Amistad de calidad

24 mayo 2008

 

 

EL AMOR MÁS GRANDE

 

La voz del profeta

La misión apostólica

Dadles vosotros

Curar toda enfermedad

El buen samaritano

Ciegos

¿A quién iremos?

Misericordia

Perdón

¿Cuántas veces he de perdonar?

Decid: paz a esta casa

Amigo, préstame tres panes

Los discípulos de Emaús

Hipocresía

 

 

 

 

La voz del profeta

 

 

He aquí que pongo mis palabras en tu boca —te dice Dios por Jeremías (1, 9)— . Tu testimonio cristiano soy Yo el que lo inspira y el que lo hace eficaz. Encarna, pues, mi Palabra, hazte a ella, que te imbuya y te absorba y te domine; en ella se revela tu vocación y se compromete tu identidad: tú sólo eres tú, cuando eres para mí y de mí y por mí. Apenas eres aire, pero un aire dónde resuena mí voz.

 

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Voz que clama en el desierto... (Lc 3, 4).— Tanto puede la voz del profeta, que crea el órgano con que debe ser oída: a las piedras le salen orejas.

 

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La lengua gusta lo que habla mientras lo habla. ¡Cómete tu mensaje! Cuanto más lo das, tanto más se te queda.

 

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Todo barranco será rellenado, todo monte y colina rebajados; los caminos torcidos se harán rectos y los ásperos serán suavizados (Lc 3, 4-6; Isaías 40, 3-5).— La gracia de Dios transfigura el paisaje de las almas y anticipa aquella renovación universal de que habla el Apocalipsis: He aquí que hago nuevas todas las cosas (21, 5).

 

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Allanar, colmar, enderezar, rectificar... La palabra profética no es un dato sino una excavadora.

 

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Viene detrás de mí... (Jn 1, 15). Soy la estación donde estás siempre, Señor, a punto de llegar. En mis andenes mis amigos te esperan a ti en mí: ojalá que mis avisos, mis llamadas, mis advertencias les mantengan alerta. ¡No consientas, Señor, que ninguno pierda tu tren!

 

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—Yo, que te anuncio a Cristo, soy instrumento pasajero: debo menguar y desaparecer.


—¿Y cómo es posible, si nuestra amistad es auténtica? ¿Acaso no es el mismo Cristo quien la funda?


—Precisamente por eso míralo a Él. Ahora me aparto para que venga, pero no te preocupes: en Él regreso yo.

 

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Conviene que él crezca y yo mengüe (Jn 3, 30).— Dios borda tu vida usándome a mí. Por medio de nuestra amistad, me mete en tu vida como la aguja en la trama de un tejido: la aguja pasa, pero la costura, que es suya, queda...

 

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Me voy de ti para que llegue Él; me uno a Él para regresar a ti.

 

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Detrás de mí viene el que es más poderoso que yo (Mt 3, 11). Quiero ser, Señor, tu Pascua, que significa “el Paso”. Cruza por mí para llegar a mi prójimo. Tómame como tu atajo.

 

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(Letanía del profeta de Cristo)


VIENE DETRÁS DE MÍ (Mt 3, 11).
Yo sólo soy
puerta de su entrada,
sombra de su luz,
voz de su palabra,
figura de su realidad,
anticipo de su presencia,
anuncio de su venida,
polvo de su camino,
sonrisa de su alegría,
vasija de su agua,
mantel de su mesa,
candelero de su lumbre,
aceite de su lámpara,
paisaje de su aurora,
prueba de su misericordia,
tierra de su viña,
remo de su barca,
sandalia de sus pies,
barro de su colirio,
pedestal de su gloria,
estandarte de su llegada.

 

 

La misión apostólica

 

 

 

Se marchó de allí en barca a un sitio tranquilo y apartado … al desembarcar vio Jesús el gentío… (Mt 14, 13-14).— Desde la serenidad de la oración hasta el apremio de la muchedumbre: viajando con Jesús siempre nos movemos entre estas dos orillas. Fuera de su barca, en cambio, ni la meditación es del todo profunda ni la compañía es del todo plena. Nos quedamos a medio camino flotando como una boya a la deriva.

 

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Invitad a cuantos encontréis.  (Parábola de los invitados a las bodas, Mt 22, 9). La razón para invitarlo es simplemente haberlo encontrado. Basta con hallarse en tu camino para saber que Yo lo espero. La tierra que todos pisáis es mi tarjeta de invitación. Lo que aquí abajo parece fortuito, casual, en el cielo es la señal exacta, prevista desde toda la eternidad.

 

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Dijo el Señor: Ananías, levántate y busca a uno de Tarso llamado Saulo (Hechos 9, 10-11).— Tengo vocación de Ananías, y busco a personas con vocación de Pablo. Busco a los mejores que yo, con misión más sublime que la mía y que, sin embargo —¡paradojas de la Providencia!—, me necesitan a mí para descubrirla…

 

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Mientras contaban estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.  (En la mañana de la Resurrección, Lc 24, 36).— Cristo llega justo ahora que hablamos de Él; de ser un tema pasa a ser una presencia. Porque en el fondo hablar de Cristo es llamarlo a nuestro lado; comunicarlo es traerlo. En nuestra boca Jesús no es un dato sino un anuncio. Se presentó en medio y dijo: paz a vosotros. Más que la paz de Cristo, nosotros, sus apóstoles, damos al Cristo de la paz.

 

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Siembra alegría y cosecharás amistad. Siembra amistad y cosecharás confidencias. Siembra confidencias y cosecharás conversiones.

