Amistad de calidad

06 septiembre 2008

 

 

 

ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL

 

Oveja y pastor

El diálogo confidencial

Veracidad

Dirección y docilidad

Escuchar a fondo

Dar y recibir consejo

El consejo femenino

 

 

 

Oveja y pastor

 

 

Las ovejas no tienen riendas ni ronzal. Si siguen al pastor es porque reconocen su voz (Jn 10, 2). Él no “tira” desde fuera sino que, mostrándoles la verdad, las atrae desde dentro.

 

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Las ovejas le siguen porque conocen su voz... (Jn 10, 4).— En el terreno espiritual borrego y oveja son especies distintas. El borrego es gregario, pasivo, acrítico, sumiso: piensa con ideas prestadas; no escucha: imita; se aviene mansamente a lo que otros deciden; va adonde ellos. Disfruta en el blando y fofo anonimato, donde nadie tiene rostro ni nombre ni palabra ni vocación...

 

Pero en la fauna espiritual, como digo, el borrego no tiene nada que ver con la oveja: las ovejas escuchan su voz ... las llama por su nombre y las saca fuera (Jn 10, 3). El Buen Pastor las saca del anonimato pronunciando su nombre: cada una es única, vale por sí misma, es alguien ante Dios, llamada por Él. Para Cristo cada persona es un tú irrepetible. Lo que distingue, pues, a la oveja de la parábola es que escucha, o lo que es lo mismo, es persona.

 

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Las conduce fuera... (Jn 10, 3).— ¿Fuera de dónde? Fuera del cerco de la conversación trivial, la valla pinchosa de los prejuicios, el establo estrecho de las ideologías, la cueva lóbrega del resentimiento, la pocilga inmunda de la obscenidad...

 

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… porque conocen su voz (Jn 10, 4).— Es distinto “entender” las palabras que “reconocer” la voz. Las palabras transmiten ideas, en la voz, en cambio, está toda la persona, es como su “rostro sonoro”. Si voy a donde el Pastor va, acabaré entendiendo lo que dice. Para saber el “qué”, primero hay que acertar con el “quién”.

 

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La carga sobre sus hombros (Lc 15, 5).— Aunque en sus hombros sólo cabe una, su corazón las abarca a todas. Tomando a esta única, el Pastor se echa a cuestas al rebaño entero.

 

Así sucede en tu familia, tu pandilla, tus colegas: en el más débil, molesto o ingrato es donde curas y sostienes al resto.

 

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Deja a las noventa y nueve y va en busca de la perdida… (Lc 15, 4), o lo que es lo mismo: desecha la abstracción y elige la concreción; descarta el número, la consideración genérica, para dedicarse al hombre único y singular; deja el “quizá”, “tal vez”, “ya veremos” para ceñirse al “aquí y ahora”.

 

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El buen pastor no sabe contar. En cada una ve a todas y en todas ve a cada una. Para Él cualquiera de ellas es tan centésima como las demás.

 

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Si alguno entra por mí ... saldrá y encontrará pastos (Jn 10, 9). La verdad es el pasto de la libertad. Fuera del reducto borreguil del autoengaño, se extienden las verdes praderas de la sinceridad.

 

 

 

El diálogo confidencial

 

 

Tu alma tiene, como todas, su paisaje: vasto, inexplorado, recóndito. Hay mucho que recorrer sin salir de ti. Hablar contigo es ponerme en camino. Por lo que dices diviso allá, en lontananza, lo que amas. A trechos temo perderme, o tropezar ascendiendo tus alturas, o toparme con alguna alimaña agazapada, a pesar de ti, en tus espesuras. La distancia entre el que eres y el que esperas ser se me antoja imponente, ¿pero acaso no soy tu amigo? Yo, peregrino de tu corazón, ya he emprendido el viaje. Salvar tu distancia es salvarte a ti.

 

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A través de ti entro en mí. Cuando converso contigo me sorprendo llamando a mi propia puerta.

 

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Te felicito: conoces bien a tu amigo, tienes como un mapa de su intimidad: sus montes escarpados, sus barrancos profundos, sus bosques impenetrables, sus valles tranquilos... ¡Pero cuidado!: no te fíes demasiado de tu perspicacia. El mapa sirve para buscar el tesoro, no para sustituirlo.

 

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No te apresures a dar a alguien por conocido, no resuelvas su identidad en dos trazos, no lo encajes en un esquema trivial, no clasifiques al tuntún. Cuanto más simple es tu juicio, tanto más errado.

