Colaboraciones

17 diciembre 2006

 

 

C.S. Lewis sale del armario

 

 

 

 

En estos últimos años estamos recibiendo la visita literaria de Harry Potter, el aprendiz de mago que piensa y vive según criterios y costumbres esencialmente inglesas, a pesar de lo que muchos dicen sobre sus vínculos con la New Age o cierto pensamiento mistérico. Pero la tradición en la que se encuadra Hogwarts no es, ni de lejos, la de Tolkien, como algunos han escrito, sino la de aquellos maravillosos Cinco y Siete Secretos, de Enyd Blyton; la de los Hollister; o la de los relatos de misterio de Los tres investigadores. Una tradición que sabe a college inglés, que huele a madera y a hierba húmeda, a aventuras apasionantes en las que la magia se entiende como parte esencial de la vida cotidiana. Esa noción de una magia profundamente enraizada en la cotidianeidad es herencia, a su vez, de Chesterton y los autores victorianos y, más atrás, se remonta a Walter Scott, los Románticos y hasta la materia de Bretaña artúrica. Entronca con una época que se hunde en las brumas de la Isla Bienaventurada, en una época en que vida y misterio eran una y la misma cosa. Nos remonta al inicio de todas las cosas que valen la pena.

 

C.S. Lewis (1898-1963) ha sido uno de los grandes hombres que vivió el apasionante y terrible siglo XX. Intelectual y escritor, converso y apologeta del cristianismo, Lewis (Jack, como le llamaban sus amigos) construyó un particular imaginario de profundas raíces inglesas. Cincuenta años después los tiempos han cambiado. La vida ha ido perdiendo, al menos a primera vista, su inmediatez mágica, su radical carácter sobrenatural. Parece que lo prosaico se va imponiendo, como una marea aparentemente imparable, que arrasa a su paso modos de vivir la existencia mirando arriba —al Cielo— y adentro —a la propia alma—. Y ahí es donde autores como Tolkien y Lewis aportan su luz. Ellos alumbraron mundos que son el de todos los días, transfigurados por la mirada amable y esperanzada de quienes están convencidos de que «no todo lo que es oro reluce» —como Aragorn—, de que hay en la realidad más de lo que aparece a los ojos —Frodo o Sam— y que, por eso mismo, hay que educar la mirada, para que el ser humano aprenda a descubrir la verdad que esconden las apariencias, la Magia de la vida y la verdad inscritas en cada ser humano.

 

Las Crónicas de Narnia constituyen un ejemplo egregio de este concepto de magia y vida como planos existenciales yuxtapuestos, paralelos, donde uno sirve de umbral para el otro. Los siete libros que componen la serie fueron escritos por Lewis desde finales de la década de 1940, prolongándose durante la siguiente. Algunos episodios y nombres muestran la influencia de ciertos pasajes de El Señor de los Anillos, obra que por entonces se encontraba en avanzado estado de redacción y lectura pública en las tertulias de los Inklings, en diversos pubs y colleges de Oxford. Con todo, las fuentes en las que Lewis bebe se me antojan más vinculadas al mundo de las “hadas” victoriano, a la tradición tardomedieval de criaturas que habitan el mundo mágico, que a los caracteres inspirados en la tradición del Norte de Europa que hollan los senderos de la Tierra Media.

 

Ahora, Disney ha puesto sus ojos en Narnia. La carestía de ideas que aqueja a Hollywood ha forzado a los guionistas a mirar más allá de las fronteras de los paupérrimos Estados Unidos, en busca de algo que valga la pena contar. Tolkien y Lewis les han salvado... de momento. Y si El león, la bruja y el armario, que se estrena el próximo 9 de diciembre, no deriva hacia lo mera y exclusivamente espectacular, es posible que podamos disfrutar de la alegoría de esta historia que trata, sobre todo, del sacrificio y la redención por amor. ¿Les suena? A mí sí, pues no se trata de fantasía. Antes bien, es la vida real. Palabra de Aslan.

 

Eduardo Segura. Profesor de Humanidades en la UCAM, traductor y biógrafo de Tolkien.

 

 

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