Echar raíces

11 diciembre 2006

 

 

Getsemaní

  

 

 

 

Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado (Mt 20, 18).— Jesús no huye ni de la vida ni de la muerte. Caminando hacia Jerusalén asume ambas y supera su eterno antagonismo.

 

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Y entonces se reunieron… para apoderarse con engaño de Jesús (Mt 26, 3-4).— Apoderase para librarse; tenerlo para evitarlo. Así sucede con el cumplo-y-miento de las prácticas de piedad. Consentir a la oración tibia y distraída es apresar a Jesús para, una vez controlado y sujeto, neutralizada su capacidad de exigir, dedicarme tranquilamente a mi egoísmo.

 

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Y dijo Judas: ¿qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? (Mt 26, 14-15).— ¿Qué a cambio de Jesús? Puestos a trapichear, ¿acaso no es Jesús infinitamente canjeable? Muchos, en efecto, lo han cambiado por sus egoísmos, su sensualidad, sus amores fáciles y epidérmicos, su avaricia…   Y tú, ¿qué has puesto en su lugar?

 

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¡Ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valiera no haber nacido (Mt 26, 24).— Porque no nacemos para algo sino para Alguien: quien nace, nace para Jesús. ¿Y qué sentido tiene vivir negando la Vida?

 

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Tomando la palabra Judas, dijo: ¿Acaso soy yo, Rabí? (Mt 26, 25).— ¿Qué pretende Judas con esta pregunta? ¿Saber si su víctima está apercibida, y así organizar mejor el plan? ¿O bien es una verdadera duda sobre sí mismo?

 

¿Acaso soy yo, Rabí? ¿Acaso yo sigo siendo yo, ahora que te traiciono? Respóndeme, Rabí, pues empiezo a dudar de mi identidad y me diluyo en este personaje que represento, esta fachada hueca de mi nombre y apellido; respóndeme, antes de convertirme en mi propio fantasma…

 

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¿Acaso soy yo? ¿Reconoces en este traidor de hoy al apóstol de ayer?

 

El acento de Judas trasluce la angustia del náufrago ante el barco que se aleja. La respuesta de Cristo, aparentemente escueta y fría, es un cabo lanzado en el último momento: Sí, tú lo has dicho. Sí, tú eres el que yo conozco, el que he elegido, aún estás a tiempo…

 

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Pedro dijo “aunque todos te abandonen, yo no”  (Mc 14, 29).— Algo así dijeron, tiempo atrás, los hermanos Juan y Santiago (Mt 20, 22):

—¿podéis beber el cáliz?

—¡podemos!

Pero lo de ellos fue un arranque de entusiasmo, mientras que esto de Pedro es presunción y nerviosismo. Los Boanerges hablaban mirando a Jesús, Pedro en cambio se fija en sus propias fuerzas. Y esta autosuficiencia, ¿de dónde viene sino de la inseguridad, la incertidumbre, la duda?

 

Aquel “¡podemos!” lo exclamó el amor, este “no te negaré” lo afirma el temor.

 

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Son peores los disparates del miedo que los de la emoción.

 

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Aunque todos se escandalicen yo nunca me escandalizaré (Mt 26, 33).— ¿Quién puede decir de sí mismo “nunca”? En boca de los hombres la palabra “nunca” es sospechosa.

 

En la noche los “nuncas” y “siempres” se difuminan. En verdad te digo que esta misma noche… me negarás. Porque las sombras, el dolor, la tentación me traen una versión distinta de mí mismo, desconocida, imprevisible, acaso traicionera. ¿Quién se mantiene firme por sí solo?

 

Cada palabra humana tiene su noche, donde vacila. Por eso dice el salmo: omnis homo mendax, todo hombre es mentiroso (115, 11).

 

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Nunca me escandalizaré.— ¿Mentía Pedro? No, era totalmente sincero, sólo que a un nivel meramente humano. Sin embargo el Pedro de la fe, aquel que confesó tú eres Cristo, ahora callaba.

 

El hombre viejo es muy sincero cuando dice “no puedo” y también cuando afirma categóricamente “¡podré! (yo sólo)”. Pero es una sinceridad enferma de raíz pues no se funda en la Verdad, o sea en Cristo, que ha dicho: sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

 

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Los hombres viejo y nuevo (cfr Col 3, 9-10) son ambos sinceros, pero cada uno a su modo, por eso dicen lo contrario. El nuevo es sincero desde dentro y hacia dentro, el viejo desde fuera y hacia fuera…

 

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Sentaos aquí mientras voy allá a orar (Mt 26, 36).— Así en esta oración mía: el que se sienta soy yo, el que ora es Él.