 

Acepta con humildad la complejidad de tu prójimo y sigue pacientemente las pistas que te llevan a él.

 

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¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (Lc 24, 5).— Quien busca un muerto nunca encontrará un vivo.

 

Así ocurre cuando en la conversación se interpone el filtro de la desconfianza, infestándola de prejuicios. Si de entrada das por muerto al otro, el que no sale de su tumba eres tú.

 

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Que los defectos propios o ajenos no te retraigan de la amistad, aunque a veces te repugnen. El diálogo salva este doble abismo. Allí donde se comparte la noche despunta la aurora.

 

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Las vidas se alumbran unas a otras. Escuchando la del prójimo descubres insospechados recovecos de la tuya.

 

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Sin humildad es imposible el diálogo, pues el verdadero preguntar es pedir, y el verdadero escuchar es recibir.

 

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Cuando callo, ¿no ves que lo que quiero, obviamente, es hablar?

 

Cuando me muestro frío y distante, ¿no es acaso para mendigar ternura?

 

Cuando te vuelvo la espalda indiferente, ¿es que no me sientes llamando a tu puerta?

 

Cuando te mando a paseo, irritado ¿no es eso pedirte, franca y directamente, que te quedes?

 

¿Cómo es que no te das cuenta? ¿No tienes ojos en la cara? ¿Cómo pasas por alto lo evidente, lógico y natural?

 

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Aprende a escuchar las preguntas que laten en las afirmaciones, y las afirmaciones que laten en las preguntas.

 

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Algunas personas sólo son profundas cuando hablan de cosas intrascendentes. Es una prueba más de que lo profundo está más en lo concreto (o sea, lo vivo) que en lo práctico (o sea, lo útil).

 

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El espíritu de la modernidad, ya tan decadente, nos ha hecho identificar “lo objetivo” con “lo real”. Y sin embargo el sufrimiento, por más que sea subjetivo, no es menos “real” que su causa. El que realmente conoce la enfermedad no es el médico sino el enfermo.

 

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Muchos identifican la hermosa noción de “concreto” con ideas como “útil”, “práctico”, “inmediato”: ¡craso error! Lo concreto (de concresco, crecimiento vivo y orgánico) es ante todo la persona, con las circunstancias que la sitúan aquí y ahora. Lo útil y práctico, en cambio, son los instrumentos que deben supeditarse a ella. En la civilización utilitarista sin embargo, donde tanto culto se rinde a lo inmediato, los medios avasallan con frecuencia a los fines, y la hipertrofia de los instrumentos devora a las personas, reduciéndolas a cosas.

 

Estemos prevenidos, pues contra el pragmatismo en nuestras relaciones sociales (citas, gestiones, planes, trámites, reuniones, negocios, campañas). Con pretexto incluso noble y elevado, el pragmatismo introduce un virus de abstracción que se opone directamente a la concreción viva de la persona. El peldaño, la palanca, la influencia, el incentivo, la eficiencia, el respaldo son todo cosas muy útiles y prácticas…pero nunca sustituyen al prójimo concreto.

 

 

Veracidad

 

La palabra sincera es la que, más que decir algo, dice a alguien. El hombre veraz se dice en lo que dice.

 

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Al orar no uséis muchas palabras (Mt 6, 7).— Lo mismo que con Dios, el diálogo con los hombres corre el peligro de la charlatanería. Quien habla mucho dice poco.

 

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Los respetos humanos consisten en preferir la seguridad a la verdad. Es evitar lo malo antes y más que procurar lo bueno. Y en esa preferencia de la protección a la promoción a veces late una raíz de mentira, acaso provocada por el miedo.

 

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En toda palabra humana hay un residuo de mentira, pues dice pero no da; es dato, no luz; informa pero no une; le sobra lengua y le falta verdad. Por eso dice el salmo omnis homo mendax, todo hombre es mentiroso (115, 11). Como la luna, toda palabra humana tiene una cara oculta. Sólo Dios, Sol de Justicia, es Verdad sin sombras y Revelación sin velo.

 

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Le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue (Mt 21, 29).— La sinceridad es germen de conversión. En el “no quiero” de este hijo está como en embrión su arrepentimiento futuro: en su “no” late su “sí”. Hablar cara a cara con su padre ya es ponerse en camino hacia su viña.

 

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Más vale un no sincero que un sí fingido. Aunque rechace tu propuesta, contradiga tu opinión, se oponga a tu voluntad, el sincero al menos te toma en serio como persona. Niega lo que dices pero afirma lo que eres.

