Echar raíces

21 marzo 2008

 

 

La Pasión del Señor

Puntos de meditación sobre el Evangelio

Textos: Pablo Prieto

  

 

 

Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado (Mt 20, 18).— Jesús no huye ni de la vida ni de la muerte. Caminando hacia Jerusalén asume ambas y supera su eterno antagonismo.

 

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Y entonces se reunieron… para apoderarse con engaño de Jesús (Mt 26, 3-4).— Apoderase para librarse; tenerlo para evitarlo. Así sucede con el cumplo-y-miento de las prácticas de piedad. Consentir a la oración tibia y distraída es apresar a Jesús para, una vez controlado y sujeto, neutralizada su capacidad de exigir, dedicarme tranquilamente a mi egoísmo.

 

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Y dijo Judas: ¿qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? (Mt 26, 14-15).— ¿Qué a cambio de Jesús? Puestos a trapichear, ¿acaso no es Jesús infinitamente canjeable? Muchos, en efecto, lo han cambiado por sus egoísmos, su sensualidad, sus amores fáciles y epidérmicos, su avaricia…   Y tú, ¿qué has puesto en su lugar?

 

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¡Ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valiera no haber nacido (Mt 26, 24).— Porque no nacemos para algo sino para Alguien: quien nace, nace para Jesús. ¿Y qué sentido tiene vivir negando la Vida?

 

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Tomando la palabra Judas, dijo: ¿Acaso soy yo, Rabí? (Mt 26, 25).— ¿Qué pretende Judas con esta pregunta? ¿Saber si su víctima está apercibida, y así organizar mejor el plan? ¿O bien es una verdadera duda sobre sí mismo?

 

¿Acaso soy yo, Rabí? ¿Acaso yo sigo siendo yo, ahora que te traiciono? Respóndeme, Rabí, pues empiezo a dudar de mi identidad y me diluyo en este personaje que represento, esta fachada hueca de mi nombre y apellido; respóndeme, antes de convertirme en mi propio fantasma…

 

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¿Acaso soy yo? ¿Reconoces en este traidor de hoy al apóstol de ayer?

 

El acento de Judas trasluce la angustia del náufrago ante el barco que se aleja. La respuesta de Cristo, aparentemente escueta y fría, es un cabo lanzado en el último momento: Sí, tú lo has dicho. Sí, tú eres el que yo conozco, el que he elegido, aún estás a tiempo…

 

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Pedro dijo “aunque todos te abandonen, yo no”  (Mc 14, 29).— Algo así dijeron, tiempo atrás, los hermanos Juan y Santiago (Mt 20, 22):

—¿podéis beber el cáliz?

—¡podemos!

Pero lo de ellos fue un arranque de entusiasmo, mientras que esto de Pedro es presunción y nerviosismo. Los Boanerges hablaban mirando a Jesús, Pedro en cambio se fija en sus propias fuerzas. Y esta autosuficiencia, ¿de dónde viene sino de la inseguridad, la incertidumbre, la duda?

 

Aquel “¡podemos!” lo exclamó el amor, este “no te negaré” lo afirma el temor.

 

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Son peores los disparates del miedo que los de la emoción.

 

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Aunque todos se escandalicen yo nunca me escandalizaré (Mt 26, 33).— ¿Quién puede decir de sí mismo “nunca”? En boca de los hombres la palabra “nunca” es sospechosa.

 

En la noche los “nuncas” y “siempres” se difuminan. En verdad te digo que esta misma noche… me negarás. Porque las sombras, el dolor, la tentación me traen una versión distinta de mí mismo, desconocida, imprevisible, acaso traicionera. ¿Quién se mantiene firme por sí solo?

 

Cada palabra humana tiene su noche, donde vacila. Por eso dice el salmo: omnis homo mendax, todo hombre es mentiroso (115, 11).

 

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Nunca me escandalizaré.— ¿Mentía Pedro? No, era totalmente sincero, sólo que a un nivel meramente humano. Sin embargo el Pedro de la fe, aquel que confesó tú eres Cristo, ahora callaba.

 

El hombre viejo es muy sincero cuando dice “no puedo” y también cuando afirma categóricamente “¡podré! (yo sólo)”. Pero es una sinceridad enferma de raíz pues no se funda en la Verdad, o sea en Cristo, que ha dicho: sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

 

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Sentaos aquí mientras voy allá a orar (Mt 26, 36).— Así en esta oración mía: el que se sienta soy yo, el que ora es Él.

 

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Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra (Lc 22, 41).— Velar es orar asumiendo la distancia que nos separa del verdadero Orante. Velar es transformar en oración nuestra ineptitud misma para orar. Cuando velo salvo la distancia de ese tiro de piedra, que es el espacio infinito entre Cristo y yo.

