Charlas y meditaciones

11 febrero 2007

 

 

 

La fiesta y el sentido del Domingo

 

 

 

 

 

¿Qué es una fiesta?

 

Para responder a esta pregunta no basta con describir lo que se hace en la fiesta, sus variadísimos ingredientes: cultura, folclore, tradición, banquetes, baile, arte, negocio, verbena, etc. Es cierto que todos estos aspectos de la vida humana están presentes y son como transfigurados por la fiesta, formando como un mundo nuevo, alternativo, pero hay un alma en todo ello, una fuerza que lo alienta y unifica. Intentaré mostrar que este núcleo es religioso, que no es posible la fiesta sin una referencia siquiera implícita a Dios. Pues lo que toda fiesta celebra en última instancia es haber sido creado el mundo por Dios, o lo que es lo mismo, que existir vale la pena.

 

Si nos paramos a pensar, en toda fiesta late esta aprobación o asentimiento universal a la totalidad de la creación, un SÍ a todo cuanto existe. Ya sea asistiendo a Misa, o desfilando en una procesión, o bailando, o comiendo, o bebiendo cerveza, celebrar una fiesta siempre equivale a decir: es buena cosa estar sobre la faz de la tierra, respirar es hermoso, vivir es buena idea.

 

Ejemplo paradigmático es el cumpleaños. ¿Qué es exactamente lo que me alegra cuando felicito a mi amigo? Sin duda no es sólo lo que hace, dice, tiene, o puede, ni tampoco es un favor o promesa que me haya hecho; si lo felicito es simplemente porque sí, por ser quien es; ni siquiera necesito que sea un muchacho excelente, como dice la canción. Felicitarte es declarar que este mundo, a pesar de los pesares, es básicamente bueno porque tú estás en él. Ahora bien, esta bondad radical del mundo sólo se explica si Alguien Bueno lo ha creado, si existe sobre él un Designio y Providencia divinas. En todo cumpleaños podemos decir que está Dios como invitado invisible y principal.

 

Este fundamento religioso se remonta, según la tradición judeocristiana, al último día de la creación cuando, según el Génesis, Dios contempló su obra y afirmó complacido ser algo muy bueno (Gén 1, 31). En este sentido la fiesta —y en particular el descanso sabático, con su continuación en el Domingo— consistiría en reafirmar humanamente esta aprobación universal de los orígenes, adoptando así la perspectiva de Dios, o lo que es lo mismo, situándonos en la eternidad.

 

 

El auténtico descanso

 

La fiesta, en efecto, nos sitúa fuera del espacio y del tiempo ordinarios, nos sustrae del aquí y ahora cotidianos para hacernos barruntar la eternidad.

 

Por eso esta realidad necesitamos vivirla mediante un día sin trabajo, que es mucho más que una jornada de descanso o un weekend; este no-trabajar está provisto de sentido, posee profundo significado espiritual. De hecho la palabra “vacaciones” viene de vacare, que significa estar libre de algo para algo. Decimos que un puesto está “vacante” no cuando está vacío sin más, sino cuando está reservado a alguien que aún no se sabe. Este sentido misterioso no sólo convierte el no-trabajo en expresión de fiesta sino que constituye la raíz del  verdadero descanso. Sólo hay verdadero descanso cuando éste, de un modo u otro, celebra algo o a alguien, y en particular cuando se traduce en afirmación jubilosa de la familia, la amistad o la Iglesia.

 

Como vemos, la fiesta es punto de engarce entre trabajo y descanso; en ella convergen ambas dimensiones de la vida que se concilian así y se complementan. Un descanso que no celebra nada, que es mera relajación física o psíquica, pura pasividad fofa e inercial, a la larga genera más cansancio del que pretende aliviar. ¿Por qué? Porque es un sinsentido que decepciona las aspiraciones del corazón humano, deja un poso de frustración y tedio, y reclama dosis cada vez mayores de disipación y superficialidad.

 

Paralelamente, cuando falta la fiesta genuina el trabajo se torna alienante, degenera en pragmatismo voluntarista, que aísla a las personas y las deshumaniza. Trabajo y descanso se vuelven entonces antagónicos e inconexos, y el uno se plantea como huida del otro.

 

Surge así lo que podríamos llamar diversión-basura, que es tan característica de la cultura del siglo XXI, configurada como gran espectáculo mediático. La diversión-basura se presenta como el gran estupefaciente que proporciona desfogue y evasión a todos los niveles y cuyo vehículo privilegiado son los medios de comunicación: Internet, televisión, móviles, juegos, etc. (cfr artículo Libertad de corazón y vida contemplativa). La persona entonces se deja arrastrar por cualquier estímulo pseudocultural y queda expuesta a toda clase de manipulaciones.

 

La diversión-basura también se caracteriza por confundir fiesta con juerga. Se olvida que la fiesta posee un componente de realismo, de fidelidad a la dimensión histórica de la vida, de memoria, que es justo lo que falta en la juerga. La fiesta surge para recordar, la juerga para olvidar; la fiesta es afirmación, la juerga negación; la fiesta une, la juerga aísla (aunque se rodee de tumultuosa compañía); la fiesta, en fin, es un despertar a la realidad, la juerga es una droga contra ella.

