo 2008

 

 

Internarse en las almas

 

 

  La conversación entre amigos entraña muchas veces un auténtico acompañamiento espiritual, que requiere fe, lealtad y paciencia.

Pablo Prieto.

 

  

¡He conocido a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho! (Jn 4, 28). Maravillada, eufórica, radiante, la Samaritana anuncia de este modo su encuentro con Cristo. Y lo hace con cara de milagro, cara de haber presenciado un milagro o de serlo ella misma. ¿Qué prodigio es este, ya que no encontramos aquí ni paralíticos, ni ciegos, ni endemoniados? ¿Qué ha visto la Samaritana para sentir tanto gozo? A sí misma; el milagro que ha vivido es el de conocerse. Y no es menor éste que los demás del Evangelio; esta visión hacia dentro de la Samaritana no es menos prodigiosa que la visión hacia fuera, que le fue otorgada al ciego de nacimiento (cfr Jn 9).  Verse a sí mismo es ciertamente un auténtico don que hemos de agradecer al Cielo, pues sólo se explica por la presencia del Espejo divino, de Aquel a cuya imagen hemos sido creados.

 

Por eso necesitamos acudir como la Samaritana a este pozo del diálogo en cuyo brocal se sienta Jesús. El diálogo con los hombres, en efecto, encuentra su paradigma y su escuela en el diálogo con Cristo, es decir, en la oración, donde encontramos la pauta sobre la que modelar todas nuestras conversaciones, desde las más sencillas y prosaicas hasta las profundas y trascendentes.

 

Cuando esto ocurre, es Cristo mismo quien obra a través de sus instrumentos, incluso cuando son defectuosos y limitados: el sacerdote, el amigo, el compañero, el padre, el profesor. Apenas abrimos el corazón notamos que es Jesús quien nos habla por ellos, e incluso a pesar de ellos.

 

Siempre que hay lealtad, veracidad y confianza ocurre así. Hay un caso, sin embargo, en que esta intervención de Cristo se torna especialmente intensa y eficaz. Me refiero a lo que la tradición cristiana ha llamado, en un sentido muy amplio, dirección o acompañamiento espiritual. Se trata de aquella forma de amor cristiano mediante la cual alguien procura el progreso espiritual de su amigo conversando con él periódicamente: escuchándole a fondo, enfrentándolo consigo mismo, revelándole sus cualidades, desenmascarando sus defectos y, sobre todo, poniéndolo ante el horizonte de su vocación.

 

Jesús inter-viene en esta conversación, actúa de mediador y espejo, de diversos modos. En primer lugar como inspiración remota, pues Él, que es la Verdad, está latente en todo lo que se dice, en la misma medida en que es verdadero.

 

Pero sobre todo está presente como fundamento, garantía y fin de todos los amores. Por el misterio de su Encarnación, en efecto, ha sido constituido como la única Llave que permite a un hombre la entrada en otro hombre, el acceso a su intimidad. Nunca Felipe se entendió mejor con su amigo Natanael que cuando lo espabiló de la modorra y lo llevó a Cristo diciéndole: ven y verás (Jn 1, 46). En otras palabras, nuestra común conexión con Cristo, hombre clave y clave del hombre, hace posible una misteriosa transparencia recíproca, en virtud de la cual las personas pueden verse la una a través de la otra, y no sólo verse sino también recibirse.

 

Es obvio que esta orientación al diálogo pertenece a la naturaleza humana y puede ser descrita en términos psicológicos. Pero ello no basta para entender su sentido último, que es la vocación al amor inscrita en el corazón del hombre. Además, como todos los demás aspectos de nuestra naturaleza, éste necesita de la Redención para llegar a ser lo que es. El pecado, en efecto, ha oscurecido nuestra visión espontánea del prójimo infestándola de sospechas y prejuicios, y por eso necesitamos acudir a la gracia, colirio divino que devuelve a nuestros ojos su transparencia y claridad.

