Charlas y meditaciones

11 febrero 2007

 

 

Viernes santo

 

 

 

Jesús pasa a nuestro lado. Entre la multitud de nuestros afanes, apenas le vemos, apenas sentimos Su presencia. No estamos para nada ni para nadie. Corremos de lado a lado; obnubilados, ciegos; precipitándonos en una creciente angustia que nos va dejando el alma seca. Mientras tanto, escarnecido de pecados, de olvidos y de blasfemias, Jesús es flagelado sádicamente. No tanto por los sacrílegos látigos que le arrancan trozos de su divino Cuerpo, como por nuestra maldad, por nuestro vicio, por nuestra  envidia, por nuestra lujuria, por nuestra avaricia, por nuestra ira, por nuestra pereza, por nuestro visceral egoísmo.

 

Atado a la columna de Su Amor infinito, sufre con misericordia nuestro continuo desplante. Cada gota de Su sangre es un sacramento, signo sensible que se va derramando a lo largo de la Historia del hombre. Y mientras los legionarios le arrastran y coronan de espinas, llueven sobre Él salivazos, sátiras y soflamas desde todos los continentes y siglos. Dios Hijo calla, obediente. Se deja hacer. Los verdugos desmenuzan sus huesos. Camino del Calvario sostiene la Cruz, el dolor y el sufrimiento de cada uno de nosotros, que tal vez miramos sin ver, que tal vez asistimos a la Semana Santa como a un espectáculo más.

 

Es la primera procesión. El paso no es ninguna imagen tallada en madera policromada, iluminada por velas o bombillas. El paso es el mismo Dios encarnado, vivo, que es injuriado, atropellado y despreciado a lo largo del tiempo y de las más variadas circunstancias o instituciones. Cambian los espectadores, cambian los maltratadotes, cambian las santas mujeres, cambia Simón de Cirene, cambia el entorno. Pero el condenado sigue siendo siempre el mismo: Jesús de Nazaret. El mismísimo Hijo de Dios, el Verbo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad que se arrastra como un gusano para redimirnos de nuestras depresiones, tristezas, desamores y pecados.

 

Cada calle de cada ciudad o pueblo -por apartado que esté- sigue conduciendo al Calvario. Por cada una de estas calles que recorremos todos los días, camina Jesús con espasmos de ternura, buscando almas que le ayuden en la magnífica empresa de la Salvación. Se nos encoge el corazón, pero permanecemos quietos y mudos ante tanta vileza. La Cruz pesa cada vez más, ya casi se le quiebra el espinazo. Anhelamos la felicidad, pero no somos capaces de comprometernos del todo, de poner el hombro, de limpiar el rostro de Jesús con nuestra entrega.

 

Suenan los martillazos, los clavos hienden el Cuerpo desnudo de Cristo. La Cruz es el altar. Y mientras elevan al Señor sobre el trono de la Redención, cada uno de nosotros hinca su alma de rodillas para escuchar las Siete Palabras. “Todo está cumplido”.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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