 

 

 

Dirección y docilidad

 

La dirección o acompañamiento espiritual tiende de suyo a encarnarse en la amistad, o lo que es lo mismo, a cobrar rostro humano. Sin rostro no hay diálogo sino intercambio de datos. La orientación espiritual no acaba de imprimirse en el corazón hasta que brota del tú a tú, del diálogo cara a cara.

 

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El acompañamiento espiritual se inserta en el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Es un proceso que lleva a Dios reforzando al mismo tiempo los vínculos humanos. En él la amistad se intensifica humanamente, al tiempo que se cualifica sobrenaturalmente: con la cordialidad terrena crece la transparencia divina.

 

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Seréis mis testigos ... hasta los confines de la tierra (Hechos 1, 8).— Las almas, como los planetas, son redondas: nunca encuentras su límite, y después de mucho andar vuelves al mismo sitio.

 

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Tu amigo es la cometa que llevas por el aire. Te admiras de sus altos vuelos, mientras que tú, miserable, sigues ahí abajo, tan pegado al suelo.

 

¡Qué cosas tiene Dios! Aunque inferior en virtudes, talento, piedad, madurez, resulta que eres el instrumento para que tu amigo progrese y mejore y suba muy alto, hasta acercarse al Sol.

 

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“Cortar por lo sano” y “curarse en salud” son a veces subterfugios del consejero comodón, que elude enfrentarse al problema para ahorrarse el estudio, la oración y el compromiso.

 

Lo que en él parece sensatez en el fondo es miedo; su entereza no es más que superficialidad; su fortaleza es dureza.

 

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No es fácil hablar con quien cree saber lo que vas a decirle. Interpone un filtro por el cual sólo oye lo que cuenta con oír.

 

A menudo es síntoma de inseguridad: se resiste a oír lo que teme comprender, y prefiere la seguridad a la verdad.

 

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No es lo mismo operación quirúrgica que disección anatómica. Aquella actúa sobre los órganos vivos, los ve y siente palpitar, se hace a esa vida, aunque la desgarre y la haga sangrar. La mano del cirujano actúa en cierto modo como un órgano más del cuerpo que cura.

 

La disección en cambio da por muerto a su objeto, si es que no lo estaba, y por mucho que profundice lo más que consigue es una autopsia...

 

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Comprender no es tratar blando sino tomar en serio.

 

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Comprender no es satisfacer un deseo sino descifrar un significado. No es hacer caso, sin más, o dar consuelos, sino descubrir juntos lo que pasa, buscarle sentido. Y cuando esto ocurre, nuestro interlocutor nota unas ganas irreprimibles de mejorar.

 

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Me siento más exigido cuando me escuchan que cuando me reprenden (por más que la reprensión sea tantas veces saludable y caritativa). Me fuerza más la comprensión que la amonestación.

 

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En lo que cuento late lo que pregunto. En mi aparente seguridad disimulo mis vacilaciones. En mis afirmaciones escondo mis interrogantes: ¿qué te parece?, ¿qué me aconsejas?, ¿cómo actuarías en mi lugar?

 

No tomes, pues, tan al pie de la letra mis argumentos, ¿no ves que lo que intento es mostrarte mi intimidad?

 

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Rodeos.— Tratando de cosas íntimas es natural, incluso sano, andarse con rodeos. Cierto que los circunloquios, las evasivas, las indirectas son con frecuencia el subterfugio cobarde para rehuir la verdad, pero no hay precipitarse juzgando así. Tantas veces se trata de un noble y delicado pudor que en absoluto cierra las puertas de la intimidad: solamente pide al visitante que entre en ella de puntillas.

 

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—Déjalo estar, no te preocupes, son tonterías.

 

—Las “tonterías” son los matices y en los matices aflora la intimidad. Cuéntame, por favor, tus “tonterías”, con la necesaria amplitud y el debido sosiego.

 

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Eres muy amable: quieres que haga lo que tengo que hacer, esté donde debo estar y aprenda lo que debo saber; ¡te empeñas incluso en que vaya al Cielo!.

 

Muy bien, te lo agradezco. Pero además de todo eso, ¿te intereso algo yo?

 

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Hay quien pone un filtro a través del cual sólo oye lo que supone que el otro va a decir. En el fondo tiene miedo: teme oír lo que acaso no sepa comprender, y prefiere la seguridad a la verdad.

 

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Déjate de rodeos facilones y ve al grano. Retrasando ese consejo espinoso estás dañando a tu amigo, aunque parezca lo contrario.

