Echar raíces

23 junio 2007

 

 

Iglesia, mujer, hogar

 

 

 

En la última página de la Historia Dios propone a la mujer como signo que separa este mundo caduco del otro que comienza: una gran señal apareció en el cielo: una mujer …  y el que estaba sentado en el trono dijo: he aquí que hago nuevas todas las cosas (Apocalipsis 12, 1; 21, 1-5). En toda mujer, en efecto, resplandece esta luz, siquiera levemente. Ninguna, por vulgar y desgraciada que sea, se sustrae a este misterio. Asociada a María, toda mujer es Ianua Coeli, puerta por la que Dios y el hombre entran el uno en el otro. En cada mujer recomienza el mundo.


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Bendito el que en ti viene a mí. Así alaba un antiguo autor a la Ciudad-Esposa, Jerusalén, en el domingo de Ramos. Aquel día Jerusalén sale gozosa a recibir a su Esperado, que llega entre vítores a lomos de un borriquillo: alégrate, hija de Sion, salta de júbilo, Jerusalén: he aquí que viene a ti tu rey, justo y victorioso (Zacarías 9, 9).

Nosotros, ciudadanos de la nueva Jerusalén, también deseamos cantar a esta Ciudad nuestra, que es la Iglesia, donde Cristo está siempre trayéndonos su victoria: Bendito el que en ti viene a mí.

Y lo mismo exclama el varón honesto, limpio de corazón, cuando encuentra a una mujer hermosa, pues toda mujer es figura de la Iglesia: bendito el que en ti viene a mí.

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¡Esta es la morada de Dios con los hombres! (Apocalipsis 21, 3). No se anuncia aquí una mansión cualquiera, por admirable que sea, sino la definitiva: ¡esta es!, ¡por fin!, ¡llegó la hora! ¿Y por qué es definitiva? Porque no se presenta como un edificio cualquiera, sino como una novia, única e irrepetible, que viene a entregarse para siempre: desciende del cielo como una novia adornada para su esposo. Es la enamorada que, toda ella, alma y cuerpo, está pronta y preparada para la boda. Y llegado el momento, cuando los invitados aguardan, ella se hace esperar con un secreto regocijo, pues sabe que la expectación forma parte de su adorno. Y cuando por fin hace cruza la puerta, la gente exclama: ¡esta es!

¿Y quién va a ser esta mujer sino la Iglesia? Sí, sólo una mujer en el colmo de su hermosura, o sea una novia, puede simbolizar adecuadamente la morada de Dios. Esta esposa deslumbrante, en trance siempre de llegar, está latente en toda mujer, quienquiera que sea. Y nuestro corazón siente el deber apremiante de celebrarlo: ¡esta es!


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De los cuatro, el evangelio más femenino es el de Lucas. En él figuran muchas mujeres, y principalmente María. ¡Cómo se nota que Lucas, investigador serio, acudió a buenas fuentes! Se pone a escribir, dice en el prólogo, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos (Lc 1, 3). ¿Y qué comienzos? ¿Dónde comienza Aquel del que se dice que fue engendrado, no creado? En María. Pues aunque no fuera creado, Cristo sí fue criado.

 

Que se lo pregunten a María. En Ella comienza, de Ella sale, por Ella se llega. Si quieres investigar al Hijo haz como Lucas, comienza por la Madre.

 

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Y ahí tienes a tu pariente Isabel, que ha concebido en su ancianidad… porque para Dios nada hay imposible (Lc 1, 36). Para ilustrar el milagro de María, el Ángel propone el milagro de Isabel: una anciana que concibe. ¿Por qué este milagro y no otro? Después de los prodigios grandiosos e incontestables de la Sagrada Escritura, ahora que llega la plenitud de los tiempos, ¿basta este signo tan discreto para realzar un momento tan sublime? Y sin embargo el Arcángel insinúa que es precisamente en la concepción de Isabel donde resplandece el colmo de la omnipotencia divina, sólo superada por la Encarnación del Verbo: porque nada hay imposible. Para Dios, en efecto, ser poderoso es ante todo ser fecundo. De ahí que, en el orden natural, la mayor gloria que puede alcanzar un ser humano es ser madre.

En el orden sobrenatural sucede algo análogo, pues no hay verdadera vocación divina que no consista en cierta forma de maternidad espiritual, más intensa que la de la carne: el celibato, la virginidad, el apostolado, la dedicación a los pobres… Habituados a valorar la eficiencia por encima de la fecundidad, los hombres nos hemos vuelto miopes para Dios.

Ahí tienes a tu prima Isabel, dice el Mensajero, porque tú, María, sabrás entender esta señal, que a su vez esclarece la tuya. Sólo el prodigio de una maternidad puede servir de signo para otra maternidad. De ahí ese entendimiento tácito, hondo, que se da entre las madres.

 

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Atención a esta matrona judía que se alza entre la multitud, esta mujer del pueblo, fogosa y enérgica (cf. Lc 11, 27-28). Su corazón materno no puede reprimirse a la vista de Jesús: “¡dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!, dichoso ese cuerpo de madre que es como el mío, en Ella, en la Virgen, también me siento madre tuya”. Esto quería decir la mujer del pueblo, por cuya boca hablaba el auténtico Pueblo, o sea la Iglesia, a la cual personificaba sin darse cuenta. En Jesús las mujeres se entienden, las madres se solidarizan y las esposas alumbran a la Iglesia.


Pero él replicó: dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan. ¿Y cuál es esta palabra? Cristo, el Verbo encarnado. Por tanto escuchar la palabra es concebirlo y gestarlo, como hizo María. ¿Y qué es guardar la palabra? Hacerla crecer, como la madre que cría al bebé dándole el pecho. La réplica de Jesús equivale a una exclamación: ¡Dichosa mi Madre, que realizó con su alma lo que significó con su cuerpo!


 

 

 

 

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