 

 

El sentido del tiempo

 

Acompasando trabajo y descanso la fiesta introduce en el tiempo, como decíamos más arriba, un elemento de eternidad: le marca tiempo al tiempo, lo humaniza; deja de ser pura duración para convertirse en historia personal.

 

En este sentido podemos distinguir dos conceptos antagónicos de tiempo: tiempo-saco y tiempo-mapa. El primero se parece a un recipiente donde los quehaceres se apretujan de modo inconexo, caótico, exasperante, como bultos que intentamos encajar en el maletero del coche. El tiempo-mapa en cambio es un espacio abierto donde cada detalle, cada suceso, tiene una dirección y sentido precisos, se inserta en un camino. Es el escenario de una historia donde hay un horizonte y un paisaje: unos asuntos son urgentes y están en primer plano, otros se ven a lo lejos y los alcanzaremos más adelante; en lontananza se divisa el horizonte vocacional, adonde todo confluye. A diferencia del tiempo-saco, donde nos encontramos  solos y nunca pasa nada, el tiempo-mapa, es argumental, novelesco, está poblado de personas. A este respecto es particularmente ilustrativo el célebre pasaje del libro de la Eclesiastés:

 

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.  Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;  tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;  tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;  tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;  tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. (3, 1-8).

 

Como vemos existe un tiempo tiempo-de que hay que distinguir netamente del tiempo-para. Éste último es siempre insuficiente pues nunca nos llega para tantas cosas que querríamos y deberíamos hacer. El tiempo-de, en cambio, encaja perfectamente en los quehaceres concretos y reales pues todo tiene su tiempo, todo puede localizarse en el mapa del día, que es el horario.

 

Esta perspectiva se ensancha con la Encarnación del Verbo, porque a su luz la lectura del tiempo —tanto de la Historia universal como de nuestra vida cotidiana— se torna definitivamente clara y comprensible, podemos desplegar el mapa y dirigir nuestros pasos en este mundo. Así lo da a entender Juan Pablo II en su Carta Tertio Millennio Adveniente:

 

En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la «plenitud de los tiempos» de la Encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno. Con la venida de Cristo se inician los «últimos tiempos» (cfr Heb 1, 2), la «última hora» (cfr 1 Ioh 2, 18), se inicia el tiempo de la Iglesia que durará hasta la Parusía. De esta relación de Dios con el tiempo nace el deber de santificarlo. (n.19).

 

 

¿Qué es celebrar algo?

 

Pero volvamos al tema de la fiesta. Para vivirla, para asumirla y expresarla adecuadamente necesitamos involucrarnos en su celebración. Como apuntábamos al principio, la acción de celebrar incluye cosas muy variadas: jugar, bailar, divertirse, comer, etc. Sin embargo hay una que resulta imprescindible y siempre está presente, aunque sea de modo implícito y latente: el culto religioso, los ritos sagrados, la liturgia. Hasta un simple cumpleaños contiene la evocación de aquella ceremonia —el bautizo— en que el recién nacido fue presentado en sociedad y se le impuso nombre. Por eso todo cumpleaños es cierta prolongación de aquellos regocijos familiares que tuvieron lugar con ocasión del rito sagrado.

 

Entrar en estos ritos, participar en ellos activamente es lo que hemos llamado culto. Dar culto a Dios es, pues, el meollo de la fiesta y lo que confiere sentido y armonía tanto al trabajo como al descanso. ¿Y en qué consiste el culto? ¿Simplemente en realizar gestos, palabras y acciones de acuerdo con una determinada tradición? Eso sería un ritualismo sin alma, que llevaría a la hipocresía tan censurada por Jesús en el Evangelio. Para que sea auténtico, el culto debe estar centrado en el sacrificio, que constituye como su esencia. Llamamos así al acto por el cual el hombre busca “devolver” a Dios la Creación entera, incluyéndose a sí mismo en ella. Para expresarlo, el hombre reserva algún objeto valioso (los antiguos sacrificaban reses) excluyéndolo de su uso común y convirtiéndolo así en ofrenda, hostia, oblación: algo sólo de Dios y para Dios. Esto es lo que hacemos los cristianos en la Misa cuando ponemos simbólicamente sobre el altar nuestros trabajos, alegrías y penas, con objeto de que, unidas al sacrificio de Cristo se conviertan en hostia pura, santa, inmaculada.

 

 

¿Qué es la Pascua?

 

Los sacrificios precristianos, sin embargo, nunca alcanzaron otro valor que el simbólico e intencional hasta la llegada de Cristo, el cual realiza perfectamente en su Persona, por ser verdadero Dios y Hombre, la mediación significada en el sacrificio. Por este motivo podemos afirmar que todas las fiestas remiten de un modo u otro al misterio pascual —pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor—, de la cual reciben aliento e inspiración.

