Charlas y meditaciones

11 febrero 2007

 

 

Pureza y feminidad

(Homilía en la solemnidad de la Inmaculada Concepción)

 

 

La pureza es la gloria de Dios en el cuerpo humano, que confiere a las relaciones entre varón y mujer lirismo, hondura y autenticidad. Lo admiramos sobre todo en María Inmaculada, figura y anticipo de la Iglesia triunfante. Pablo Prieto.

 

 

 

1. ¡ESTA ES LA MORADA DE DIOS CON LOS HOMBRES! (1). Al final de los tiempos, cuando se consume la historia y vengan los nuevos cielos y la nueva tierra, se escuchará esta frase. ¡Esta es, finalmente, mi casa! ¡Aquí estoy a gusto yo! ¿Qué morada es esta? Es una morada que al mismo tiempo es una mujer: vi a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo como novia adornada para su esposo (2). Una mujer en el colmo de su hermosura, embellecida con el amor nupcial, que es el mejor de los adornos. Sí, este es el lugar de Dios, su dignum habitáculum, como dice la colecta de hoy: Oh Dios, que por la concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada (3). ¿Acaso aquella mujer del Apocalipsis, la ciudad-esposa, es María? La solemnidad de hoy nos da la respuesta: Sí, es María, pero también la Iglesia. Porque en Nuestra Señora celebramos el comienzo, el anticipo y la figura de la Iglesia triunfante.

 

¡Esta es la morada! ¡Esta es mi morada!, decimos también nosotros. Pues en María, como hijos en su Hijo, formando un solo cuerpo con Él, nos sentimos definitivamente en casa, íntimamente unidos con Dios y con los hombres.

 

Y no sólo eso. El misterio de María envuelve a toda mujer, sea quien sea. Juan Pablo II ha llamado a esto profetismo inmanente (…). Toda mujer, en efecto, en la medida que vive su feminidad auténticamente, se convierte en morada tanto de Dios como de los demás hombres. Su vocación más profunda, lo sepa o no, es la de nido, hogar, casa. En el rostro de cada mujer se vislumbra la Iglesia, y ello con tanta fuerza, que difícilmente sus miserias personales logran borran tal vestigio divino.

 

¡Esta es la morada de Dios! Sí, hoy, el día más femenino del año, las mujeres reflejáis más que nunca el misterio del Apocalipsis. Especialmente vosotras, que habéis venido para honrar a la Virgen. Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas, es decir, porque ha hecho mujeres (4).

 

 

2. DESBORDO DE GOZO con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, como novia que se adorna con sus joyas. (5). Además de morada, casa, torre, habitáculum, María es, como hemos dicho, la esposa por antonomasia. La contemplamos, efectivamente, como novia que se adorna con sus joyas. Pero atención, el profeta también dice como novio adornado con corona. ¿Qué significa esto? Significa que en María se revela algo que está más allá de su propia persona, y no es otra cosa que la Iglesia misma. A la luz de la fiesta de hoy, a la luz de María Inmaculada, la Iglesia aparece como una boda sin fin: la unión nupcial entre Dios y los hombres en Cristo. Sí, gracias a María, mirándonos en este Espejo —speculum iustitiae— comprendemos nuestra vida cristiana, por sencilla y sufrida y monótona que parezca, como un romance, un idilio. ¡Me ha vestido, me ha envuelto, me ha adornado! (6). Dios nos asume en su fiesta de amor, en su misterio de comunión.

 

 

3. ESTA IMAGEN BÍBLICA DE LA BODA también arroja poderosa luz sobre una realidad bien concreta, que atañe a nuestra convivencia cotidiana. Me refiero a lo que suele llamarse complementariedad entre varón y mujer. El hecho tan elemental de ser creados como personas sexuadas —pues el “hombre” abstracto no existe— responde a un designio admirable de Dios, mediante el cual reflejamos su intimidad trinitaria. En otras palabras, cuando varones y mujeres nos tratamos con respeto y admiración mutuos, cuando reina la confianza y el espíritu de servicio entre nosotros, entonces también nos convertimos en speculum, en espejo recíproco, y también en habitáculum, es decir, morada unos de otros.