 

En cualquier caso, queda claro que la dirección espiritual no puede darse plenamente ni desplegar todas sus virtualidades fuera del trato amistoso. Sólo en la amistad, en efecto, se da esta reciprocidad de que hablamos, en virtud de la cual el consejero se hace uno con el aconsejado, entra en la casa de su alma, siente lo que él, ve por sus ojos. Debemos procurar esta cierta inhabitación mutua, o al menos pedirla a Dios, si queremos de verdad ayudar al prójimo, y más aún si pretendemos provocar en él la conversión o descubrirle su vocación divina. Josef Pieper lo ha expresado sabiamente en su libro sobre la prudencia:

 

Todo intento de captar desde fuera lo que tiene de concreto la decisión moral de un hombre será por fuerza vano. Hay, con todo, una cierta posibilidad, la única, de que no suceda así: el caso del amor de amistad. Sólo el amigo, y si es prudente, puede coasumir la decisión del amigo desde el mismo yo (y, por tanto, no del todo “desde fuera”) de este último, al que el afecto viene a hacer como propio; pues merced a la acción unificadora del amor, está facultado para contemplar la situación concreta de la decisión desde, vale decir, el centro inmediato de su responsabilidad. De ahí que sólo al amigo sea posible también —sólo a él y siempre que sea prudente— “preformar” la decisión del amigo, mostrando por modo de consejo el camino recto, o “reconstruirla” para, a la manera de un juez, dictaminar acerca de su bondad. (Josef PIEPER, Las virtudes fundamentales, ed. Rialp, Madrid 1998 (6ª ed), pp. 67-68

 

 

Comed lo que os pongan

 

Todo esto nos coloca frente a un dilema: ¿Cómo es posible conciliar amistad y dirección? ¿Cómo compaginar la reciprocidad con la autoridad moral? O por decirlo en términos evangélicos, ¿cómo sentirse oveja y pastor al mismo tiempo?

 

La respuesta la encontramos en el pasaje donde Jesús envía por primera vez a sus discípulos (Mt 10, 1-23 y Lc 10, 1-12). Después de investirlos de poder para curar toda enfermedades y dolencia el Señor los exhorta a entrar en las casas e incluso hacerse invitar por sus inquilinos: Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, pues el que trabaja es merecedor de su salario. Y en aquella ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan (Lc 10, 7-8). Al señalarles como meta última de la predicación la casa, el hogar, el Señor está aludiendo a la intimidad de cada persona, que es su lugar por antonomasia, el ámbito donde la persona es más ella misma. De este modo les propone como objetivo no tanto la expansión geográfica como la hondura humana: habéis de anunciar mi Evangelio no sólo a muchos y en muchas partes, sino a cada uno y en profundidad; habéis de entrar en la morada última de cada persona, es decir, su conciencia.

 

Aquí es donde entra en juego la ley de la reciprocidad que, según hemos dicho, pertenece a la esencia de todo diálogo. Con el mandato comed lo que os pongan el Señor les exhorta a compartir los gustos, el trabajo y las circunstancias de sus anfitriones, en definitiva la dieta cultural de cada individuo y cada comunidad. Quien tiene el encargo de dar debe, paradójicamente, aprender a recibir. Gustando tu comida te entrego mi mensaje; te doy lo mío cuando comparto lo tuyo; mi dar sólo se cumple en la forma, humilde y sencilla, de un aceptar.

 

La mesa, sobre todo la del comedor, es el mueble que simboliza esta reciprocidad del diálogo, estableciendo un mismo nivel entre los comensales. Pues bien, es precisamente ahí donde la autoridad moral del apóstol resplandece de modo más misterioso y delicado, donde su envío misionero, por así decir, toca fondo, y donde se ejerce con mayor eficacia.

 

 

Buscarla, encontrarla, cargarla, traerla

 

¿Y cómo acceder a la intimidad de la persona? ¿Cómo efectuar esta visitación amistosa y al mismo tiempo apostólica? En otras palabras, ¿cómo se desarrolla la dirección espiritual? Ante todo en clave de admiración y respeto, pues nos encontramos como Moisés ante la zarza ardiente: descálzate pues el terreno que pisas es sagrado (Ex 3, 5). Esta sagrada admiración por la persona que amamos suscita inmediatamente tres actitudes fundamentales, que movilizan nuestras energías y talento: la paciencia, el sacrificio y la misericordia.

