Colaboraciones

17 diciembre 2006

 

 

Emaús...hoy

 

Quería ver el mar. Deseaba estar unos días frente a  su inmensidad  para repasar escenarios. Para hacer un examen de conciencia puntual: ensimismarme en busca de sosiego en contrapartida a tanta ansiedad. También para grabar a fuego en el alma la frase de aquel amigo que, contestándome un mail, me recordó aquello que no se debe olvidar: “Cristo ya venció”.

 

Traigo esto como referencia a la actualidad del Evangelio y a la irresistible realidad de Emaús. Siempre volvemos a andar y a desandar ese camino. Inagotable se presenta el relato evangélico –no podría ser de otro modo- para la reflexión diaria, especialmente en estos tiempos de crisis.

 

Hoy nos asaltan malas noticias: un pueblo “católico” legitimiza votando a los personeros de la ignominia y de la muerte, de la abominación del templo y de la desolación. Se podría decir de ellos que “no sirven ni para la tierra, ni para el estercolero” (Lc 14,35).

 

Entonces parecemos andar por aquel camino junto a los discípulos cargando el fardo de una dulce esperanza, desvanecida ante el trono misericordioso de la Cruz. Conversamos y discutimos entre y con nosotros, hasta que Jesús, en Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad se aparece a nuestro lado para reprocharnos: “¡oh necios y tardos de corazón...! (Lc 24,25).

 

Es justo ocuparse de los males que cercan a nuestra patria haciendo el trabajo ordinario, cara a Dios, por puro amor y para la salvación de las almas. Es necesario levantar la voz en defensa de la vida desde la concepción, del matrimonio, del bien común, de la libertad religiosa. Pero no es bueno todo esto a costa de inquietarse opacando nuestra alegría interior que brota de sabernos Hijos del Padre y herederos del Cielo,que El nos tiene prometido.

 

En Emaús Jesús explica las profecías. De tal modo las manifiesta hasta su culminación en el calvario, que las almas mustias de aquellos discípulos (tantas veces como las nuestras) se tornan sedientas. Lo fuerzan a quedarse con ellos haciendo oración: “Quédate con nosotros, porque es tarde y ya ha declinado el día” (Lc 24,29). Ya con anterioridad, en la Cruz, Dimas se había robado un lugar en el Reino, orando.

 

Será la oración nuestro Emaús, nuestro camino diario, lugar de encuentro en la partición del Pan y en estos tiempos principalmente difíciles ya en la gran ciudad o en la soledad abismada de la noche frente a una playa sin voces humanas, más que el conjunto de sonidos propios de la Creación, porque “no ha quedado nada fuera de su dominio”(Hebreos 2,7).

 

Carlos BOCKOR

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 25/10/2005

 

 

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