Echar raíces

11 diciembre 2006

 

 

La tempestad calmada

  

 

Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen? (Mt 8, 23-27).

 

 

El mar de Galilea tiene forma de corazón. Y al igual que el humano, éste es insondable, imprevisible, caprichoso, turbulento y, a pesar de su reducido tamaño, extremadamente peligroso.

 

¡Sálvanos, que perecemos! (Mt 8, 25).— Grítale también tú, cuando las olas se alcen amenazadoras. Porque el Señor duerme: Él reposa en el centro de tu tormenta, esperando que lo despiertes (¿o que tú te despiertes a Él?).

 

¿No te importa que nos ahoguemos? —Gritan los apóstoles. Hasta que, levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza (Mt 8, 26). La paz que un momento antes reflejaba su rostro dormido, ahora pasa al mar, que se acurruca dócil a sus pies…

 

Exsurge, Christe, ádiuva nos!: ¡Ponte de pie y ayúdanos! No sea que me ahogue en este mar tuyo, donde navegas, y pescas y predicas y recorres a pie y donde duermes al vaivén de las olas; en este mar tuyo que es, Jesús, mi corazón…

 

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¿No te importa que perezcamos? (Mt 8, 25).— En Cristo dormir es una forma de velar. Su despreocupación disipa nuestra falsa preocupación, su paz nos rescata del tumulto en que naufragamos, y durmiendo nos despierta de nuestra pesadilla.

 

¡Sálvanos! Al despertarte, Señor, me despierto para ti. Amanéceme, sé la aurora que me levanta levantándose.

 

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Las olas cubrían la barca, pero él dormía (Mt 8, 24).— Para nosotros son turbación y angustia, para Él, arrullo sosegado, suave vaivén que le mece y le acuna. El viento que nos amedrenta con su aullido, en sus oídos suena como una nana. ¿En qué sueña Jesús para reposar tan tranquilo?, ¿qué miran sus ojos cerrados?

 

Sueña en ti y en mí y por eso irradia paz. Sus sueños redentores ahuyentan tu miedo. Métete en ellos. Si a través de Cristo sueñas en las personas nunca temerás la tempestad.

 

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Los apóstoles temen ahogarse en la mar embravecida. Cerrando tus ojos, Señor, húndeme a mí en el mar de tu Corazón, donde me sueñas santo.

 

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Yo me quedo dentro, Señor, cuando cierras tus párpados. En tus profundidades me muevo a mis anchas, libre por fin de la cautividad. Cuando el señor cambió la suerte de Sion, nos sentíamos como en un sueño (Salmo 125). Cuando te veo dormir en medio del oleaje, ¿cómo voy a inquietarme si tu sueño soy yo?

 

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