Colaboraciones

14 enero 2007

 

 

Apuntes de una madre de familia numerosa

 

 

 

Ni me realiza ni espero redención por mi trabajo como madre de familia. Casi es una forma de condenarse (es broma) porque ¡sale cada cosa de uno! Lo reconoces como "lo tuyo", no lo que te toca, sino lo que quieres de verdad, porque no imaginas nada mejor que lo pueda sustituir. A pesar de la falta de "comodidades" como las vacaciones de verdad, los descansos auténticos, las conversaciones eternas que solías tener con tu marido cuando erais novios (que además incluían un montón de temas, no sólo los niños, el trabajo o el dinero). Es curiosa la forma tan natural de aceptar que esta es ahora tu vida y que, además, es la perfecta.

 

Recuerdo alguna ocasión (una o dos, no más) en la que hemos estado lejos de casa un par de días y, sobre todo yo, ya estábamos nerviosos por volver. Es como si no hubiera marcha atrás. Te has metido en algo que exige todo de ti y no queda más remedio que darlo, aunque te enfades, aunque te pongas como una fiera, o  a veces se te acabe la paciencia, o llores. Pero, si no respondes a esa exigencia y no te entregas del todo, entras de lleno en algo que se debe parecer bastante al infierno. Al fin y al cabo, es cuando te sientes más vivo: la felicidad, cuando se paladea, sabe mejor que nunca; las tristezas, cuando se sufren, se sienten de otra manera porque, aunque a veces lo parezca, no se viven en soledad y tienes alrededor gente que te recuerda, permanentemente, que está pendiente de ti, y que además  hay Alguien que te acompaña. Ese recuerdo no se produce, muchas veces, porque ellos te lo digan con sus palabras. Simplemente, les miras (viéndoles de verdad) y... ahí está, el milagro. Si no, todo esto no hay quién lo aguante. De verdad que no sé cómo puede funcionar el mundo sin Fe. 

 

¿Descansar? He "descansado" hoy rodeada de un montón de churumbeles que no paran de dar gritos, y que acaban de romper la luna de un espejo gigante (¡gracias a Dios no les cayó encima!, aunque todavía no entiendo cómo lo hicieron), y comenzando las obras de unas inmensas goteras en las paredes, y... En fin, lo normal. ¡Como para tener tiempo de pensar en lo que me gustaría! Además organizar mi trabajo profesional. Cuando paro, entre gritos y castigos a los niños, me da la risa floja. Pero soy feliz. Somos felices. De verdad.

 

Ya vendrán ratos mejores... ¿Relajada? De relajada, nada. Voy como una moto en todo, con el corazón en la garganta. Pero ya pasará. Intento ver las cosas con los ojos de mis hijos, con abandono (en el mejor sentido), respondiendo a lo que se me pide confiando plenamente en que es así por algo que ahora no comprendo, pero que (si Él lo "dice") está bien. Aunque me pillo cada cabreo y cada "llorera" difícil de imaginar. Vale la pena y no me cambio por nadie.

 

Desde luego, para mí no hay duda: mi felicidad y mi vida pasan por mi familia. Pero tengo que reconocer que, antes de convertirme no pensaba así. La vida, hoy en día, sin fe, es imposible que tenga sentido. Y lo dice una que sabe bien de lo que habla, que puede comparar lo que es "sobrevivir" cada momento, o "requetevivirlo". Aunque no sé si me explico. Estamos educados para pensar que el dolor, las preocupaciones, el esfuerzo, la responsabilidad, el compromiso real con cualquier cosa o persona son algo a evitar. Porque ¿para qué asumir todo eso si puedes crearte un "mundo" a tu imagen y semejanza, a medida, cogiendo sólo lo que te interese de la realidad y obviando el resto?

 

Y es muy duro caerse del guindo para darse cuenta de que estás mucho más vivo de lo que pensabas; que hay cosas, dentro de ti, que ni imaginabas que pudieran existir y que te hacen mucho más poderosa, y a la vez más frágil. Pero ese poder, como todos los poderes, te exige un esfuerzo extra de responsabilidad y de compromiso que no estamos acostumbrados a realizar. Me cuesta mucho sobrellevar el día a día pero, gracias a Dios, creo que tengo la mejor vida que jamás pude imaginar. Y cada día estoy más segura de ello. Sin Él, tengo que reconocer que no podría.

 

En fin. Ahora mismo estoy en una etapa en la que se me presentan todos los topicazos de las mujeres que trabajan fuera de casa y tienen hijos, cosas que había oído durante años sin prestarles demasiada atención y que, en el fondo, me parecían exageradas. Una vez más, el Señor me hace el gran favor de ponerme en mi sitio. Y, aunque agobiada, me hace muy feliz comprobar que no se olvida de mí y continúa enseñándome a ser mejor persona y a VIVIR, con mayúsculas. Descubres y comprendes tantas cosas, buenas y malas, de ti y de la gente que te rodea, que lo que te va pasando se convierte en un privilegio.

 

Rezo mucho para que la gente que quiero y tengo cerca también se "caigan del guindo". No sólo porque me gustaría verles "al otro lado", sino porque quiero verles aquí tan felices y tranquilos -aunque agobiados- como yo.

 

Bueno, pues ya me he desahogado.

 

 

LUISA MORENO

 

  

 

 

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