 

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Sentaos aquí mientras voy allá. Y se apartó como a un tiro de piedra (Mt 26, 36; Lc 22, 41).— La piedra soy yo. ¿Y qué me importa ser piedra con tal de ser lanzado desde aquí hasta allá, desde la Tierra al Cielo?

 

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Se postró rostro en tierra mientras oraba (Mt 26, 39).— Su Rostro pegado al rostro del mundo, cara con cara. Para hablar al Cielo Cristo busca el contacto de la Tierra.

 

Aprendamos de Jesús esta oración terrosa. En ella el hombre se confiesa barro y hace por volver a las manos de su Alfarero. Al contacto de los labios de Cristo la tierra, o sea tú y yo, cobra voz.

 

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Empezó a entristecerse y sentir angustia (Mt 27, 37).— Jesús ora toto corde, con todo su Corazón. Su cuerpo, como guitarra bien afinada, vibra con la música desgarrada de su alma.

 

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Velad y orad (Mt 2, 41).— Orando en Getsemaní formamos la retaguardia de Jesús: él toma la palabra mientras nosotros velamos.

 

¡Que los ojos del corazón se mantengan abiertos en medio de la noche! Como los de Pablo recién caído del caballo: aunque tenía los ojos abiertos, nada veía (Hech 9, 8).

 

Velar es rezar abriendo los ojos más que la boca. La boca que habla es Jesús, los ojos que contemplan somos tú y yo.

 

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Si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26, 42).— Hay que beber “lo que pasa”. Beber los acontecimientos de la propia vida es metabolizarlos, incorporarlos a nuestra persona: beber para vivir.

 

Bébete lo que vives. Pues “lo que pasa”, si no es bebida que te nutre es torrente que te ahoga.

 

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Llegó un gran gentío con espadas y palos (Mt 26, 47).— Estandarte del temor, las armas no sirven para buscar personas sino para defenderse de ellas. Así sucede con esta multitud: ¿a quién pretenden encontrar sino a su propio miedo? Con armas, más que buscar, lo que se hace es huir.

 

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Aquel a quien yo bese, ése es (Mt 26, 48).— Porque los besos no fallan, dan con la persona, la exponen, la desnudan, la desarman. Basta un beso para alumbrar una vida y también para frustrarla, porque el beso la recapitula y la condensa toda en un instante, en el leve contacto de los labios. Con casi nada puede perderse casi todo.

 

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¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre? (Lc 22, 48).— Tomando en serio nuestro cariño, creyendo en él, viviendo sus gestos, Jesús se arriesga a nuestro peligro y cae en nuestras trampas.

 

Los otros llevan espadas, lanzas y garrotes, pero el arma de Judas es la más afilada.

 

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¿Por qué, Señor, te expones a mis traiciones, te dejas engañar una y otra vez por mí? ¿Cómo es que te fías conociendo al Judas que llevo dentro?

 

La tibieza convierte mi promesa de fidelidad en la conspiración más refinada, el señuelo más engañoso, la espina más cruel.

 

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Y dijo Jesús: envaina tu espada, porque todos los que emplean espada a espada perecerán (Mt 26, 25).— Esto vale también para la espada de la lengua. Por la boca muere el pez. La mentira y la injuria son palabras de muerto: nacen matando al que las dice; dañan más al que habla que al que oye.

 

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Pedro le seguía de lejos (Mt 26, 58).— Le seguía alejándose; se acercaba pero distanciándose. El Pedro que huye forcejea con el Pedro que se atreve. Donde el temor rezaga, el amor acelera.

 

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—Tú eres de ellos.

Pedro replicó:

—hombre, no lo soy (Lc 22, 58).—

 

En cuanto que era de ellos, es decir, del grupo de Jesús, Pedro mentía. Pero por el hecho de mentir se separaba del que es la Verdad, y por tanto era verdad que no era de la Verdad. ¡Qué embrollo! Entonces, si no es de Cristo, ¿de quién es este Pedro? ¿Qué puede decir de sí mismo?

 

Es la tragedia de la mentira, sobre todo cuando versa sobre el ser amado. Quien reniega de su amor pierde su identidad. Si no estás seguro de lo que amas tampoco estás seguro de quién eres.

 

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Los hombres viejo y nuevo (cfr Col 3, 9-10) son ambos sinceros, pero cada uno a su modo, por eso dicen lo contrario. El nuevo es sincero desde dentro y hacia dentro, el viejo desde fuera y hacia fuera…

 

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¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca (Lc 22, 71).— El hombre viejo tiene sus propias evidencias, tan irrefutables y contundentes como las de la gracia, solo que en un plano inferior. En la lógica mezquina y miope del hombre viejo, todo encaja de modo perfecto: “lo he visto con mis propios ojos”; “lo sé por experiencia”; “lo he vivido en mis carnes”; “sé lo que me digo”, etc.