 

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Y estaba toda la ciudad agolpada junto a la puerta. (En la casa de Cafarnaún, Mc 1, 33).— Esta puerta representa el alma sacerdotal, propia de todo cristiano. Por un lado sentimos a la multitud que pugna por entrar; por otro, lo notamos a Él, impaciente por recibirlos. Fuera ellos llaman, dentro Él espera. Y en medio estamos tú y yo, que somos la puerta: ¿cuándo nos decidiremos a abrir?

 

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Nunca jamás brote de ti fruto alguno. Y al instante se secó la higuera (Mt 21, 19).— El milagro podría haber sido al revés, que la higuera seca diera frutos al instante, brotándole los higos como globitos que se inflan. Pero no. Él quiere que los frutos salgan a su tiempo, y maduren progresivamente. Por más que sea un milagro, el apostolado acontece con naturalidad

 

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Apostolado es dar lo que se contempla. Por eso el apóstol Felipe dijo a su amigo Bartolomé: ven y verás (Jn 1, 46). Quiero que veas lo que te doy, quiero darte lo que veo. Y lo llevó adonde Jesús...

 

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La pesca milagrosa (Lc 5, 4-11).— Esta red no sólo enreda a los peces, sino a los mismos pescadores. Pues hicieron señas a los compañeros para que les ayudasen. Y no sólo eso, sino que casi se hundían, es decir, que casi caen en la red de que tiraban, tan volcados estaban en ella.

 

Cuanto más pesa, más unidos y conjuntados en la labor, hasta el punto de hacerse una sola cosa con la red, y aún con los peces.

 

Así sucede cuando el trabajo en equipo nos vuelca en un fin común, aunando voluntades y repartiendo esfuerzos.

 

El cristiano corriente se siente pescador de hombres sólo cuando brega con ellos, codo con codo. Los verás como peces para Cristo si los tratas como compañeros para ti.

 

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Id: mirad que os envío como ovejas en medio de lobos (Lc 10, 3). Reconoced vuestra debilidad, pues en eso estriba vuestra fuerza; aceptad vuestra indigencia, pues de ahí deriva vuestra autoridad. Os envío como ovejas: eres débil por ser oveja, pero fuerte por ser enviado: acepta lo primero y sentirás lo segundo.

 

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El lobo no es el enemigo sino la prueba. No lo temas: teme más bien a tu soberbia, que es la única que te puede devorar.

 

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Los envió de dos en dos delante de sí (Lc 10, 1).— Para que por el camino se tratasen, se comprendiesen, se perdonasen; en una palabra, para que trabaran amistad. Así quiere Cristo prepararse el terreno. Pues si los enviados saben caminar juntos, sabrán predicar al que los ha enviado. El mensaje que traen ya se manifiesta en la concordia que viven.

 

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Apenas se llega si se llega solo. Llegar es llegar en compañía.

 

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El apostolado comienza con la fraternidad. Trata bien a los de cerca y llegarás a los de lejos.

 

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Mientras contaban estas cosas él mismo se presentó en medio de ellos (Lc 24, 36).— Llega justamente cuando se habla de Él. Porque en boca de sus apóstoles Jesús nunca es un dato sino un anuncio; hablar de Él es llamarlo a nuestro lado; recordarlo es traerlo; lo que proponemos como un tema se torna una presencia.

 

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Se presentó en medio ellos (Lc 24, 36).— Sentados en círculo, los Doce formaban como un corro por donde se cruzan palabras y miradas.

 

¡Este es el lugar de Cristo! Aquí su presencia cumple lo que los corazones desean, lo que las palabras celebran, lo que los ojos añoran. Conversar es hacerle hueco a Jesús que viene.

 

 

Dadles vosotros

 

 

El lugar es desierto y ya es muy tarde (Mt 14, 15).— No hay nada en esta tierra, en efecto, que pueda saciar el corazón humano. Y aunque lo hubiera, este mismo corazón sería incapaz de apreciarlo, pues el tiempo lo ha endurecido y lo ha vuelto resabiado e inapetente.

 

Dadles vosotros  —replica, sin embargo, Cristo—. Porque el espacio se llena y el tiempo se adelanta en cada uno de vosotros, mis apóstoles. La ocasión favorable, el sitio oportuno es dondequiera que estés. La Creación recomienza a golpe de tus pisadas. Mi momento y mi lugar eres tú.

 

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Dadles vosotros.— Habéis llegado tarde y estáis vacíos. No importa. En la medida en que lo aceptáis Yo me manifiesto en vosotros oportuno y magnánimo.

 

 

Curar toda enfermedad

 

 

No digas que esta pena es “una tontería”. Es la hendidura por donde un rayo divino e inesperado te concede vislumbrar, siquiera un momento, el fondo de tu alma.

 

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No lo llames “tontería” aunque objetivamente carezca de importancia. La herida parece minúscula pero la sangre que de ella brota es auténtica.

 

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Les dio poder para curar toda enfermedad y toda dolencia (Mt 10, 1).— Este poder de curar todo en todos, inherente a la vocación apostólica, no es sino el amor humano llevado a su extremo divino. Dios, en efecto, ve a cada uno en todos, y a todos en cada uno. La medicina, en cambio, para que tenga efecto universal, ha de aplicarse singularmente: Y Él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba (Lc 4, 40).

 

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Poder para curar todo quiere decir poder para curar dentro. No es una medicina que se da sino una persona que se implica. infirmus infirmo, dice san Pablo: híceme débil con el débil.

 

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Tomó sobre sí nuestras enfermedades (Isaías 53, 4).— Desembarcar en la isla desierta de cada dolor, atravesar sus caminos tortuosos, sus páramos desiertos, hasta llegar a la choza del náufrago y compartir su pan de lágrimas: eso es curar.

