Echar raíces

24 julio 2007

 

 

Nacimiento e infancia de Jesús

 

 

 

Saltó de gozo en su vientre (san Juanito en el vientre de Isabel, Lc 1, 40).— La madre siente saltar a su hijo, ¿pero cómo sabe que es de gozo? Sin duda por el diálogo misterioso que se entabla entre ambos en el seno materno: hacia dentro habla ella, desde dentro responde él.

 

En todo embarazo ocurre así. Durante nueve meses madre e hijo intercambian la palabra incesante y total de sus cuerpos, con la cual se dicen lo que son.

 

Y análogamente sucede con Dios, en cuyo regazo vivimos esperando el dies natalis, el nacimiento definitivo, en el cual lo veremos cara a cara. Entonces volverá a coincidir lo que damos y decimos con lo que somos.

 

Viviendo con esta esperanza ¿cómo no saltar de contento? ¿Cómo no bailar con el Bautista nonato?

 

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Y la gloria del Señor los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor (Lc 2, 9).— La gloria los rodea y el temor los llena; la luz por fuera y la reverencia por dentro; belleza exterior y devoción interior: ¿acaso no es esto la Navidad?

 

El resplandor del Ángel de Belén forma el vestíbulo apropiado, hecho de asombro y veneración, por el que nosotros, que somos pastores, entramos en la Navidad.

 

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Vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido… (Lc 2, 10-11).— Sólo tú, Señor, cumples el sueño de todo amante, que es nacer para quien ama. Sólo tú puedes dárteme plenamente, pues en tu principio decides tu fin. ¿Y quién es ese fin sino yo…?

 

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Jesús rompió a nacer llorando. La primera bocanada de aire hirió sus pulmoncillos recién estrenados. Como a todo hombre, la vida le empezó resultando dolorosa y excesiva.

 

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No había sitio en el mesón.— El espacio y el tiempo son inventos del amor. Quien ama hace sitio, quien ama saca tiempo.

 

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Imposible fingir delante de un bebé. Junto a la cuna el teatro del mundo suspende su función, y cada cual deja el personaje que representa, para ser sencillamente quien es.

 

Y si esto vale para todo niño, ¿cuánto más para Aquel que ha sido puesto a fin de poner en evidencia los pensamientos de muchos corazones? (Lc 2, 34-35)

 

Deja, por tanto, todas tus máscaras fuera del Portal y entra a cara descubierta: Miradlo y quedaréis radiantes y vuestro rostro no se avergonzará (salmo 33, 6).

 

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Y lo envolvió en pañales (Lc 2, 7).— María no sólo envuelve el cuerpo de Jesús, sino toda su vida, desde el pesebre al sepulcro. Los pañales y la mortaja son los extremos de un único lienzo con que María abarca a su Hijo en el espacio y el tiempo, y lo mantiene en su corazón.

 

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Y lo envolvió...—  Envolverlo es prepararlo como un regalo, y concretamente como regalo de Navidad. Con este gesto María anticipa y resume lo que será la vida de su Hijo: darse.

 

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Pesebre: comedero de animales. A nosotros, que somos toscos y rudos como ese buey y esa mula, Jesús nos dice: “cómeme”.

 

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“Por debajo del arco del portalico se descubre a María, José y el Niño...” ; “Asómate a la ventana y verás...”; — Los villancicos hablan de asomarse como a hurtadillas, espiando tras las puertas, fisgando por las esquinas y ventanas, con una mezcla de curiosidad y veneración,  ¿por qué?

 

El montañero se asoma al abismo imponente; la chica, al balcón donde aguarda el novio; el niño, ante el escaparate de las golosinas… Hay cosas demasiado grandes, hermosas y dulces para verlas de frente. Cuando están deslumbrados los ojos del corazón, los de la cara prefieren entornarse. Si nos asomamos es porque nos asombramos.

 

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“Beben y beben y vuelven a beber / los peces en el río / por ver a Dios nacer” (villancico popular).— Me muevo a mis anchas en el río de la contemplación y nunca me canso. Me embebo del misterio de Belén, y esto que bebo aumenta mi sed de ver.

 

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Ex carne salus, “de la carne proviene la salvación” (aforismo teológico).— Comenzando su vida terrena Jesús dice sin palabras lo mismo que dirá al final: La paz sea con vosotros, palpadme y ved que soy de carne y hueso (cf. Lc 24, 36-39).

 

La carne bendita de Nuestro Señor es revelación de su presencia, prueba de su identidad y garantía de su paz.

 

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Siendo rico se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor 8,9).— Encarnarse es vestirse Dios un traje de mendigo y así ofrecernos el Cielo como quien pide una limosna.

 

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Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Salmo 79, 4).— Una mirada puede colmar una vida. Enséñame tu cara, Señor, y diré con el anciano Simeón: Ya puedes dejar a tu siervo irse en paz, pues mis ojos han visto… (Lc 2, 29). Porque verte es verme, y me veo viéndome ver.

 

¡La mirada de Dios se intercambia con la mía! En esta reciprocidad reside la salvación. Sin embargo no es posible si mi corazón no está tan limpio y dispuesto que aflore a mis pupilas: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8)

 

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Un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz  (Lc 2, 9). — No sólo rodeó a los pastores, sino también a las ovejas, a los aperos, a las vituallas, a la ropa, a los matorrales y hasta las mismas piedras: ¡todo el mundo se transfigura con la llegada del Redentor!

 

En Navidad celebramos esta divinización de lo humano, que nunca cesa desde entonces. Y adornando nuestra casa queremos colocar nuestra vida ordinaria bajo este haz luminoso de Belén: nuestra pobre purpurina recuerda el foco de gloria de los ángeles, que todo lo enciende.

 

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Gustad y ved qué bueno es el Señor (Gustate et videte quoniam suavis est Dóminus, Sal 33, 9).— Los dulces navideños comunican este mensaje.

 

Gustad y ved: porque ves después de gustar. Primero saboreas la humanidad de Jesús, para entrever luego su divinidad. No te contengas, pues, ante este Dulce, que no empalaga, envuelto por las manos primorosas de María…

 

 

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