 

Por aplastante que sea, sin embargo, esta lógica no deja de ser fruto de la cobardía. Se mueve en un mundo deformado, estrecho, y a la postre, falso. Para salir del agujero no basta con abrir los ojos: hay que salir a la luz.

 

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Al instante, estando todavía hablando, cantó un gallo (Lc 22, 60).— ¿Qué hace este gallo aquí? ¿Por qué canta a medianoche? Anuncia que Cristo, Sol de Justicia, amanece en las tinieblas.

 

El Señor se volvió y miró a Pedro. Nunca te des por perdido, por muy bajo que caigas. A lo más oscuro amanece Dios.

 

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Y saliendo afuera lloró amargamente (Mt 26, 75).— Como piedra que es, y piedra principal, Pedro se rompe. Cuando acabe la Pasión le tocará el turno a todas las demás: la tierra tembló y las piedras se partieron… (Mt 27, 51).

 

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Salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura (Jn 19, 5).— Qué burla tan misteriosamente seria, qué fingimiento tan extrañamente verdadero. Representando el papel que los hombres le asignamos, Jesús representa al mismo tiempo el de Dios. Dios se nos revela en la misma burla que le hacemos. La máscara con que nos escondemos, jocosos, de su presencia, resulta que es su misma cara, ay, pegada a la nuestra.

 

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Salió fuera llevando…(Jn 19, 5).— Mezcla inefable de coacción violenta y rendido abandono. ¿Lleva estos aparejos porque le obligan o los asume por lo que significan, más allá de su carácter infamante? En Él puede más su realeza que la farsa con que intentan anularla. Es tanta su majestad, que los signos empleados para ultrajarla la testifican. Cristo hace que los símbolos ignominiosos (corona, andrajos, caña) se desdigan de su significado y proclamen, con hiriente lucidez, justo lo contrario: la augusta soberanía del Redentor.

 

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Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena (Jn 19, 25).— El moribundo parece solo, pues la muerte misma es la forma máxima de soledad. Pero las tres Marías le asisten iuxta crucem, iuxta mortem: en la orilla de acá de la vida, en el borde mismo, allí donde la barca del que muere suelta amarras y se va…

 

Porque asistir es más que despedir. Es participar misteriosamente en la muerte del que muere. Si el niño nace en y desde una mujer, ¿no es lógico que también desde una mujer iniciemos el viaje definitivo?

 

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Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 27).— Ahí te doy de quién nacer y de dónde comenzar. Ahora que acabo mi vida te doy su comienzo. Ahí tienes mi origen, para que llegues a mi fin.

 

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Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 27).— ¿Y dónde está la otra madre de Juan? Ahí mismo: es Salomé. Y seguro que aceptó con agrado ser reemplazada por María.

 

En María están todas las Salomés. Todas las madres de la tierra prolongan y acrecientan su maternidad en María, y a través de María quieren más y mejor a sus Juanitos. En María San Juan no sólo recibe a su madre Salomé sino a todas las madres del mundo.

 

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Tomaron su ropa e hicieron cuatro partes (Jn 19, 23).— Sin embargo no puedes repartirte a Cristo,: o lo tomas o lo dejas, pero siempre entero.

 

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Hicieron cuatro partes (Jn 19, 23).— Reducir para dominar; partir y sortear, para poseer.

 

“Más vale túnica en mano que mesías volando —dicen los pragmáticos—. La teoría está en la Cruz, la práctica está aquí, entre nuestras manos”.

 

Muchos listillos de este mundo razonan del mismo modo.

 

“Lo que me dices de Dios, de la santidad, del sacrificio, me parece muy bonito pero a la hora de la verdad, en la práctica, todo se queda en un poco de ropa, y además manchada”.

 

Prefieren lo que agarran con sus manos, aunque sean despojos, que abrir el corazón, aunque sea a la verdad.

 

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¡Revestíos de Cristo! —dice san Pablo (Rom 13, 14)—, cubríos con su Sangre redentora.

 

¡Pobres desgraciados, estos hombrecillos al pie de la Cruz! La sangre que les juzgará en el último día, la que acusa y oprime sus conciencias, se la visten. ¡Ay del hombre vestido de Cristo pero sin Cristo!

 

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Echemos suertes para ver de quién será (Jn 19, 24).— Los dados y la Cruz: el juego de los hombres y el de Dios. Él juega con ventaja pues sabe qué pasará, pero a diferencia de nosotros, Dios no apuesta algo sino todo: se entrega para que lo ganemos.

 

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Uno de los soldados le abrió el costado (Jn 19, 34).— Este soldado quiere dejar “su marca” personal, culminar con “su firma” la horrible obra de esta tortura.

 

“Por aquí pasé yo” escriben los gamberros en las paredes de los monumentos o en la corteza de los árboles. Sí, Jesús, justamente por aquí pasé yo, aquí estuve…

 

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En la Pasión del Señor se confabulan todos los pragmáticos biempensantes.

