Charlas y meditaciones

31 marzo 2007

 

 

El gran misterio de la Luna llena de primavera

 

 

Después de Dios y de los hombres, la luz de la Luna es de las cosas más serias que existen. Plateada, fría, penetrante como hoja de espada, la Luna derrama su luz sobre la Tierra trastocando sus ritmos y ciclos naturales: las mareas del océano, el crecimiento de las plantas, los instintos de los animales. Pero más que la naturaleza, es el corazón humano el que se agita y trastorna bajo su hechizo, especialmente cuando el astro aparece en toda su majestuosa belleza, es decir, en las noches de Luna llena. Pues bien, la principal de estas citas mensuales y modelo de todas ellas, la más intensa y turbadora del año, noche de las noches y Luna de las Lunas, es la que marca el momento culminante de la primavera.

 

Como es obvio vamos a hablar de la Pascua. La gran fiesta de la libertad, la unidad y la vocación del Pueblo Elegido se viene celebrando desde hace 3.000 años en el plenilunio de primavera. ¿Y por qué Dios eligió precisamente esta Noche? Sin duda por ser su Alianza una noche de Amor, como dice el Cantar de los Cantares (cfr 5, 2; 7, 12). Su Unión con la Humanidad, prefigurada mediante el Cordero y las Tablas de la Ley es un Desposorio, y Cristo, que es su cumplimiento pleno, es una boda en Persona, la Unión viviente, amorosa y eterna entre Dios y el Hombre.

 

Desde el Génesis al Apocalipsis, desde Eva hasta la Novia del Cordero (Ap 21, 9) la Biblia no hace más que repetirlo. Todos los matrimonios del mundo dan testimonio de ello aunque no lo sepan, y todos los amores trabajan de incógnito para este gran Amor.

 

Sí, en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Cielo y la Tierra se juntan nupcialmente. ¿Y qué hay entre el Cielo y la Tierra sino la Luna? ¿Qué mejores arras para semejante enlace?

 

Fue precisamente una visión de la Luna lo que originó en el siglo XIII la fiesta del Corpus Christi. A los seis años de edad, la santa belga Juliana de Monte Cornillón († 1258) tuvo una visión que se repetiría a menudo: la luna resplandeciente de luz, pero atravesada de una mancha obscura que parecía cortar el globo en dos partes. Una voz celestial le manifestó que el globo era figura de la Iglesia, y la mancha representaba la falta de una fiesta especial al Santísimo Sacramento aparte de la del Jueves Santo. Gracias a la oración e insistencia de Juliana, la institución de esta solemnidad tuvo lugar en 1264 mediante la bula Transiturus del papa Urbano IV. Pero eso es otra historia.

 

El enlace de que hablábamos se formalizó en la Última Cena y se consumó en la Cruz. Desde entonces la secuencia Pasión-Muerte-Resurrección ha quedado como detenida en el tiempo y condensada en la Misa; la vivimos en la Historia pero está colgada de la eternidad. La Pascua —dice el Catecismo de la Iglesia— es el único acontecimiento de la Historia que no pasa (n. 1085). ¡Y eso que “Pascua” significa, paradójicamente, “el Paso”!

 

La cuestión es que el misterio de la Luna ha sido finalmente desvelado: Cristo lo ha cumplido muriendo en la Cruz. ¿Y qué misterio es este? ¿Qué es lo que Dios insinúa en esta noche? ¿Cuál es este mensaje perenne envuelto en luz plateada? La vocación al amor; el amor como sentido último de toda existencia humana. Como decía el gran Juan Pablo II, El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible; su vida carece de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente (Redemptor hominis 10)

 

Sustancia de la vida, fin, causa y celebración de sí mismo, el amor, en efecto, lo es todo en esta Tierra. Y sin embargo ¡nada tan precario y frágil! Expuesto a todos los vaivenes de la vida, se encuentra herido por el pecado y el egoísmo, infectado por la mentira, y amenazado por el diablo y por la muerte.

 

¡Pero en Cristo está a salvo! ¡Su santa Cruz lo ha vuelto inexpugnable! Su sacrificio es el sí de Dios a todos nuestros afectos: amistad, familia, noviazgo, patriotismo, con tal que sean auténticos. Colocándolos tras las murallas de la muerte los ha anclado en la eternidad. Con su entrega sin límites, Nuestro Señor se ha constituido en garantía, fundamento y horizonte de todos los quereres, imán, modelo y hospital de los corazones; hacia Él camina todo enamorado, aunque sea ciegamente y a trompicones, y a Él intenta volver, maltrecho y abatido, después de sus naufragios; Cristo es quien une a los que se unen; quien reconcilia eros y ágape, quien los lleva a su madurez y plenitud.

 

¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? —decían los discípulos de Juan (Mt 11, 3). Oh Señor, revélate a tantos que te aguardan ansiosamente en medio de la oscuridad. Haz resplandecer sobre ellos la Luz de tu Pascua, la Luna llena del Jueves Santo.

 

Lux in tenebris lucet! (Jn 1, 5): blanca como una Hostia sobre el altar del mundo, esta Luna recuerda incesantemente la escandalosa belleza de la Cruz, que resuelve el eterno antagonismo entre amor y dolor. Miguel de Unamuno lo ha sabido expresar en su poema al Cristo de Velázquez:

 

Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. 

 

Llamamos escandalosa a esta belleza porque —como la Luna en la noche— se recorta sobre la tiniebla humana, asumiendo toda su amargura y soledad, toda su angustia y desconsuelo. Como el sudario del Mesías, absorbe toda la suciedad con que hemos deshonrado su santo Cuerpo: sangre, lágrimas, salivazos. Y a pesar de todo, a través del velo de lo feo se revela lo bello. El cardenal Ratzinger lo expresaba así antes de ser Papa:

 

Aquél que es la Belleza misma se dejó abofetear y escupir el rostro y coronar con espinas ‑el sudario de Turín nos puede ayudar a imaginar esto en una forma conmovedora‑. Pero justamente en el rostro tan desfi­gurado se manifiesta la verdadera y definitiva belleza, la belleza del amor que avanza «hasta el fin» y que se muestra en esto más fuerte que la mentira y la violencia Quien ha percibido esta belleza sabe que la verdad, no la falsedad, es la última instancia del mundo (*).

 

¿Y por qué este designio del Padre? ¿Por qué precisamente este plan salvador, contradictorio y desconcertante? ¿Por qué el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 45/44, 3) insiste en presentarse así en Semana Santa? Sin duda para provocar nuestra penitencia. Destápame —viene a decir—: en el dolor late el amor. Acepta lo que ves y encontrarás lo que no ves. Es en el fondo el eterno juego de la Luna. ¿Acaso ella no tiene también su cara oculta?

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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(*)   J. Ratizinger, Herido por la flecha de la belleza. La cruz y la nueva «estética» de la fe, Reproducido en arvo.net: http://www.arvo.net/pdf/Belleza_Ratz.htm

 

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