 

Menos aspirina y más bisturí.

 

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Hay dos formas de relatar tus problemas. Una es como diciendo “hazme caso”. Otra como preguntando “¿qué me aconsejas?”

 

En esta última forma, la dialogal, te fías del que te escucha; en la otra, no sales de ti.

 

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Cuando el pragmático pregunta: “¿y eso en qué se concreta?”, en realidad quiere decir: “eso profundo que dices tú, tradúcemelo a algo superficial para que lo entienda yo”.

 

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Recibir una confidencia puede ser más meritorio que hacerla. Cristo se acerca a veces al que oye más aún que al que habla; su Amor no se revela menos en la escucha que en el consejo.

 

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A fuerza de repetir podrás grabar tu consejo en la mente del amigo, pero ¿de qué le servirá si no lo asimila mediante la oración y el estudio? ¿Y si le queda como esquema rígido e inerte, que se viene abajo a la primera dificultad? ¿Qué quieres darle, un motor fuerte o un chasis elegante?

 

Más que repetir ayúdale a profundizar, aunque sea tarea más lenta y ardua. Hacer-pensar vale más que insistir. Una raíz, por minúscula que sea, es más fecunda que cualquier viga de cemento.

 

 

Escuchar a fondo

[Hay que escuchar a fondo tanto a Dios como al prójimo. Ambas formas de escucha se compenetran y se relacionan entre sí íntimamente. En otras palabras, la oración es escuela de amistad, y la amistad pedagogía de la oración. Por este motivo lo que decimos a continuación a propósito de la amistad hay que unirlo con lo que exponemos en el apartado Escuchar a Dios (sección La plegaria y la ofrenda), pues ambos textos nacen de una misma experiencia, en que lo divino y lo humano se entrelazan]

 

 

 

 

No vayáis de casa en casa ... en la casa donde entréis, permaneced (Lc 10, 7).— Ten cuidado con esa cháchara insustancial, el palique donde todos hablan y nadie escucha, donde apenas se roza lo personal: ese mullido bullicio donde flotas a tus anchas, donde jamás sales de ti ni ingresas en tu prójimo... ¿No estarás aficionándote a tu propio calabozo?

 

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Tu amigo te aprecia más por lo que le escuchas que por lo que le dices.

 

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Tómate en serio al prójimo, no resbales sobre sus preguntas, no pases de largo ante su drama, no te hagas el longui: ¡entra!

 

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Comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse (Hechos 2, 4).— El Espíritu no sólo sugiere el qué sino el cómo de la conversación. ¡Y tantas veces el cómo (la lengua) es más elocuente que el qué (la materia o contenido)...!

 

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Escuchando ya dices casi todo: “Te creo, mereces mi atención, me interesa lo tuyo, supongo tu honradez, tienes lo que me falta...”

 

Escuchar es decir lo esencial.

 

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Es peor nacer sordo que ciego. El ciego no ve lo que oye, pero el sordo no sabe lo que ve.

 

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¡Deja ya de mandar mensajes!: ¿no ves que es hora de estudiar? Ofrece más bien por tu amigo este trabajo que te ocupa ahora, y surgirá con él un vínculo vivo, salvador, santo...

 

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Como el rostro de quien las pronuncia, las verdaderas palabras nunca se agotan.

 

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Las auténticas palabras son las ganadas fatigosamente al silencio, a la oración, al estudio. Las otras, voz sin verbo, ruido, son las “flotantes”, que se adhieren a la lengua tontamente sin pasar por el corazón, y a veces ni por el cerebro. Son palabras que apenas lo son.

 

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Cuanto más das lo que entiendes más entiendes lo que das.

 

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Dar y recibir consejo

 

 

Sufro dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gálatas 4, 19).— Aconsejar es alumbrar, o sea hacer nacer a alguien. Y esto implica a veces la dolorosa conversión del consejero. Hay que gestar en el alma no sólo el consejo, sino a la misma persona a quien queremos darlo, empleando tiempo, oración y mortificación.

 

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Detrás de mí viene uno más poderoso que yo (Mt 3, 11).— El verdadero consejo no es una ocurrencia feliz, sino que proviene de Dios: antecede al consejero y lo rebasa.

 

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Si quieres saber de qué he hablado pregunta a los que me oyeron (ante Caifás, Jn 18, 21)— Pregunta a mis testigos, pues te respondo en ellos. Son mis respuestas de carne y hueso a lo que tú me preguntas. Nunca llegarás a mí desdeñando a mis intermediarios.

