Colaboraciones

17 diciembre 2006

 

 

María

 

  

María, Madre del Señor y Madre Nuestra:

 

Hoy me dirijo a ti para presentarte una petición algo extraña y tal vez incongruente, cosa harto normal entre las características que acompañan a mis habituales súplicas.

 

Como no eres ajena a mi torpe entendimiento, excusarás  mi expresión oscura y la lentitud de mi sesera a la hora de expresarte tales sentimientos.

 

Tú que tan bien me conoces sabes que nada hago a derechas sin tu ayuda y consejo.

 

¿Quien mejor que una Madre perdidamente enamorada de sus criaturas para ofrecerme la mejor opción?

 

Debo admitir con tristeza que te conozco desde hace poco tiempo. Pero bueno, mejor tarde que nunca, Madre… Lo importante es que hoy por fin sé lo mucho y bien que conoces a tus hijos, y lo extraordinariamente eficaz que eres para demostrarles tu amor maternal.

 

De esta gran ventaja no gozaba en el pasado, pues dado mi atroz agnosticismo, toda Tú eras una  distante incógnita en mi vida. Y por ello viví con tropiezos y las heridas tardaban años en cicatrizar.

 

Vaya idiotez y cuanto tiempo perdido… ¡La cantidad de lágrimas que me hubiera ahorrado si hubiera sabido que existías!

 

Mira…, me viene ahora a la cabeza aquella trifulca que tuve a causa de mi primer amor de adolescencia. ¿Te acuerdas de cuando me dijo aquel muchacho que no me quería? ¡Vaya la que armé! Lloré, le insulté, pegué un portazo en la puerta de mi dormitorio y maldije el día que aquel pobre chico se había cruzado en mi camino. Y como consecuencia de mi rabieta y malos modales, encima mis padres me castigaron sin salir un par de fin de semanas.

 

Pero, claro, es que entonces yo no te conocía, Madre. Con esos dieciséis años llenos de pájaros en la cabeza y tantas bobadas rondándome el corazón, no me había planteado que el amor que perdía lo podía recuperar con tu consuelo de Madre, en tu sonrisa o con tu compañía. Porque yo no te prestaba atención.

 

Así son muchos jóvenes y así era yo. Ciega, atolondrada y necia.

 

Luego llegaron tiempos difíciles: universidad, interminables exámenes, pruebas intelectualmente complicadas, otros novios y muchas salidas. Y también penas. De esas muchas…

 

Pero, ¡ay!, triste ceguera la mía. Tampoco durante esos años tuve la bendición de descubrirte.

 

La vida siguió andando hacia delante y los malos momentos se transformaron en peores.

 

Y así llegó uno de los sucesos que más han marcado mi corazón y que tantas lágrimas me ha hecho derramar.

 

Mi querido y admirado padre fue engullido por una terrible enfermedad que lo llevó al cielo en seis meses.

 

Seis meses… Sólo seis pude disfrutar de él desde que le diagnosticaron su triste padecimiento. ¿Y para qué los utilicé? Pues para enrabiarme contra el mundo, dejarme invadir por la ira y desembuchar miles de obscenidades contra la vida misma.

 

Creo que fue entonces cuando miles de preguntas me comenzaron a enturbiar el alma. ¿Era acaso posible que un Padre Eterno fuera capaz de robarme al ser que más amaba en el mundo? Si tanto sufríamos y tan injusta era la llegada a nuestras vidas de tal infortunio, seguro que entonces no podía haber un Dios…

 

¡Pero cuan equivocada estaba, Madre!

 

Mi padre tan amado subió al cielo, pasaron los meses y un buen día me di cuenta de que tampoco la vida trataba bien a mi madre. Al fin la enfermedad la había visitado también. Claro que hoy aún, después de 24 largos años, sigue visitándola.

 

Su enfermedad de llama “Alzheimer”, y tiene los dientes bien hincados desde esa eternidad en su cabeza, cuerpo y corazón.

 

Mi relación con Dios Padre y contigo, se volvió a consecuencia de tanta desgracia en algo casi inexistente…

 

No podía entender y no sabía explicar tanto dolor. Si Dios existía, ¿porqué trataba con tanta indiferencia a sus criaturas? ¡Ah! No había cabida en mi entendimiento humano tanto desprecio por parte de un Padre del que me decían que me amaba con locura…

 

¡Qué buena eres Madre! Y es que a pesar de mis rechazos y negro corazón, Tú rondabas ya mi vida. ¡Y cómo! Yo diría que con extraordinaria fuerza y cabezonería por tu parte. ¡Menuda eres Tú para dejar que tus bebés caigan en la desesperanza o en los peligros!