 

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Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra (Lc 22, 41).— Velar es orar asumiendo la distancia que nos separa del verdadero Orante. Velar es transformar en oración nuestra ineptitud misma para orar. Cuando velo salvo la distancia de ese tiro de piedra, que es el espacio infinito entre Cristo y yo.

 

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Sentaos aquí mientras voy allá. Y se apartó como a un tiro de piedra (Mt 26, 36; Lc 22, 41).— La piedra soy yo. ¿Y qué me importa ser piedra con tal de ser lanzado desde aquí hasta allá, desde la Tierra al Cielo?

 

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Se postró rostro en tierra mientras oraba (Mt 26, 39).— Su Rostro pegado al rostro del mundo, cara con cara. Para hablar al Cielo Cristo busca el contacto de la Tierra.

 

Aprendamos de Jesús esta oración terrosa. En ella el hombre se confiesa barro y hace por volver a las manos de su Alfarero. Al contacto de los labios de Cristo la tierra, o sea tú y yo, cobra voz.

 

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Empezó a entristecerse y sentir angustia (Mt 27, 37).— Jesús ora toto corde, con todo su Corazón. Su cuerpo, como guitarra bien afinada, vibra con la música desgarrada de su alma.

 

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Velad y orad (Mt 2, 41).— Orando en Getsemaní formamos la retaguardia de Jesús: él toma la palabra mientras nosotros velamos.

 

¡Que los ojos del corazón se mantengan abiertos en medio de la noche! Como los de Pablo recién caído del caballo: aunque tenía los ojos abiertos, nada veía (Hech 9, 8).

 

Velar es rezar abriendo los ojos más que la boca. La boca que habla es Jesús, los ojos que contemplan somos tú y yo.

 

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Si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26, 42).— Hay que beber “lo que pasa”. Beber los acontecimientos de la propia vida es metabolizarlos, incorporarlos a nuestra persona: beber para vivir.

 

Bébete lo que vives. Pues “lo que pasa”, si no es bebida que te nutre es torrente que te ahoga.

 

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Llegó un gran gentío con espadas y palos (Mt 26, 47).— Estandarte del temor, las armas no sirven para buscar personas sino para defenderse de ellas. Así sucede con esta multitud: ¿a quién pretenden encontrar sino a su propio miedo? Con armas, más que buscar, lo que se hace es huir.

 

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Aquel a quien yo bese, ése es (Mt 26, 48).— Porque los besos no fallan, dan con la persona, la exponen, la desnudan, la desarman. Basta un beso para alumbrar una vida y también para frustrarla, porque el beso la recapitula y la condensa toda en un instante, en el leve contacto de los labios. Con casi nada puede perderse casi todo.

 

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¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre? (Lc 22, 48).— Tomando en serio nuestro cariño, creyendo en él, viviendo sus gestos, Jesús se arriesga a nuestro peligro y cae en nuestras trampas.

 

Los otros llevan espadas, lanzas y garrotes, pero el arma de Judas es la más afilada.

 

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¿Por qué, Señor, te expones a mis traiciones, te dejas engañar una y otra vez por mí? ¿Cómo es que te fías conociendo al Judas que llevo dentro?

 

La tibieza convierte mi promesa de fidelidad en la conspiración más refinada, el señuelo más engañoso, la espina más cruel.

 

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Y dijo Jesús: envaina tu espada, porque todos los que emplean espada a espada perecerán (Mt 26, 25).— Esto vale también para la espada de la lengua. Por la boca muere el pez. La mentira y la injuria son palabras de muerto: nacen matando al que las dice; dañan más al que habla que al que oye.

 

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Pedro le seguía de lejos (Mt 26, 58).— Le seguía alejándose; se acercaba pero distanciándose. El Pedro que huye forcejea con el Pedro que se atreve. Donde el temor rezaga, el amor acelera.

 

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Al instante, estando todavía hablando, cantó un gallo (Lc 22, 60).— ¿Qué hace este gallo aquí? ¿Por qué canta a medianoche? Anuncia que Cristo, Sol de Justicia, amanece en las tinieblas.

 

El Señor se volvió y miró a Pedro. Nunca te des por perdido, por muy bajo que caigas. A lo más oscuro amanece Dios.

 

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Y saliendo afuera lloró amargamente (Mt 26, 75).— Como piedra que es, y piedra principal, Pedro se rompe. Cuando acabe la Pasión le tocará el turno a todas las demás: la tierra tembló y las piedras se partieron… (Mt 27, 51).

 

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