 

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No todo consejo bueno es un buen consejo. Despachar indiscriminadamente, al tuntún, “consejos buenos” en el acompañamiento espiritual es señal de superficialidad, falta de oración, o quizá miedo. Y en cualquier caso supone no tomar en serio al otro.

 

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Compartir un problema es más difícil que resolverlo. Y más necesario. Pues para afrontarlo nadie te pide imposibles, para compartirlo muchas veces sí. La solución depende de tu talento, la solidaridad, en cambio, de tu fe.

 

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Hay dos modos de aconsejar a quien sufre: “quitar importancia” o “dar sentido”.

 

“Quitar importancia” es ayudar al amigo a distanciarse del problema, verlo fríamente, con objetividad, sin dejar que el sentimiento o la soberbia lo distorsionen. El que así aconseja lo que valora principalmente es la objetividad.

 

Quien “da sentido”, en cambio, se involucra en el problema del otro hasta el punto de sufrirlo con él: ¿Quién desfallece que yo no desfallezca? (2 Cor 11, 29). Sabe que el dolor nunca es un dato, sino un misterio; no un problema, sino un interrogante. Nunca dice “descríbeme exactamente lo que te pasa”, sino que, internándose en el corazón del prójimo, se pregunta con él “¿qué puede significar esto?”.

 

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Y la busca hasta que la encuentra (Lc 15, 3).— Aconsejar a alguien es sobre todo encontrarlo, dar con él, llegar al lugar de su alma, a ese paraje inaccesible del que no sabe salir por sí sólo.

 

No esperes que te lo pida o te lo explique, pues su atolladero es él mismo. Y confía que lo rescates a él de él.

 

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Es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas (Mt 13,52).— Los tesoros de la intimidad hay que darlos para poder sacarlos. Lo viejo no sólo se renueva al regalarlo, sino que se convierte en tesoro.

 

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Un hombre que siembra en la tierra y, duerma o vele, noche y día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo (Mc 4, 26).— Todo consejo auténtico es semilla divina. Riégalo con oración y lo verás germinar y crecer en tu prójimo.

 

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Aprende a dar como el árbol. Al extremo de la rama parece ofrecer su fruto con la mano: toma. No hace acepción de personas y acepta la leve violencia de quien se lo arranca. Es mejor así: cuando el fruto cae por sí solo quizá es que estaba podrido...

 

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Lejos de toda formalismo, el consejo brota con naturalidad, pues deriva de la verdad del coloquio como su consecuencia lógica.

 

Los auténticos amigos se saben amonestar, orientar, alentar, dirigir, sin necesidad de adoptar una pose paternalista, que resultaría artificial y pedante.

 

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La corrección fraterna, más que un dato que se da, es una mano que se tiende.

 

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Mi consejo no es tanto lo que vivo como lo que me propongo vivir. La chispa con que prendo tu fuego es la misma con que avivo el mío; mientras enciendo tu mecha atizo mi rescoldo.

 

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“Ascendiente” es la influencia o autoridad que se tiene sobre la voluntad de alguien. Pues bien, entre amigos el único que vale es el ascendiente de la superación interior, de la lucha ascética. Tu autoridad depende de tu aumento, y tu ascendiente, de tu ascensión.

 

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Modera tu impaciencia de “ir al grano”. Al grano se llega después de labrar, sembrar y regar, cosas más difíciles que cosechar.

 

 

El consejo femenino

 

No te mezcles en el asunto de ese justo; pues hoy en sueños he sufrido mucho por causa suya (La mujer de Pilato intercediendo por Jesús, Mt 27, 19).— Claudia acierta con Jesús; sin los informes de que disponía su marido ella da en el clavo, barrunta el misterio, juzga prudentemente. En cambio Pilato, autosuficiente, pragmático y escéptico, como todo machista, no la escucha.

 

Las mujeres entienden antes, más y mejor. Su consejo viene de más hondo y apunta más lejos. El consejo de la mujer salva al varón.

 

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Solemos censurar la “complicación femenina” en nombre de la franqueza y la sencillez, pero olvidamos que los matices y detalles sutiles a menudo declaran la verdad mejor que el dato neto y frío.

 

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Para nosotros, los varones, ellas son piedra de toque. Aprende a escuchar a una mujer y sabrás escucharte a ti mismo.

 

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Prejuicio contra la mujer: lo que en ella es hondura al varón le parece blandura.

 

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