 

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En Medicina espiritual hay tantas especialidades como pacientes.

 

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El mal médico se empeña en atribuir todos los síntomas de sus enfermos a unas pocas enfermedades, que son las únicas que sabe curar.

 

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Me ha enviado para vendar los corazones desgarrados (Isaías 61, 1).— Vendar es más que curar. Es una operación que recuerda la de envolver en pañales. ¿Pues acaso la carne del bebé, tan delicada, no es una especie de herida integral?

 

Ciertos consejos son así: no sólo curan sino que vendan; sanan el alma evocando en ella su principio. Curar en el fondo es hacer nacer.

 

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No repartas consejos prefabricados. Antes de recetar hay que “explorar” al paciente.

 

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Permíteme ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le respondió: sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos (Mt 8, 21-22).— O amar o enterrar, ese es el dilema. Quien entierra al muerto es porque teme reconocerse en él. En cambio amar es despertar a alguien a su propia vida, hacerlo ser, restituirlo a sí mismo; todo lo demás no es sino echarle tierra encima.

 

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Dejad a los muertos que entierren a sus muertos (Mt 8,22).— Sin ti, Señor, no soy más que el fantasma de mi propia noche. ¿Cómo ayudar a mi hermano cuando me falta tu luz? Pues cuando intento amarlo sólo consigo enterrarlo.

 

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El buen samaritano

  

Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; y, viéndole, pasó de largo. Asimismo, un levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino; lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los salteadores? El le dijo: El que tuvo misericordia con él. Pues anda, le dijo entonces Jesús, y haz tú lo mismo (Lc 10, 30-37)

 

 

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Bajaba casualmente por el mismo camino.—  La necesidad espera ardientemente a la casualidad. Dios se hace presente de forma fortuita, para enseñarnos la gratuidad de la gracia: Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban (Isaías 65, 1)

 

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Los ladrones son astutos. Saben que cuesta abajo el caminante va más desprevenido y se le roba mejor. La pendiente fácil de la tibieza esconde una emboscada en cada recodo.

 

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Bajaba casualmente... Todo encuentro verdadero requiere cierta dosis de azar. Por paradójico que parezca, nuestras amistades se basan en una especie de “casualidad necesaria”. En cambio lo programado, lo previsto, lo planeado, es la reunión, el negocio, el intercambio, la comunicación, etc, pero no el encuentro. Si no se vive como un regalo, como un hallazgo venturoso, el encuentro apenas tiene lugar. Falta la chispa de Dios.

 

Lo que parece casualidad no es sino el dedo de la Providencia; cuanto más previsto por Dios tanto más fortuito parece al hombre.

 

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El prójimo es por definición inoportuno, inesperado. No aparece en el principio o en el final, que son lugares con los que ya contamos, sino en mitad del camino, o sea en la imprevisión. Caminar es exponerse a prójimos inopinados.

 

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Prójimo es aquel que encuentro cuando no espero y me pide lo que no tengo.

 

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También es propio del prójimo pedir sin palabras, e incluso en contra de ellas. Rechazar la ayuda es la forma más angustiosa de pedirla. Donde la voz calla la presencia grita.

 

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Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote.— ¿Por dónde iba a pasar si no? El camino del sacerdote no es otro que el de los demás, o sea este mundo.  Si Dios lo ha entresacado de los hombres, como dice la Escritura, es para reforzar aún más su presencia entre ellos con una misión: para todo aquello que se refiere a las cosas Dios (Hebreos 5, 1).

 

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Después de haberlo despojado le cubrieron de heridas.— Le cambiaron ropa por magulladuras, que son el traje de Cristo en su Pasión:  ¡He aquí al hombre¡, dijo Pilato.

 

El uniforme de la Humanidad es el dolor: quien lo viste representa a todos.

 

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Una herida es una persona a flor de piel.

 

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Y lo dejaron medio muerto (en latín semivivus).— Medio bueno, medio fiel, medio enamorado, medio sabio, medio culto, medio virtuoso, medio santo... ¡Estoy harto, Señor, de medianías! ¡De esta vida cadavérica de la tibieza! ¡Vivir a medias no es vivir!

 

Mi mediomuerto me carcome como un cáncer: pobre de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom 7, 24). Pero mi semivivo le resiste y se rebela. Nadie más vivo que el agonizante. En vista de la muerte la vida revive y se apura.

 

Ahora, Señor, que soy basura arrumbada en la cuneta, me da por vivir con todas mis fuerzas. Ven, Señor, y ponte de mi parte (de mi parte viva).

 

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Bajaba casualmente... y al verlo.— ¡Cómo humillas, Señor, mi arrogancia! Al borde del camino, mi vida depende ahora de un simple caminante. Para ser yo mismo necesito recibirme como limosna de otro, yo, que marchaba tan seguro por mi propio pie.

 

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Pasó de largo.— ¿Qué hay más allá de una persona herida? ¿Adónde cabe ir dejando atrás el dolor? ¿Qué queda por encontrar después del prójimo? ¿Adónde sigue el camino si no es hacia el propio yo? ¿Qué busca quien no busca a alguien? ¿De qué sirve llegar, si el fin te lo dejas en el camino?

 

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Tratas a tus compañeros de forma anodina, convencional; no entras en profundidades; esquivas el terreno de lo personal; rehúyes los temas espinosos; eludes compromisos y complicaciones; previenes decepciones y chascos...

 

Este lustroso traje de tolerancia apenas encubre al hombrecillo cobarde, sin arrestos para amar.