 

Este es el verdadero trasfondo de la doctrina cristiana sobre la pureza de corazón, virtud que hoy brilla especialmente en aquella que llamamos la Purísima. En esta perspectiva pureza de corazón es mucho más que castidad. Pues más allá del razonable control de las pasiones, la pureza intensifica nuestra masculinidad o nuestra feminidad, convirtiéndonos en espejos responsables y maravillados del sexo opuesto y, a través de él, de Dios mismo. La pureza nos hace dignos de la persona que amamos y es condición sine qua non para tratarla y conocerla en profundidad. Presenta además una intrínseca componente estética, como hacía notar Juan Pablo II: 

 

La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano, a través del cual se manifiestan la masculinidad y la feminidad. De la pureza brota esa belleza singular que penetra cada una de las esferas de la convivencia recíproca de los hombres y permite expresar en ella la sencillez y la profundidad, la cordialidad y la autenticidad irrepetible de la confianza personal. (7)

 

 

5. ESPEJOS RESPONSABLES Y MARAVILLADOS, hemos dicho. Porque también cabe reflejar al sexo opuesto de modo impersonal, anónimo, tosco, trivial. Es la tragedia del pecado, una de cuyas consecuencias es la miopía ante el prójimo, la torpeza para admirarlo y acogerlo. ¿Qué hay detrás de tantos amorzuchos fáciles, epidérmicos, volátiles, intermitentes, tramposos, sin sustancia ni futuro? ¿Qué significa este afán compulsivo de mirotear sin admirar, este mendigar sensacioncillas pasajeras?

 

El corazón de muchos es un quiosco de chucherías, del que no cabe esperar un auténtico romance. Es una hojarasca afectiva que recuerda el matorral de Adán y Eva, donde se escondían de Dios encogidos y amedrentados, como acabamos de leer. Oyeron los pasos del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la brisa de la tarde, y el hombre y la mujer se escondieron de su vista entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿dónde estás? (8). Pregunta no sólo por Adán, es decir, el hombre individual, sino por la unidad Adán-Eva, o sea, la unión complementaria entre varón y mujer. Ahora bien, ninguno de estos dos sujetos, ni el individual ni el comunitario, responde. El ser humano evita dar la cara tanto a Dios como al sexo opuesto. Una espesa maleza de disipación sensitiva, de glotonería afectiva, de empacho audiovisual le impide ambas cosas simultáneamente. Aquí se encuentran las raíces profundas de la lujuria. Detrás de una persona impura —varón o mujer— suele haber un Adán aconejado, que teme dar la cara, o mejor dicho, verse la cara en el espejo responsable del otro sexo.

 

Este miedo de Adán entre la hojarasca es característico del hombre viejo, y tiene por objeto la propia intimidad, o dicho en lenguaje bíblico, la desnudez: oí tus pasos en el jardín, me dio miedo porque estaba desnudo y me escondí (9). Desnudez equivale aquí a verdad interior, que sin la gracia resulta hiriente, sobrecogedora, angustiosa. Hace falta enmascararla y acallarla a toda costa, por ejemplo con sensaciones fuertes y activismo frenético.

¡No es Dios lo que teme Adán, sino el fantasma de sí mismo! Por eso buena parte de la cultura contemporánea está configurada como un encubrimiento sistemático del rostro, al tiempo que se exalta una corporeidad anónima, cosificada, un sexo manipulable y reducido a objeto de consumo.

 

6. MARÍA INMACULADA, LA LLENA DE GRACIA, comienzo y anticipo de la Iglesia triunfante, nos da el contrapunto de este estado lamentable, nos infunde esperanza para salir de él y nos marca el camino. El Camino es su Hijo, sólo en el cual nos atrevemos a mirar a Dios cara a cara. Con su gracia cultivamos la pureza, que nos quita la venda de los ojos: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (10).Y no sólo lo vemos sino que lo reflejamos. Comunicamos su Imagen con mil matices distintos, según nuestro sexo, carácter y sensibilidad. Todos nosotros —dice a este respecto san Pablo—, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados en su misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme obra en nosotros el Espíritu del Señor (11).

     

Gracias Virgen santísima por darnos la Luz con que vemos y nos vemos; gracias por darnos a luz en tu Hijo, que es la Luz. Alcánzanos un corazón puro como el tuyo, para ser también espejo y morada de Dios y revestirnos de su gloria.

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

NOTAS

 

(1)  Ap 21, 3.

(2)  Ap 21, 2.

(3)  Misa del 8 de Diciembre, Solemnidad de la Inmaculada, oración colecta.

(4) Ibid., Salmo responsorial 97, 1.

(5) Ibid., Antífona de entrada, Is 61, 10.

(6) Ibid.

(7) Alocución 18-03-81, 3.

(8) Primera lectura de la Solemnidad de la Inmaculada, Gén 2, 8-9.

(9)  Gén 2, 10.

(10) Mt 5, 8.

(11) 2 Cor 18

 

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