Echar raíces

16 diciembre 2006

 

 

Adentrarse en Cristo

 

 

 

 

Hay mucho Cristo en Cristo,

mucha sustancia de amor:
reses cebadas, manjares suculentos,

dicen las parábolas,
todo está listo,
una mesa exquisita que contiene en sí todo deleite,
apetecible para nuestro corazón famélico,
hastiado de tanta piltrafa.
Verdaderamente hay mucho,
mucho y bueno.
(Mt 22, 4; Lc 15, 27; Sb 16, 20)

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No cabrían en el mundo los libros que habría que escribir (Epílogo del evangelio de san Juan: 21, 25).— Nosotros, libros de carne y hueso, formamos una biblioteca ambulante. En cada uno ha escrito el Espíritu Santo su única obra maestra: Cristo. Y sin embargo ¡qué versiones tan distintas, qué estilos y formas tan variados!


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¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno? (Natanael a Felipe, a propósito de Jesús, Jn 1, 45).— Esto mismo se preguntan muchos escépticos: ¿Qué cabe esperar del corazón humano? ¿acaso puede salir de él algo bueno?

 

Y Felipe le contesta: ven y verás. Ven a Jesús verás que no sólo algo sino todo lo bueno, y además sale de ti.  Pues todo corazón es un Nazaret del que cabe esperar, a pesar de nuestras miserias, a Cristo.

 

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Y desenrollándolo encontró el pasaje donde estaba escrito… (En la sinagoga de Cafarnaún, Lc 4, 14-21).— Jesús desenrolla esta vida mía: sólo Él puede. El tiempo se revuelve y se repliega, los acontecimientos se solapan entre sí, y los días, en vez de transparentarse unos a otros, se tornan deslucidos y opacos. (La vida, como dice el lenguaje corriente, se vuelve un rollo).

 

Hasta que llega Cristo: Hoy se cumple esta escritura. Yo despliego tu vida para que puedas leerla. Léeme a mí en ella y sabrás de qué va…

 

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Los antiguos llamaban rollo al libro que gira en torno a un eje. Así también el libro de la Historia, y el de cada vida particular, no cesa de dar vueltas en torno a Cristo, el Señor de los horarios y de los calendarios.

  

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El investigador y el náufrago.— Ambos anhelan algo: el que investiga confía encontrarlo por sus propios medios, el náufrago, en cambio, espera que alguien le rescate. Lo que desea el investigador es un tesoro, el náufrago en cambio un salvador.

 

Jesucristo es ambas cosas. Ahora bien, el hombre es mucho más náufrago que investigador. Por eso quien no admite a Cristo como salvador jamás los encontrará como tesoro.

 

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Al ver Jesús a las multitudes subió al monte..., y abriendo su boca les enseñaba (Mt 5, 2).— Porque todo lo que dice brota de lo que ve. Si subió al monte es para vernos más y mejor, porque somos su horizonte. Y se toma esta distancia es para mirarnos a la cara mientras nos habla.

 

Por eso este monte no es mero estrado o tribuna, sino que es su enfoque de la vida, su ángulo de visión. El sitio exacto desde el cual te ve a la perfección. Su perspectiva eres tú.

 

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Y vosotros, ¿quién decís que soy? (Mt 16, 15).— Al preguntarnos así, Señor, como a tus predilectos, tú mismo te respondes. ¿Qué quién eres? El que nos aúna, nos atrae, nos cohesiona, nos interpela. Este “nosotros” eres tú quien lo funda; tú Rostro es la luz en que nos vemos; tu voz, la fuerza que nos congrega. Somos tu Iglesia, Señor, la que sabe tu Nombre y puede decírtelo mirándote a la cara: tú eres Cristo.

 

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En Pedro te conozco, te respondo y te confieso. En Pedro, o sea el Papa, acierto contigo, Señor, y te alcanzo y te sigo. ¿Quién decís que soy? Eres, Señor, el que Pedro me enseña que eres; el que veo en el Espejo de tu Iglesia; el que ella llama, uniendo nuestras voces: El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡Ven! (Apocalipsis 22,17).

 

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¿Eres tú el que había de venir o hemos de esperar a otro?,

preguntan los discípulos de Juan (Mt 11, 3).

Y les responde mostrándoles a sus recién curados:

id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo:

los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan sanos,

los sordos oyen, los muertos resucitan,

miradlos a ellos si queréis saber de mí,

son mis respuestas de carne y hueso,

mi voz tiene forma de enfermo sanado,

de pecador convertido,

de ignorante enseñado;

mis milagros andantes me predican;

en ellos, e incluso a pesar de ellos, hablo yo.

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Lo escrito, escrito está (Jn 19, 22).  Sentencioso y lapidario, Pilato se abstiene de dar explicaciones sobre su INRI: “Si he escrito esto y no otra cosa por algo será: en vez de rectificarlo yo, interprétalo tú”.


Lo escrito, escrito está, dice también Dios Padre. En la Cruz, queda rubricada con sangre su Palabra, su única Palabra, la que debe ser leída por todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9).
 

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¿De quién es esta cara? (cf. Mt 22, 20).
Más que la del César, Jesús nos muestra la suya propia.

Y más que el tributo político, nos indica el que debemos a Dios:

“Yo soy vuestro Precio y la Moneda para saldar vuestra deuda.

Pero debéis tomarme íntegramente: con la Cara… y con la Cruz”


"El que se haga pequeño como este niño, será el más grande". Y poniéndolo en medio de ellos, lo abrazó (cfr Mc 9, 36).

La medida del Reino de los Cielos, o sea Cristo, son sus brazos: acurrúcate en ellos y serás grande.

  

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No sabéis lo que pedís (Mt 20, 22).— Inconscientes, ambiciosos, ilusionados, Juan y Santiago se habían atrevido a pedir ni más ni menos que la Gloria. Mirando a Cristo no se conforman con menos.   

 

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?

—¡Podemos!

 

No sabemos lo que pedimos, Señor, pero lo pedimos; no sabemos lo que podemos, pero lo podemos; no sabemos lo que esperamos, pero lo esperamos. Lo ignoramos todo respecto a nuestros deseos, excepto una cosa: que los despiertas tú.

 

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Cristo enseña ganándose al enseñado. Todas sus lecciones se resumen en una palabra: ven. Y sólo aprende quien dice: voy.

 

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¿Te sigo porque aprendo o aprendo porque te sigo? Con el tiempo los términos se van invirtiendo. Tú eres mi lección andante: aprenderla es seguirte, y estudiarla es amarte.

 

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