 

...Y viéndole, pasó de largo (Lc 10, 31). Avanzas cautelosamente, ahora bien, siempre hacia ti mismo...

 

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No me reconozco, Señor, en esta sombra que llama a tu puerta. Desperdigado en tantos sitios, el corazón se me fue cayendo, no sé cuándo ni dónde.

 

¿De qué me sirve llegar si el que llega apenas soy yo?

 

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Y al verlo pasó de largo.— Para el sacerdote y el levita ver es ya pasar. Es una mirada resbaladiza, que cosifica cuanto ve; una mirada forense, lista para certificar defunciones.

 

¿Lo dieron por muerto? No sería extraño, porque un muerto sólo ve muertos, o al menos los da por tales.

 

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Pero un samaritano ... al verlo se movió a compasión.— En la mirada misericordiosa se anticipa todo: curarlo, transportarlo, alojarlo, costearlo. Donde hay corazón para mirar nunca faltan fuerzas para obrar.

 

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Aceite y vino.— Con sustancias tan culinarias, más que curar, se diría que el buen samaritano alimenta la herida. ¿Y qué es el dolor sino una especie de boca? ¿Y qué mendiga el enfermo sino el pan de la salud?

 

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Lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta.— A mi vuelta, sí, porque la factura es cara. Primero pasaré por Cristo, nostrae salutis pretium (precio de nuestra salvación) y al salir de la oración volveré con los bolsillos llenos.

 

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Déjame, Señor, descargar en ti este mediomuerto que traigo encima. Déjame, Señor, sacar de ti lo que cuesta su convalecencia. Te pido por mi amigo, Señor, tú que eres Posada, Posadero y Precio...

 

 

Ciegos

 

Le seguían dos ciegos, gritando: ¡ten compasión de nosotros...! (Mt 9, 27).— Lo que más les une, paradójicamente, es sentirse igualmente aislados. Náufragos en la misma isla tenebrosa, se son ayuda y estorbo mutuamente; el tropezón de uno es el batacazo del otro. La común ceguera los liga como con esposas, para bien y para mal. Lo que propicia en ellos una óptima amistad es también lo que amenaza con destruirla, tan pronto como cedan al pesimismo o el rencor. Cada ciego puede ser para el otro un salvador o un traidor.

 

Por eso gritamos con ellos: ¡Ten compasión de nosotros! ¡Rompe, Señor, este grillete del pecado con que, al querernos, nos aherrojamos; al ayudarnos, nos tropezamos; al cuidarnos, nos herimos; al buscarnos, nos chocamos...! ¿Y cómo remediarlo si no es abriendo los ojos a ti? ¡Únenos viéndote!

 

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El milagro de la visión y el de la unidad ocurren a la vez, si es que no son el mismo...

 

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¿Creéis que puedo hacerlo? (Mt 9, 28).— La larga caminata juntos ya era una contestación sin palabras: avanzando a trompicones, levantándose a cada momento, apoyándose el uno en el otro, perseverando juntos, dándose ánimos, clamando al unísono: ¿creéis que puedo hacerlo? Cristo quiere que confirmen con la boca lo que ya han demostrado con los hechos...

 

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Puedes ser para tu amigo el mejor báculo o el peor obstáculo: depende de tu fe.

 

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Hay dos tipos de amistad: solidaria y parasitaria.

 

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Sé sincero con quien te ayuda. Vale más tu ceguera escuchada que tu visión sorda.

 

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Le seguían dos ciegos... (Mt 9, 27).— No veían dónde estaba Jesús ni adónde iba ni por qué camino: ¿cómo es que lo seguían? Les guiaba el deseo. El deseo de ver ya es un cierto ver; presentir el milagro es anticiparlo; creerlo es incoarlo; caminar hacia Jesús es casi tocarlo. ¡Animo, pues, y vive de esperanza! ¿Acaso eso que buscas no está ya moviendo tus piernas?

 

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En el Juicio Final justos y pecadores formulan idéntica pregunta: ¿Señor, cuándo te vimos? (Mt 25, 37). Esta pregunta tiene dos significados. Los justos quieren decir:  “¿dónde te veíamos a pesar de que te escondías?”;  los condenados en cambio:  “¿dónde te presentabas, a pesar de que te rehuíamos?”

 

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¿Cuándo te vimos?, preguntan los hombres en el Juicio Final. Pero el Juez no pide cuentas de lo que vieron sino de lo que hicieron: cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis (cf. Mt 25, 40).

 

Pues en la obra se anticipa la visión; en el servicio, el premio; y en el prójimo, Cristo...

 

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¿Cuándo te vimos?, y el Señor replicó: me disteis de comer, de beber, me vestisteis, me visitasteis... (cf. Mt 25, 36); al servirme me veíais sin daros cuenta; me veíais más con las manos que con los ojos. La verdadera visión comienza con el servicio. Cuando las manos se comprometen, los ojos se abren.

 

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Sólo ves a alguien cuando entrevés a Cristo en ese alguien.

 

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Jesús, a quien ahora veo escondido... (Himno Adoro te devote).— Entérate de lo que ves, no sea que estés viendo más de lo que estás dispuesto a reconocer que ves.

 

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Después de aplicarle el colirio preguntó: ¿ves algo? (Mc 8, 23).

 

Deslumbrado por el raudal de luz, entre eufórico y aturdido, el ciego replicó: Veo hombres que parecen como árboles que andan.

 

Pues ver hombres como hombres, que es lo que son, no es tan fácil como parece. La del ciego de Betsaida es la visión pre-personal, donde al otro se le percibe “a bulto”, borrosamente.