 

Lo vemos admirablemente en la parábola del buen pastor, que deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la perdida hasta encontrarla. Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso (Lc 15, 4-5). En ella distinguimos cuatro momentos que pueden coincidir dentro de una misma conversación. Buscar, encontrar, cargar y traer son, en efecto, otros tantos modos, complementarios entre sí, de plantear un coloquio, ofrecer un consejo, o afrontar un problema.

 

Buscar equivale a escuchar a fondo, lo cual no es fácil. Con frecuencia nos cuesta escuchar hasta el final, sin precipitarnos con comentarios inoportunos, que provienen muchas veces de nuestros esquemas mentales, nuestros prejuicios, nuestro afán inveterado de moralizar y clasificar, o peor aún, de adoptar una pose paternalista que dificulta la sinceridad. ¿Qué busca este pastor que se queda a medio camino, sin llegar nunca al corazón de la otra persona, que no persevera hasta que la encuentra? Sin duda se busca a sí mismo, por más que aparente abnegación, sacrificio y paciencia.

 

Porque cada alma-oveja tiene, en efecto, un paradero espiritual muy concreto que hay que averiguar. Este lugar puede venir dado por muchas cosas: un amor, un apegamiento, una ilusión, una obsesión, un temor, una amargura, o quizá todo ello junto. En definitiva es de sí misma de donde hay que rescatar a esta persona, revelándole su condición de perdida, haciéndole consciente de su drama, provocándole una saludable crisis. Este es el punto adonde debe dirigirse nuestra conversación, paso a paso, sorteando barrancos y pisando abrojos. Los barrancos son los prejuicios de que hablábamos antes, las mentiras, la ignorancia —suyas y propias— que pueden intimidar al explorador, cerrarle el paso o incluso provocar sus descalabro. Pues, como sabemos, hay intimidades tan emboscadas y hurañas que a duras penas se accede a ellas.

 

Pero no basta con buscar y encontrar, es decir escuchar a fondo, es necesario hacerse a la otra persona, o sea cargarla y traerla. Estos dos verbos evocan la idea de un contacto y una compenetración que en el plano espiritual recibe el nombre de misericordia. La misericordia es la virtud que se hace cargo del otro en cuanto debe ser salvado, que lo carga en toda su pecaminosidad y debilidad, pero también en su grandeza y su vocación. Ello reclama una metamorfosis del consejero, una transformación en el amigo que va más allá de la mera adaptación psicológica, y que lleva a decir con el Apóstol: omnia ómnibus factus sum, me hago todo para todos.

 

Hacerse a otro, sin embargo, no es tan fácil. Aparte de un vigoroso ejercicio de humildad requiere el concurso de la gracia divina y del auténtico amor amicitiae, del amor íntimo o de amistad, que es una especie diversa del amor de benevolencia. El fin de la benevolencia es el bien integral del prójimo, el del amor amicitiae, en cambio, es la unión efectiva y afectiva entre los amigos. Ambos objetivos se complementan y perfeccionan en la auténtica caridad cristiana, tal como ha recordado recientemente la encíclica Deus caritas est (n. 7).

 

Por eso el verdadero acompañamiento espiritual nunca puede limitarse al intercambio de datos, aunque versen sobre la propia vida: describir estados de ánimo o circunstancias personales, fijar metas o propósitos, dar recomendaciones, etc. No es como una consulta clínica donde el único objetivo es establecer un diagnóstico exacto y una terapia adecuada. Hace falta llegar a la conversión personal del dirigido, que si es auténtica implicará también al consejero.

 

Así lo han vivido los santos. Pensemos en el gran Pablo. Sus cartas nos hablan de una entrega apasionada, una compenetración espiritual, que nada tiene que ver la actitud flemática y circunspecta de un doctor que analiza, diagnostica y receta: hijos míos, siento dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gál 15, 19).

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

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