Colaboraciones

17 diciembre 2006

 

 

Utilidad de los principios

 

 

De tanto en tanto, no deja de oírse alguna voz, ya sea manera genérica, ya sea con ocasión de una ley que haya de vo­tarse en el Parlamento, que des­califica como políticos a aquellas personas que tienen fe religiosa, o les recomienda que dejen inoperantes los contenidos de su fe en su actuación parlamentaria o pú­blica. E1 escéptico desconfía de quien tiene la confianza que él no posee.

    

La toma de decisiones o el aná­lisis de los fenómenos sociales no es neutral nunca; ya que presupone ­un saber, un conocimiento, un enjuiciamiento de lo bueno y de lo malo, unos determinados ­valores que sirvan de pre­supuesto para llegar a conclusiones. Todo ello desde cualquiera que sea la posición ideológica o cultural del sujeto: marxista, humanismo cristiano o desde el ateís­mo o el capitalismo más radical.

 

Las conclusiones serán iguales o distintas, pero el «a priori» de neu­tralidad no se da en la realidad. ¿Cómo es posible que aquello en que una persona cree y es parte de su vida sea dejado de lado? Quien cree en el riesgo de la eternidad de la vida, sin duda tiene un modo de ver las cosas, de actuar, diferente de quien piensa que su vida concluye en esta tierra. ¿Es posible que en el momento de emi­tir un juicio no se piense en aquellos valores que se consideran fundamentales?

 

La acción política se desarrolla en un contexto social concreto, donde cada miembro de la comunidad tiene sus intereses y con­vicciones; y es en esas condiciones donde la pluralidad se desenvuel­ve. Intentar eliminar una parte de esa pluralidad es antidemocrático. Tenemos experiencia de lo que acontece cuando se reprimen los juicios de valor.

 

El cristianismo es parte de nues­tra cultura europea; pero también es cierto que esta época está sien­do marcada por una cultura racionalista, muy a menudo perme­ada de materialismo. Una cultura impregnada de relativismo militante que ve como un «enemigo» a quien esté convencido de que al­go es bueno o malo. Dicho de otra manera, una estrategia –nada neu­tral– de alejamiento del humanis­mo europeo de inspiración cris­tiana, para afirmar un poder vacío de contenido ético objetivo, para imponer arteramente la propia ideología agnóstica o atea bajo ca­pa de un difuso humanismo.

 

Se confunde con frecuencia, quizá intencionadamente, creencia religiosa con intolerancia. Cierta­mente hay que evitar el fanatismo o el sectarismo –manifestados en posturas tan opuestas como el laicismo o el clericalismo–, y vivir la tolerancia que la sociedad reclama.

 

Política y religión deben mantener su propia autonomía. El fin de la prudencia política es la configuración y ordenación de la convivencia del mejor modo posible en esta sociedad, aquí y ahora. La religión busca la felicidad eterna del hombre, sin olvidar la terre­na. Ello no quiere decir que la polí­tica no tenga relación con la reli­gión ni con la ética, ya que las tres confluyen en el hombre concreto; sino que los modelos de ordena­ción justa de la sociedad son plurales y que solamente desde ese ar­te práctico que es la política pue­de obtener su propia inspiración para conseguir un ideal político, entendido como fin; eso sí, sin conculcar los valores superiores del hombre.

 

De otro lado, Dios sigue ocu­pando un lugar muy importante en los hombre de este siglo XXI, como lo prueba el que sea tema frecuente ¾no siempre positivamente¾ entre los libros que se publican. Uno de estos autores, Paul Johnson, periodista e historiador británico, ha dicho que «la historia del gé­nero humano enseña que no po­demos vivir sin creer en algo: la falta de creencias nos es insoportable». Incluso la relación entre re­ligión y medicina es objeto de es­tudio científico, concluyendo que aquellas gentes que van a la igle­sia o a la sinagoga regularmente tienen más salud física y mental, y disfrutan de más saludables sis­temas inmunes; o que aquellos pacientes que eran capaces de encontrar fuerza en sus creencias re­ligiosas experimentan una tasa de supervivencia tres veces superior a sus colegas agnósticos.

 

El griego Atenágoras, afirmaba en el siglo II que sus coetáneos cristianos si bien no sabían hacer bellos discursos, sabían con sus ac­ciones mostrar la utilidad de sus principios a través de sus obras buenas. Quizá nos haga falta algo de todo esto.

 

Agustín Pérez Cerrada

 

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