 

Aplícame, Señor, otra dosis de tu colirio, para distinguir a cada uno en su singularidad, su excelencia, su misterio; en una palabra, verle la cara.

 

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Veo hombres que parecen árboles que andan (Mc 8, 24).— Veo bultos sin rostro; seguramente son personas, pero aún no las distingo como tales. Veo a mi prójimo como la ecografía de un feto: lo barrunto por nacer, venidero, a punto de llegar. ¿Pues acaso comprender no es un cierto alumbrar, en el doble sentido de la palabra?

 

 

 

¿A quién iremos?

 

 

Oyéndole muchos de sus discípulos, dijeron: Duras son estas palabras, ¿quién puede escucharlas? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar. Y decía: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no le fuera dado por el Padre. Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna;  (Jn 6, 60-68).

 

  

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Duras son estas palabras, ¿quién puede escucharlas?... Y se echaron atrás.— Echarse atrás es refugiarse en el pasado, donde las palabras ni duelen ni muerden porque las acolcha la memoria. Envuelto en el recuerdo, la distancia y la poesía, el Evangelio semeja un museo, cuyas piezas reposan inertes y mudas ante la mirada del observador.

 

Por eso, Señor, ¡viva tu dureza! Si no rasparan y violentaran y contradijeran ¿cómo oiría tus palabras mi oreja empedernida? Si no golpearas esta puerta gruesa, hermética y aherrojada, ¿cómo entrarías a rescatarme? Si me saben duras es porque tus palabras quebrantan mi dureza, porque hieren misericordiosamente la rigidez de mi soberbia. Duro con mi dureza, Señor, para gustar así de tu ternura; tu violencia es en el fondo suavidad; lo que parecen palos son besos.

 

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Duras son…— Sólo es caritativo el bombero que entra a hachazo limpio en casa del atribulado para librarlo de las llamas o el derrumbe. Su rescate parece ataque; su misericordia, agresión; su salvamento, destrozo.

 

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La verdad siempre es dura para el que se ha endurecido rehuyéndola habitualmente. Todo es pétreo para los pétreos.

 

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Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás.— No comprenden y por eso lo dejan. Les importa más la seguridad que la verdad; prefieren lo hacedero a lo verdadero.

 

“No te pido —vienen a decir— palabras auténticas, me conformo con que sean suaves, a la medida de mis entendederas y de mis fuerzas. Pues no te entiendo porque te sigo, sino que te sigo porque te entiendo, es decir, a condición de entenderte. Y en el momento en el que contradigas mis ideas o alteres mis expectativas, te abandono… ”

 

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Algunos viven instalados en su ayer, sin llegar nunca al hoy. Se han quedado en la víspera del gran día que les estaba reservado: el de su amor, su conversión, su gloria. El miedo a tanta grandeza les mantiene perpetuamente rezagados, acurrucados en una actualidad tan tenue, tan fantasmagórica, que es más bien es un pretérito. Han perdido el tren y ahora malviven como mendigos en la estación.

 

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Aquel discurso resultaba demasiado luminoso y profundo para sus pobres entendederas, y por eso algunos decidieron dejarlo.

 

Entonces se volvió a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? (Jn 6, 67-68).

 

—¿A quién iremos?—, replicaron—. sólo tú tienes palabras de vida eterna. No comprendemos tu misterio, pero comprendemos que es un misterio; no comprendemos tus palabras, pero nos basta saber que son tuyas. No te seguimos porque te entendamos sino que te entendemos porque te seguimos. Entenderte no es la condición de seguirte sino su fruto.

 

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Tú tienes palabras de vida eterna.— No son como las de la tierra, esclavas del tiempo y ciegas, palabras que no ven lo que dicen y por eso necesitan decirlo; palabras mendigas porque con que ellas los hombres buscan mucho más de lo que dan.

 

Las tuyas no. Tus palabras ya están donde dicen: la eternidad. Son pan de contemplación porque el fin del oír es el ver. No sólo hablan del Cielo sino que son Cielo sonoro para nuestros oídos.

 

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Tú tienes palabras…  La persona que dice lo que piensa, hace lo que dice y piensa lo que hace decimos que “tiene palabra”, porque es fiel a sí mismo, y en esa misma medida suscita nuestra fidelidad.

 

¿Y qué hombre se identifica hasta tal punto con lo que dice que Él mismo sea Verbum caro, Palabra hecha carne? ¿Quién mejor que Cristo merece nuestro crédito y nuestra fidelidad?

 

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Tú tienes palabras, es decir, tienes respuestas, ¿pues qué es una verdadera palabra sino una respuesta? Sólo Tú respondes a esta inmensa pregunta que es mi vida. Lo que tu eternidad contesta es justamente lo que mi tiempo pregunta.

 

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Los acontecimientos humanos son palabras de Dios; Él habla a través de gozos, crisis, desconciertos y humillaciones. Sus mensajes llevan el aroma inconfundible de nuestra intimidad; están hechos de nuestra carne y nuestras lágrimas. Lo que nos dice nos sabe a lo que somos.

 

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Algunos pretenden comprender las palabras habladas o escritas sin descifrar primero las de carne y hueso, o sea las personas. Cegados por su pragmatismo no perciben los gritos de humanidad que resuenan a su lado: el ejemplo de un amigo, la abnegación de un familiar, el dolor de un pobre, la fe de un vecino. Para estos sordos espirituales las reuniones, los encuentros, los afectos que depara la convivencia, no son más que datos que la memoria archiva o destruye, según su utilidad.