 

¿Y cómo “conectarnos” con este misterio pascual? ¿Cómo recibir su gracia y entrar en comunión con el Señor? Mediante la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, mediante el cual sale al encuentro de cada hombre en el espacio y el tiempo. Accediendo a sus sacramentos podemos decir que “tocamos” a Jesús y recibimos de Él, como sucedía a los enfermos del Evangelio —el leproso, el ciego, el paralítico, el mudo— la fuerza salvadora, la curación del pecado, la resurrección incoada.

 

Todo esta acción salvadora de Cristo, esta maravilloso intercambio entre Cielo y Tierra que inaugura la Encarnación se resume en una sola palabra: Pascua. Esta palabra hebrea que significa El Paso, de tan ricas reminiscencias bíblicas, no sólo expresa todo lo que Cristo hizo sino lo que Cristo es: unidos a Él pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la esclavitud a la libertad; por esa especie de escalera que es Cristo (cfr Gén 28, 12 y Jn 1, 51) desciende todo lo divino y asciende todo lo humano.

 

En un sentido más específico la palabra Pascua designa los acontecimientos en que culmina la vida del Señor y donde se manifiesta plenamente su misión: nos referimos a la secuencia pasión - muerte - resurrección - ascensión.

 

Todas los sacramentos y obras de la Iglesia expresan esta Pascua y aplican su fuerza, ahora bien, el núcleo de todo ello y la clave de cuanto la Iglesia hace y es se encuentra en la Misa. Por eso dice el Catecismo (1324):

 

La Eucaristía es "fuente y cima de toda la vida cristiana". "Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua".

 

 

¿Qué relación tiene el Domingo con la Misa?

 

El Domingo no es sólo el día en que tradicionalmente se celebra la Misa. El Domingo mismo ya es celebración, en la que se rememora y actualiza el Día de la Resurrección, que es un día sin ocaso porque en él tiempo alcanza su plenitud y se transfigura, entreverándose con la eternidad. La Resurrección es el único acontecimiento de la Historia que no pasa (Catecismo 1085), y por tanto este Día se encuentra como suspendido en el tiempo, sin declinar jamás. Y este es precisamente el Domingo: dies dierum dice la Liturgia, paradigma de todos los días, día, único y eterno.

 

Para comprenderlo mejor hay que considerar que en la Antigüedad el tiempo se vivía muy ligado al curso de los astros y a la luz solar. Luz, Sol, Tiempo y Día eran conceptos íntimamente entrelazados. De ahí que, viviendo el Domingo (Dies dominicae, Día del Señor), los primeros cristianos eran conscientes de celebrar a Cristo mismo, llamado en la Biblia Oriens y Sol Iustitiae, Amanecer y Sol, y también Alfa y Omega (Ap 1, 8), Señor de la Historia. Prueba de ello es la antiquísima costumbre de coronar el pináculo de las iglesias con una veleta en forma de gallo, símbolo de Cristo-Luz, como se ve en tantos templos europeos.

 

De lo dicho se desprende que entre el Domingo y la Misa hay una relación esencial. La Misa es la celebración propia y cabal del Domingo, como su corazón y su raíz.

 

La misa es la ley del cristiano.

 

Es comprensible, por tanto, que la Iglesia, usando la potestad recibida de su Esposo (lo que atares en la tierra quedará atado en el cielo) haya establecido de modo obligatorio, la asistencia a la santa Misa el Domingo.

 

Los primeros cristianos lo tenían muy claro y vivían esta norma en medio de grandes dificultades. La carta Dies Domini de Juan Pablo II recuerda el testimonio de los mártires de Abisinia, que llegaron a dar su vida por esta causa:

 

Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en África proconsular, que respondieron a sus acusadores: « Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley »; « nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor ». Y una de las mártires confesó: « Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana » (Dies Dómini 46).

 

“Es nuestra ley”. Porque, en efecto, más que imponer la Iglesia su ley sobre la Misa, es la Misa misma la que marca a la Iglesia su modo de vivir y actuar, igual modo a cada uno de los cristianos. La Misa contiene todo lo que hay que hacer y toda la fuerza para hacerlo.

 

¿Cuál es el contenido de esta ley de la Misa? El  amor que Cristo nos tiene, que derrama incesantemente desde el altar y nos lo propone como camino: sé tú como yo —nos dice—, entrégate como yo, di también con tu vida “tomad y comed”. Por eso la Misa tiene un sentido intensamente nupcial: en ella celebramos la boda entre Dios y los hombres, entre Cristo y su Iglesia: Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19, 7. 9)

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

 

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BIBLIOGRAFÍA:

 

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nn. 305 – 149.

PIEPER, Josef, Una teoría de la fiesta, Rialp 1974

CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción pastoral Sentido evangelizador del domingo y de las fiestas, 22 mayo 1992

JUAN PABLO II, Carta apostólica Dies Domini,  31 mayo 1998

 

 

 

 

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