Echar raíces

12 enero 2007

 

 

La Hemorroísa

 

 

Y una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho por parte de muchos médicos, y gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor,   cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y tocó su vestido;   porque decía: Si pudiera tocar, aunque sólo fuera su manto, quedaré sana.   En el mismo instante se secó la fuente de sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad.   Y al momento Jesús, conociendo en sí mismo la virtud salida de él, vuelto hacia la muchedumbre, decía: ¿Quién ha tocado mis vestidos? (Mc 5, 25-30)

 

 

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Y mientras iba, la turba le apretujaba (Lc 8, 43).— Lo comprimían pero sin detenerlo; avanzaba, pero entre empujones. Iba con ellos, pero a pesar de ellos y hecho a ellos.

 

Así nos lleva. Nuestra ingratitud y tosquedad la usa Jesús para acogernos más a fondo. Como cera blanda, su sagrado Corazón recibe gustoso la impronta de nuestra miseria. Trabajosamente nos conduce Cristo. Su forma de llevarnos es perdonarnos.

 

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Todo en la Hemorroísa pasa oculto: su enfermedad nadie la ve y, por ser propia de mujeres, los varones ni la entienden. Su oración se alza en silencio (decía en su interior: con sólo tocar el manto...). Su presencia se pierde en la multitud. El milagro, ni Jesús mismo lo advierte al principio (se volvió diciendo: ¿quién me ha tocado?). Y una vez producido, sólo ella lo nota, por ocurrir en lo íntimo de su cuerpo...

 

Es muy femenino este modo de experimentar los milagros, de pedirlos y obtenerlos. Como criatura en su seno, cada mujer vive gestando algo divino, que si se manifiesta es sólo después de haberlo madurado largamente.

 

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Para muchos vivir es desangrarse. La vida se les va, paulatina e insensiblemente. Y tienden la mano a Cristo, náufragos en la multitud, con su herida vergonzante.

 

Quiero ser, Señor, la orla de tu manto, el lugar donde salta la chispa.

 

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Había sufrido mucho por parte de muchos médicos.— Cuanto más disienten los consejeros tanto más se concilia el dolor. Tras cada curación fallida la enfermedad se instala con más ahínco. Médicos y curaciones se multiplican, y mientras el enfermo se hunde en la soledad incomunicable. ¿Pues qué es sufrir, a fin de cuentas, sino sentirse solo?

 

Sin embargo ahí, en el sótano de la soledad, es donde la mano temblorosa acierta con Cristo: Y se volvió diciendo: ¿quién me ha tocado?

 

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Cada herida es un milagro en gestación.

 

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¿Quién ha sido?.— Entre muchos Jesús pregunta por uno. Busca un tú al que mirar a la cara.

 

Ella quería pasar por Jesús discretamente, como quien sube al autobús, sin molestar al conductor, para acomodarse en el último lugar.

 

Pero Jesús no quiere dar sin darse. Por eso la entresaca de la masa anónima.

 

¿Acaso no es así la oración? Empezamos buscando el don y nos topamos con el Dador.

 

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¿Quién me ha tocado?.— El tacto llama a la vista; el uso conduce a la presencia; del manto se pasa al rostro; de la mano, a la mirada; de la parte, al todo. (¿Acaso no consiste justamente en esto la esencia del verdadero vestido?).

 

Todo en Jesús, hasta su ropa, nos invita a su encuentro.

 

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¿Quién me ha tocado? .— La Puerta no se abre a empujones sino a quien la toca. Aquí nada vale tu oración atropellada y chapucera, tus propósitos voluntaristas y autosuficientes. Tienes que aprender a llamar con humildad y a esperar con paciencia. Si no, podrías quedarte para siempre en los umbrales de Cristo sin entrar Él.

 

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¿Quién…?.— Si tengo nombre, Señor, es porque te lo digo.

Si soy alguien es delante de ti.

Si soy único es porque me llamas.

Si sé quien soy es porque me lo preguntas.

Si tengo rostro es porque me miras.

 

¿Quién? —preguntas a la muchedumbre amorfa.

Sólo respondiéndote, Señor, puedo yo salir de ella.

 

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¿Quién?.— Desde mis brumas me sacas, Señor, a mi identidad. De este barullo gris donde me ignoro llego a tu clara presencia. Y al responderte me convierto en mi propia respuesta: “¡Yo soy!”.

 

Me has creado sacándome de la nada y me recreas continuamente sacándome de la mediocridad.

 

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Cristo se acerca a los que no sabemos pedir, para que le podamos robar.

 

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Y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba  (Mc 5, 24).— Como en un autobús en hora punta, entre incomodidades y estrechuras, te mueves dentro de la fe torpemente, pero ante Dios con holgura y ligereza; aparentemente lento pero en realidad rápido; hacia dentro comprimido, pero fuera lanzado.

Porque el conductor es Cristo, y el motor, su Espíritu.

 

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Todo el mundo te oprime, ¿cómo preguntas que quién te ha tocado? (Mc 5, 31).— Sin embargo toque y empujón son dos cosas distintas.

 

El empujón es presión sin rostro, bulto anónimo, fuerza sin nombre ni historia, que no procede de sí mismo sino de las circunstancias que lo envuelven y arrastran. Choca con todos sin encontrarse con nadie.

 

Con el toque, en cambio, la Hemorroísa alcanza a Cristo, llega a Él; después de un periplo largo y tortuoso puede, por fin, echar el ancla en el puerto.

 

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Para ser único a los ojos de Dios no hay que salir de la multitud: basta con salir de la tibieza.

 

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