Charlas y meditaciones

15 junio 2009

 

 

¿Salvarse? ¿De qué?

 

 

 

En vez de salvar, verbo tan usado por los sacerdotes, ¿no sería más solidario hablar de ayudar? Sin embargo la palabra “Jesús” no significa “Dios ayuda” sino “Dios salva”… Pablo Prieto.

 

 

—¿Por qué esta obsesión de los curas por salvar a todo quisque? ¿No sería más humilde y modesto por su parte limitarse a ayudar?—. Así se expresaba mi amigo Mauricio, que es algo anticlerical, y además, como ven, no tiene pelos en la lengua:

 

Salvar me parece palabra presuntuosa y exagerada —añadía— . ¿Acaso estamos al borde del precipicio, amenazados por una fiera o hundidos en la desgracia? ¿No es este lenguaje demasiado apocalíptico? ¿No encierra una sombra de crispación, de temor, de utopía, que aleja de la realidad? ¿Cómo van los sacerdotes a conectar con la gente corriente hablando de este modo? En cambio ayudar, como hacen las ONGS, los voluntarios, los cooperantes, etc, me parece no sólo palabra más real, sino incluso más caritativa. Sí, encuentro más caritativo y evangélico decir “veo que necesitas ayuda” que decir “estás perdido”. Además, ¿quién es el cura para considerar desgraciado a nadie? ¿Acaso no es él mismo un hombre como los demás?

 

Mi amigo Mauricio, aparte de no existir —pues me lo acabo de inventar para redactar estas líneas—, tiene el defecto de muchas personas que sí que son de carne y hueso: ignorar lo que es un sacerdote. Pues ni yo ni ninguno de mis colegas pretendemos salvar a nadie con nuestras fuerzas, ni mucho menos miramos despectivamente a los demás, como a pobres desgraciados. Ahora bien, lo que sí hacemos es predicar a Jesús, cuyo nombre significa en hebreo “Dios salva”.

 

¿Qué diferencia hay entre ayudar y salvar? La misma que entre dar víveres a un náufrago y sacarlo de la isla. Dar víveres —víveres materiales o culturales— es una tarea más gratificante, pues reporta gratitud y estima por parte del beneficiado, y aun de toda la sociedad. En cambio el salvamento puede ser arriesgado y traumático, tanto para el rescatado como para el rescatador. No digamos si el náufrago, a base de las ayudas, se ha instalado en su isla y ha perdido la nostalgia de su verdadera patria; ha empequeñecido su corazón para encajarlo en este mísero trozo de tierra, que ahora le parece un continente. Entonces lo que naufraga es la percepción que el náufrago tiene de sí mismo, y en consecuencia la palabra salvación carece de sentido. Si el barco liberador apareciera en el horizonte, el náufrago lo dejaría pasar indolente: ¿yo salvarme? ¿De qué?

 

Algunos lo llaman síndrome del náufrago arrellanado (o también de la oveja autopastora). Uno de sus síntomas es el exagerado aprecio por la moral; exagerado no porque la moral sea innecesaria, sino porque le piden lo que no puede dar. Les gustaría que los sacerdotes predicáramos ante todo la honradez, el decoro y la decencia, y que nos dedicáramos fundamentalmente a ayudar a la gente a ser mejor, en vez de aguijonearles con palabras como conversión, verdad, ley, compromiso, gracia.

 

Eso le hubiera gustado a Pilato, pero el Reo que tenía delante insistía en crearle problemas. “Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”, le dijo maniatado y flagelado (Jn 18, 37). “¿Realmente me ayudas hablándome de la verdad en momentos tan críticos? —pensaría Pilato— ¿No nos ayudarías más a todos si aceptaras la solución que te propongo: yo te libro de la muerte y tú me libras de este aprieto? ¿A qué viene hurgar en mi conciencia e involucrarme en tu mensaje? En otras palabras, ¿por qué te empeñas en salvarme, cuando podrías, sencillamente, ayudarme?”.

 

La salvación es hueso duro de roer para el náufrago arrellanado. Cuando pide ayuda le ofrecen salvación; cuando busca tranquilidad le hablan de verdad; cuando añora un colaborador pragmático y complaciente resulta que aparece Cristo, y además le mira a los ojos…

 

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

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