 

Y sin embargo los hombres hablamos, y aún gritamos, antes que con voz y con tinta, con nuestra presencia. Estar aquí y ahora contigo revela más mi pensamiento que las pobres razones que acierto a hilvanar.

 

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Tú tienes palabras de vida eterna.— ¿Quién puede vivir de meras palabras? ¿Qué corazón aguanta con tan mísera dieta? ¿Cómo perseverar sin sucumbir al aburrimiento?

 

No serán, en efecto, palabras lo que nos salve. A menos, Señor, que las digas Tú, Palabra de carne para corazones de carne: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6, 63). Sólo Tú das lo que dices y eres lo que das.

 

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En tus palabras, Señor, fundo mi perseverancia; no en estas de aquí abajo, las de consuelo humano, o raciocinio intelectual, o poética inspiración, que el tiempo barre y borra. Si no son de vida eterna, ¿cómo van a sostener mi vida terrena? Pues mi peregrinaje es en el fondo un diálogo entre el suelo y el cielo. Si avanzo, Señor, es gracias al maná de tu voz, que me envías a cada paso.

 

 

Misericordia

 

 

Al ver a las muchedumbres…  (Mt 9, 36). —¡Sí, sólo Cristo “ve” a la muchedumbre! ¡Sólo Él reconoce a cada cual en el maremágnum de la gran ciudad! En cambio nosotros nos perdemos en esta sombra anónima que llamamos “la masa”. Y en ella andamos envueltos hasta tal punto, que a veces no sabemos mirarnos a la cara...

 

Desde la atalaya de la oración, Señor, concede a tus apóstoles participar de tu mirada: ¡que ningún hombre nos pase inadvertido cuando extendemos la vista por el mundo!

 

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Se llenó de compasión porque estaban abatidos y maltrechos como ovejas sin pastor  (Mt 9, 36). Sin pastor la oveja-sabia degenera en borrego-gregario: sujeto adocenado que dimite de sí, desiste de su vocación, se resigna a la mediocridad y se echa a perder.  

 

Oveja sin pastor significa conciencia sin verdad, dolor sin sentido, casa sin amo, cuerpo sin nombre, cerebro sin rostro, voz sin palabra, tiempo sin historia... 

 

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El altruista, el filántropo, estima al prójimo por encima de sus defectos. El misericordioso, en cambio, a través de ellos.

 

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La caridad, más que en dar, está en comprender (San Josemaría Escrivá). El amor, más que hacer algo (dar), está en hacerse a alguien (comprender). Aunque bien mirado, “hacerse a alguien” no es sino la perfección del “dar”, pues sólo comprende a alguien el que se da a él.

  

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El que mañana juzgará mi amor al prójimo, hoy está en el prójimo pidiéndome ese amor. Entonces requerirá como Juez lo que ahora me pide como mendigo.

  

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La cautela se basa en la sospecha y la prudencia en la confianza. El cauteloso siempre sale ileso, el prudente sólo a veces. Pero sólo el prudente tiene la llave del castillo, mientras que el cauteloso jamás franquea sus puertas.

 

 

 Perdón

 

 

 

Si te golpea en la mejilla derecha... (Mt 5, 39).— Hay dos modos de dar la cara en la amistad: confiando, aunque nos expongamos a la ofensa, y perdonando, si es que la recibimos. Las mejillas de la confianza y del perdón conforman el rostro único de la caridad.

 

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Ofrecer la otra mejilla es plantar cara al defecto comprendiendo al que lo tiene; negarte al pecado perdonando al pecador; rescatar al cobarde de la ofensa donde se esconde.

 

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Tu segunda mejilla es más auténtica que la primera: tu perfil más genuino, el que mejor te identifica, el que más te favorece. Tu misericordia te hace más tú.

 

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Deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda (Mt 5, 24).— Entre el prójimo y el altar discurre la ofrenda como un camino, a veces largo y tortuoso. Ofrecer tu corazón a Dios es perseverar en este ir y venir, que dura toda la vida.

 

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Es distinto perdonar que disculpar. Cuando disculpo no tomo en cuenta tu ofensa; cuando perdono acepto tu debilidad. En la herida que me causas comprendo la ayuda que te debo; cuanto más me dueles más te amo.

 

¿Cuántas veces he de perdonar?

 

¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano? (Mt 18, 21).— Perdonar cuesta más que corregir, pues la corrección depende del defecto ajeno, mas el perdón depende de la humildad propia. Para corregir basta hacerlo una o dos veces, tres a lo sumo, pero el perdón hay que reiterarlo indefinidamente: bien porque el amigo persiste en su ofensa, bien porque a ti —que es lo más probable— te dura el resentimiento. La falta ajena es objetiva, clara y mensurable, pero nuestra capacidad de rencor es un pozo sin fondo.

 

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Y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara (Mt 18, 30).— ¿Para cobrar lo que le debe o para protegerse porque lo teme? ¿Es avaricia lo que mueve a este hombre o miedo? ¿Busca saldar la deuda o rehuir al deudor? Pues el temor es peor carcelero que la justicia, e incluso que el odio. Tantas veces detrás del justiciero se esconde el pusilánime. ¿Y qué teme? Perder su seguridad humana, el control sobre los demás y sobre el propio futuro. En cambio, puesto en la cárcel de la indiferencia, no hay nada que temer del prójimo; olvidándolo neutralizamos sus eventuales intromisiones en nuestras cosas, nos aseguramos contra él y tranquilizamos nuestra conciencia.

 

El problema de esta mazmorra es que se cierra en ambos sentidos. ¿Y si resulta que, a la postre, el carcelero resulta encarcelado?