 

Paciente, tierna y tenaz, habías observado a tu niña desde siempre. Y habías hecho algo mucho más difícil: me habías adoptado como hija muy amada, respetada y cuidada, aunque me hubiera empeñado en expulsarte de mi corazón herido. ¿Y qué madre es capaz de recuperar a una hija cuando a esta no se le antoja reconciliarse? Sólo tú Madre, eres capaz de algo así.

 

Aún hoy no entiendo qué es lo que me pasó.

 

Después de pensarlo mucho he concluido que alguien desde el cielo debió de orar por mi. ¿Fue quizá mi querido padre humano? Sí, debió ser él, porque amándome como lo hacía y viviendo ya  en el cielo, para él no fue difícil darse cuenta del gélido estado con el que trataba al que debe ser Amado entre los Amados; a ese Jesucristo a quien un día asesiné junto a toda la humanidad y que no debe ser más que el centro de todo y de todos. Pobre papá… Se le debieron poner los pelos de punta…

 

“¡Haz algo con esta hija mía!”, debió gritarte. Y como en el cielo todos estáis muy juntitos, le debiste oír con claridad. Así que respondiste, como haces siempre…

 

Madre: aún no sé lo que me hiciste. Sólo que un buen día decidiste, por fin, dejarme sentir la llama de tu amor dentro de mi corazón. Fue sólo un segundo, ¡pero vaya segundo, Mamá!

 

Andando en plena calle y bajo el sol y la suave brisa de un mayo cualquiera, noté que se me posaba esa pequeña llama de Amor infinito sobre mi alma, así suavecito, como se besa a un recién nacido en la frente. Tan chiquita era que hasta te lo agradezco, ya que dada su consecuencia en mi vida, de haber sido más grande me hubiera matado de alegría.

 

Y entonces, este torpe intelecto del que te hablaba, empezó a echar alguna que otra lucecilla sobre la realidad de tu Omnipotente Existencia como Madre de todos los hombres, y eso me incluía a mí a pesar de ser la más torpe, ciega y necia entre tus criaturas.

 

Y así entendí que esa Existencia era algo vivo, latente y perfecto.

 

¡Qué vergonzoso descubrimiento saber por fin que nunca me habías abandonado! ¿Cómo había podido estar tan alejada de tu realidad de Madre? ¡Cuánto amor sintió entonces mi alma al ser bendecida con tales inexplicables entendimientos!

 

El gozo era tan infinito y sobrehumano, que pensé que era mejor morir que vivir con la tozudez que tanto me había acompañado durante mi vida.

 

¿Cómo el ser humano puede ser tan débil y vulnerable? Dios se lo ha dado todo y sin embargo utiliza su propia inteligencia para alejarle de su felicidad. Como si fuera de listos “matar” al Ser Infinito, al que más nos Ama, a quien más nos da.

 

¡Torpe, necia y débil es la razón humana en menesteres divinos! ¡Y qué bruto fue Adán metiéndonos en este lío!

 

Y así, poco a poco, (y como tampoco es de inteligentes suicidarse para intentar alcanzarte por la vía rápida), me sometí a ese amor tierno e infinito de Madre que tú te empeñaste en plantar en mi corazón durante ese leve e intensísimo segundo.

 

Ya te lo decía al empezar esta carta, como soy torpe y corta de sesera he necesitado algún tiempo para analizar este gran regalo. Pero no he perdido el tiempo, no, porque Tú, con ese amor inconmensurable de Madre, me has ido haciendo entender con la mayor de las dulzuras que nada importa más que el conocimiento y la entrega absoluta y voluntaria a tu Hijo y Señor.

 

Ahora sigo teniendo problemas, vaya, pues como todo el mundo. Pero mis problemas nada temen porque te siento a mi lado sea noche o aurora. Y nada temo Madre, porque sé que tú me vigilas y acompañas.

 

He aprendido a conocerte, a amarte y a entregarme a ti. ¡Y qué sorpresas me ha traído ese precioso y dulce conocimiento!

 

Como nunca acabaría de enumerar tantas virtudes de Amor, sólo diré que desde que te conocí ya no te digo que tengo un gran problema, sino que le digo al problema que tengo una gran Madre. Y que tiemble…, porque es mucho más fuerte que el primo de Zumosol.

 

Ya te lo decía al principio de nuestra charla…: soy corta de entendimiento, y por eso ahora se me ha olvidado lo que te quería pedir.

 

Pero, bueno… No importa. ¿Cómo va a importar si sé que Tú sí lo recordarás y te encargarás de solucionar aquello que me turba? Y es que en tus manos estoy protegida, porque eres mi Madre… La más amorosa, poderosa y bella de todas las Madres.

 

 

Mª VALLEJO-NÁGERA

 

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