 

Hagamos cálculos, señores —dijeron los pontífices—, es mejor que uno muera por el pueblo, pues de ese modo quedamos los demás, que somos más cantidad (cf Jn 11, 50).

 

Seamos realistas —dijeron los previsores—,  si no acabamos con éste vendrán los romanos, destruirán nuestro lugar y acabarán con nuestra nación (Jn 11, 47).

 

Promovamos la concordia, la paz y la unidad —dijeron los políticos—, que el mutuo aprecio presida nuestras relaciones. Y entonces Herodes y Pilato se hicieron amigos aquel día, pues antes eran enemigos entre sí (Lc 23, 12).

 

Seamos serios por favor, —exclamó Pilato—, yo fundo mis decisiones en pruebas rigurosas, no en mojigaterías mujeriles.  Y apartó a su esposa que venía diciendo: no te mezcles en el asunto de ese justo; pues hoy en sueños he sufrido mucho por causa suya (Mt 27, 19).

 

¡Seamos tolerantes! —se dijo Pilato—. Yo sé que es inocente, por supuesto, pero no voy a imponer mi moral privada al pueblo, que me grita lo contrario.

 

¡Seamos clementes y benévolos! —suplicaba la multitud—. ¡Pobre Barrabás!, en el fondo es un buen chico.

 

Seamos científicos —gritaban los espectadores—, atengámonos a la demostración empírica del dato. Que baje ahora de la cruz y creeremos en él (Mt 27, 42).

 

Seamos fuertes y varoniles —exhortaban los oficiales—, duro con él, no os dejéis ablandar por estas lloronas, ¿qué esperáis que hagan, si son mujeres?

 

La justicia, qué gran virtud —exclamaban los soldados—; repartamos, por consiguiente, sus ropas de forma equitativa.

 

Obedezcamos como Dios manda —decían los diligentes guardianes—, dejar las cosas a medias es una chapuza. Y se sentaron al pie de la cruz, a vigilar que el reo agonizara con la debida lentitud (Mt 27, 36).

 

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Era discípulo de Jesús, aunque ocultamente por temor (Jn 19, 38).— Discípulos secretos: uno pide el permiso, otro trae ungüentos. Lo escondido sale a la luz. Oculta en la tierra, la semilla ha tardado en despuntar y ahora asoma, tímidamente.

 

La fe germina inopinadamente, cuando parece demasiado tarde.

 

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Aunque ocultamente por temor (Jn 19, 38).— Lo temes pero lo escuchas; lo niegas pero lo sigues; lo evitas pero lo observas. Gancho inesquivable, la verdad involucra, pringa, constriñe, desenmascara. Te metes de puntillas y al punto pierdes pie y tienes que nadar. Temes ahogarte pero te adentras en el lago. Temes lo que haces pero insistes en hacerlo…

 

¿Qué tiene Cristo-Maestro que puede con lo más inexpugnable de nuestro corazón, que es el temor?

 

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Ocultamente… Hay muchos Nicodemos y Arimateos agazapados. ¿Dónde están? Como la crisálida en su capullo están madurando su trasformación…

 

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Una mezcla de mirra y áloe (Jn 19, 39).— Lo primero que encontrará al resucitar serán estos perfumes y estos lienzos: el contacto de los que le aman, las caricias piadosas y bienolientes de sus fieles. Y así por siempre.

 

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El Cuerpo del Señor exhala el bálsamo de la esperanza que nos preserva de la corrupción, a nosotros, que somos sus miembros.

 

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El Cuerpo de Cristo, o sea la Eucaristía, huele a eternidad. La resurrección futura flota entre nosotros como un perfume. Se presiente, inaprensible inquietante, y  nos cautiva como el amor, que es el aire que respira todo enamorado.

 

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María de Betania unge muerto al que un día lo ungió vivo. Completa ahora lo de entonces: Al derramar ella sobre mi cuerpo este perfume se anticipó a mi sepultura (Mt 26, 12). Porque el perfume se difunde a entrambos lados de la muerte. Acá ya se huele lo de allá.

 

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…Niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame (Mt 16, 24).— La santa Cruz se presenta de muchas formas, casi siempre ordinarias y discretas:

lo que irrita

lo que aburre

lo que incordia

lo que cansa

lo que impacienta

lo que desazona

Con dignidad y elegancia, la Santa Cruz se viste de mil maneras:

el desplante

la grosería

la indiferencia

la calumnia

la ingratitud

Bella y original, la Santa Cruz convierte en adorno hasta lo más feo:

el apuro económico

el agobio laboral

la falta de salud

la escasez de tiempo

el problema familiar

el quedar mal

Como Reina que llama a mi puerta, que yo reciba, Señor, tu Santa Cruz, con todos los honores.

 

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