 

 

 

Decid: paz a esta casa (Lc 10, 5)

 

Donde entréis decid primero: ¡paz a esta casa! (Lc 10, 5).— Tú, que eres apóstol de Jesucristo, desea la paz de modo que la encarnes: da lo que dices, vive lo que anuncias.

 

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Entrad, permaneced, comed... (cfr Mt 10, 7-12 y Lc 10, 7-9).— Sólo llegas realmente cuando llegas a un corazón, o sea a la intimidad de alguien. El mandato misionero de Cristo sólo se cumple ahí. Lo demás (obras, actividades, campañas, instituciones) son medio, no fin.

 

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No vayáis de casa en casa.— Visitar conlleva cierta intención de permanecer, por más que luego no sea posible (y entonces viene la excusa: “lo siento, me quedaría pero me tengo que ir, prometo volver”). Pues tratar a una persona como tal implica reconocerla inagotable, insondable, inmensa; jamás puedes darla por conocida. En un corazón sólo entra quien se queda.

 

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Comed lo que os pongan (Lc 10, 8). Acomodaos al menú de la casa sin melindres ni caprichos. No desdeñes la despensa de tu amigo, por pobre y desabastecida que esté. Si faltan en ella manjares de virtudes, sustancia de formación, aderezo de cultura, e incluso la sal del buen humor, por lo menos comparte con él su hambre de todo eso. Hasta el hambre alimenta si se comparte.

 

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Comed lo que os pongan (Lc 10, 8). La boca que tiene que anunciar lo divino primero debe degustar lo humano.

 

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Pide a Dios paladar para saborear todo lo humano: lo valioso, lo auténtico, lo hermoso, lo excelente: todo cuanto se guisa en la gran cocina del mundo. La fe abre el apetito de cultura.

 

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La amistad es una recíproca y continuada visita. Los amigos se son morada el uno para el otro.

 

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En cada casa donde entréis decid primero: paz a esta casa (Lc 10, 5).— Este consejo encierra la esencia de todo saludo. ¿Pues qué es saludar sino barruntar la intimidad del prójimo como detrás de una puerta? Ante la puerta hay tres actos que anticipan el encuentro con el inquilino: presentirlo, llamarlo, esperarlo. Las tres cosas laten en todo saludo, por rutinario que sea. Basta un solo toque para que dos personas se congreguen en el mismo portal.

 

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Sólo la paz llama al corazón desde fuera y lo abre desde dentro. Por eso la paz es la sustancia de todo saludo.

 

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Cada persona es al mismo tiempo peregrino y anfitrión para con sus semejantes. La paz es esencialmente una relación de hospitalidad.

 

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El saludo crea un espacio común donde nos sentimos vecinos. Nuestras puertas se abren a un mismo rellano. Frases cotidianas como “hola”, “¿qué tal?”, “buenas tardes” son umbral donde una persona sale a recibir a otra. Todos los que habitualmente nos saludamos formamos un vecindario espiritual, donde flota la inminencia de innumerables visitas.

 

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La puerta es a la casa lo que el pudor a la intimidad. Conquisto mi intimidad cuando la abro; ahora bien, no a cualquiera ni de cualquier modo. Franqueo mi interior sólo a quien “llama” en la forma debida, y si lo introduzco en mi morada es progresivamente, según el orden que marca el pudor: primero el zaguán, después el salón, luego acaso la cocina...

 

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La puerta “enmarca” al visitante que llega; su forma y dimensiones evocan la figura humana que debe atravesarla. Por eso entrar por ella es en cierto modo acreditarme como hombre; y otro tanto sucede a mi anfitrión, cuando acude a mi llamada, me abre, me acoge. Entrar en casa de mi amigo implica por tanto pasar por la puerta de nuestra humanidad común.

 

¿Y cuál es esta puerta que nos convoca a todos? ¿Cuál es el lugar por donde ingresamos los unos en los otros? ¿Cuál el acceso para tanto corazón hermético? ¿No es acaso Aquel que dice ego sum ostium: yo soy la puerta (Jn 10, 7)? Nuestra Pascua (en hebreo ‘el Paso’), tiene un nombre y un rostro...

 

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En todo saludo late una dosis, siquiera mínima, de sorpresa. Lo que nos admira del prójimo es la novedad en la identidad: incesante como una cascada, nuestro amigo permanece el mismo: ¡eso celebramos al saludarlo!

 

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¡Amigo, sube más arriba! (Lc 14, 10).— El invitado de la parábola se había sentado humildemente en el último puesto y ahora alguien, no importa quién, le anima a acercarse al Anfitrión. Así es la fiesta de Cristo, o sea la Iglesia: acercarse es subir, unirse es ascender; aproximarme al que tengo al lado es elevarme al que me invita arriba.

 

¡Amigo, sube!.— Llamar a alguien amigo es auparlo a Dios.

 

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Cuando alguien nos visita, más allá de lo que viene a decirnos o traernos, ante todo se dice y regala él. Así Jesús en la mañana de la Resurrección. Poniéndose en medio  (Lc 24, 36), Él, la Palabra de Dios, se declara fundamento y garantía de toda palabra humana. En la conversación verdadera se insinúa Cristo, trayéndonos su paz. 

 

Amigo, préstame tres panes (Lc 11, 5)

 

Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío me ha llegado de viaje y no tengo qué ofrecerle (Lc 11, 5-6).— Son tres los amigos de la parábola: uno viajero, otro anfitrión y otro vecino.

 

Forman el triángulo perenne de toda amistad: alguien te visita cuando no lo esperas, y tienes que recurrir al Otro, pidiendo lo que no tienes.

 

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Me ha llegado de viaje... (Lc 11, 6).— ¿Y dónde iba a llegar si no a mí?  Sólo una persona es lugar apropiado para que llegue otra. Si no llegas a alguien, en realidad no llegas a ningún sitio.

 

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… De viaje.— En el viaje de la vida este amigo hace escala en mi casa. Me dice: “me quedo pero no para siempre; me detengo aquí, pero es para llegar allí; si me quedo es porque me voy”.

El amigo me recuerda tanto la eternidad del fin como lo transitorio del camino. Yo lo acojo en mi casa y él me incorpora a su viaje.

 

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...Y no tengo qué ofrecerle (Lc 11, 6).— ¡Ay, mi despensa está vacía! Este amigo, Señor, tan resuelto en su camino, pone en evidencia mi pobreza; su perseverancia revela mi indigencia; y su ejemplo me impulsa ante ti, suplicante.

 

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Acude a media noche … (Lc 11, 5).— Todo prójimo es, en el fondo, un viajero nocturno, pues llama a nuestra puerta con una triple carga: oscuridad, cansancio, desorientación.

 

Amigo, préstame tres panes —nos dice, acaso sin palabras—: el pan de la verdad, de la paz auténtica, y del consejo sincero…

 

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¿De dónde viene? ¿A qué puerta llama? ¿Cuál es esta casa, fin de su viaje? Posiblemente la misma en la que vive, pues los viajes más largos y tortuosos son los de la propia alma.

 

 

 

Los discípulos de Emaús

 

  

Y conversaban entre sí de todo lo que había acontecido. y sucedió que, mientras comentaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos... (Lc 24, 13-15).— ¡Tienes tantos fugitivos, Señor! El escándalo de la Cruz sigue dispersando hombres por todos los caminos. ¡Alcánzalos en mí! Sal en mí al encuentro de mi amigo, conviérteme en instrumento de su retorno. Dígnate actuar, Señor, a través de mí, y más allá de mí, y a pesar de mí...

 

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¿Cómo voy a huir de ti... si es contigo? ¿Cómo descarriarme yendo por ti, que eres el Camino? ¿Cómo temer hablándome al oído, tú, el Amigo? Cuando para los demás declina el día y llega la noche (Lc 24, 29) tú ya has amanecido en mí. Cuando mi razón aún duda y mi voluntad vacila, mi corazón ya está de vuelta...

 

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¿Qué es caminar juntos? Es ver en el otro al que lleva camino de ser.

 

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Cuando los pies se acompasan los corazones se acercan.

 

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Según el modo como acompañas así es el lugar adonde llegas. Porque la vocación fundamental de todo hombre es el amor. ¿Y cómo llegar al amor sin amor? En tu compañía está prefigurado tu fin.

 

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Los que hablan paseando incorporan el paisaje a la conversación. En el paisaje se hablan y se escuchan hasta el punto de que, a trechos, prefieren el silencio, porque la vista que comparten lo dice todo.

 

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El que no habla siquiera consigo mismo no camina realmente, por mucho que mueva los pies.

 

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En una misma conversación se dan dos coloquios paralelos, uno explícito y otro implícito; uno en la superficie de las palabras y otro soterrado en ellas. Pues una cosa es lo que dices y otra lo que dices con lo que dices. Tu mensaje rebasa tus palabras e incluso, a veces, las contradice.

 

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¿Cuántos kilómetros de amistad hacen falta para alcanzar la plena confianza?  Antes hay que pasar por recodo del reproche, allí donde el camino se tuerce en amonestación saludable, en valiente y leal reprensión: ¡oh necios y tardos de corazón! (Lc 24, 25); ¡pero qué tonto eres!, ¿cómo no te das cuenta...? Entonces la amistad se ahonda y se abre una nueva etapa.

 

¿Qué cuántos kilómetros? No lo sé, pero sean los que sean hay que recorrerlos.

 

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Quien se siente conocido no le importa ser exigido. Quien se siente querido no le importa ser reprendido.

 

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Nunca te conoces lo suficiente como para estar seguro de que no te conocen.

 

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Hizo ademán de seguir adelante (Lc 24, 28). Hace que va adonde tú, pero adonde realmente va es a ti.

 

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El Corazón de Cristo sólo se abre hacia dentro. Meterte es quedarte. Huir es simplemente engañarte. Y regresar es reconocer, humildemente, que nunca has salido.

 

 

Hipocresía

 

 

No seáis como los hipócritas, que desfiguran su rostro para aparentar que ayunan (Mt 6, 16).— Cada cara segrega su propia máscara. El disimulo habitual absorbe y devora a su sujeto; el personaje se come a la persona. Afectando lo que no soy acabo creyendo lo que hago creer.

 

Este que veo en el espejo, Señor, ¿es mi cara o mi careta?

 

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No empleéis muchas palabras como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados (Mt 6, 7).— No saben hablarle a  Dios como mendigos que son, ni recibir su respuesta como una limosna; hablan sin pedir y escuchan sin recibir. Pero con Dios sólo se entienden los pordioseros.

 

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Vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces (Mt 7, 15).— Cada disfraz encierra su lobo. Pues disfrazarse, fingir, en el fondo es comerse uno a sí mismo, hacerse lobo de sí. Quien falsifica su apariencia acaba reduciéndose a ella. La primera presa del lobo es él mismo.

 

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Rebaño es el lugar donde uno se aísla en compañía. Porque si el borrego se junta con los demás es sólo para ir a lo suyo; si busca apoyo y respaldo es para poder dedicarse más tranquilamente a su propio interés. Un rebaño es un perfecto consorcio de egoístas.

 

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