14 enero 2007

 

 

 

Keremos ser libres

La libertad, como el dinero, si no se invierte no genera riqueza. Se estanca y sufre. La riqueza, al contrario que la libertad, no es algo que se posea por nacimiento. Hay que trabajar duro para lograrla. Esta riqueza no es la opulencia del dinero, sino la de la dignidad, la hombría de bien y la generosidad. Es decir, la fortuna que enriquece a todos y no sólo a uno.

 

Los ideales de Fede

Encontré a Federico hace unos días en el Metro. Ya no lleva las pintillas de tardoadolescente que lucía en su etapa universitaria. Ha prescindido incluso del pañuelo palestino que formaba parte de su ser; algo así como la mantita de Linus, el de la pandilla de Charlie Brown. Salimos a tomar un café y me contó que sigue con sus movidas reivindicativas, porque —afirma rotundamente— este mundo es un asco y hay que cambiarlo. En los últimos meses ha estado expresando clamorosamente su opinión acerca de la guerra a algunos cajeros automáticos y a un par de cabinas telefónicas. También me cuenta que se ha dejado unos cuantos euros en sprays de pintura para escribir lo que opina en los muros de las casas de los bienpensantes.

Fede es un buenazo y no le pega nada ser violento. Un poco insensato, a fuer de idealista, pero sin maldad en el corazón. Le he visto prestar generosamente su tiempo, sus apuntes y sus libros a compañeros de clase más despistados que él. Si bien es cierto que no responde al perfil clásico de revolucionario urbano, también lo es que se comporta como un entusiasta capaz de apuntarse a una ronda de aspirinas. Tanto le da que se trate del petróleo en las playas, de los desajustes de la globalización o de la caza indiscriminada de ballenas en el Ártico. Su deseo de hacer justicia y de castigar a los malvados que hacen de este planeta un lugar inhabitable puede más que mis prudentes objeciones, que no duda en calificar de burguesas y acríticas.

De profesión, rebelde

A pesar de todo, su montaje retórico-justiciero se viene al suelo cuando descendemos al terreno personal. No ha terminado ninguna de las tres carreras que empezó, jamás ha ganado un céntimo en un trabajo y vive confortablemente acogido en la modesta casa de sus padres. Su padre, en cambio, es uno de esos viejos luchadores, obrero de una conocida fábrica de camiones que se encontró prejubilado de la noche a la mañana en una cruel regulación de empleo y terminó de mantenedor en el campo de fútbol del barrio. A su madre no se le cayeron los anillos por limpiar escaleras cuando Fede y sus hermanos cabían todos en un cesto. Lo pasaron mal, bebieron en las fuentes amargas del resentimiento contra una sociedad dura e inmisericorde, pero no perdieron el tiempo gimoteando. Gastaron su cólera en trabajar duro y mirar para adelante en lugar de reventar las lunas de las sucursales bancarias. Ahora, las cosas han mejorado. Sus padres disfrutan de una pensión y sus hermanos trabajan, salvo la pequeña que aún estudia Bachillerato. Sólo Fede parece varado en una vía muerta. Con algo más de un cuarto de siglo a sus espaldas, le hago notar que está viviendo a costa de esa sociedad que tan mal le cae. Y se irrita cuando le digo que parece que los hijos de obrero han empezado a coger las mañas de los hijos de papá. “No te falta de nada y todavía no has dado un palo al agua”, observo. “Ya —replica, mostrando la cara más ingenua y vulnerable de su carácter— pero alguien tiene que sacudir la conciencia de esta sociedad podrida. Y es más fácil criticar que arreglar las cosas”.

Qué significa ser libre

En mi barrio es frecuente encontrar multitud de pintadas. Cualquier excusa vale para dejar un pensamiento atravesado en la pared. Algunas son muy ingeniosas y otras simples aullidos de una generación desorientada. Una me llamó la atención por su aire categórico, y es la que da título a este artículo: keremos ser libres. Era como una explicación de muchas conductas anticonvencionales: ¿Por qué hacéis esto?, se les podía preguntar. Pues, porque “keremos ser libres”, parecían responder. Y se lo espetaban sin reparo a la misma sociedad que les da de comer y les abriga. Semejante “libertad con ira” se parece sospechosamente a la actitud de un crío consentido que se siente legitimado a destrozar los regalos de Reyes porque, a fin de cuentas, han pasado a ser de su exclusiva propiedad.

No tengo nada, al contrario, contra las justas reclamaciones de paz, justicia o libertad. Pero me atrae una libertad, llamémosla creativa. Una libertad que no es carta blanca para que los demás tengan que fastidiarse por lo que elijo. Una libertad que me lleva a ser mejor persona, en relación conmigo mismo y con los otros. El alma necesita abrir caminos, explorar rutas ambiciosas, entusiasmarse con la ilusión de conquistar mundos. Quedarse atrapada en opciones raquíticas, miopes, utilitaristas o de simple consumo es como represarla y arriesgarse a que el agua limpia del caudal interior quede recluida en una charca infecta que se poblará de bichos al menor descuido.

Elegir una ruta

Un experto en educación me aseguraba hace unos días que muchos de los problemas con que a diario tropezamos en las aulas se resolverían solos con enviar a los alumnos a participar en la recogida de la fruta con los temporeros que acuden desde toda Europa a la zona en la que está su pueblo. Argumentaba su original propuesta educativa —basada en doblar el espinazo de sol a sol— con la pretensión de corregir el poco valor que damos en las sociedades urbanas a las innegables ventajas del bienestar alcanzado con el esfuerzo de los currantes que nos permiten vivir como marajás. Quizá nos hemos acostumbrado a recibir mucho de balde y encima no nos satisface. Tal vez la vida carente de responsabilidades y de apremios ha contribuido a generar insaciables que no saben lo que vale un peine. Basta observar el hastío y aburrimiento de los veranos vacíos de no pocos jóvenes y adolescentes.

Me gustó muchísimo el planteamiento de la película Billy Elliot: un chaval de once años, crecido en una barriada obrera, testigo y víctima de la lucha de su padre viudo y de su hermano por evitar el cierre de las minas, descubre que su vocación no es el boxeo sino el ballet clásico. Todo un feroz conflicto social sirve de telón de fondo al drama de un muchacho que ve crecer dentro de sí un anhelo que nadie de su entorno está en condiciones de comprender. Hay en el alma de Billy una firme determinación que le empuja a luchar por aquello en lo que se cree. Y asume los riesgos que supone alcanzar esa meta. Me pregunto si eso será posible cuando a un niño se le ha educado en la seguridad práctica de que más que pelear las cosas es mejor comprarlas. Basta ver cómo algunas familias celebran los cumpleaños de sus retoños. Incluso entre no pocos católicos causa dolor ver la falta de templanza al montar la fiesta de una Primera Comunión. Querámoslo o no, a todos se nos va la mano en determinadas fechas, y pongo como prueba la inexistente sobriedad en los regalos y agasajos de Navidad. El simple gesto de diferir las gratificaciones ha sido siempre una sana medida para hacer madurar lo que los sabios del ramo llaman inteligencia emocional.

Calvin & Hobbes

Watterson, el genial dibujante norteamericano, ha captado en muchas viñetas la insatisfacción del resentido. Recuerdo una en la que el pequeño Calvin —seis años en la ficción y una mente de treinta a los ojos del lector— está enfadado porque su madre le ha negado una subvención para financiar el horripilante muñeco de nieve que ha hecho en el jardín y al que ha bautizado con el nombre de “Bufón Burgués”. Hobbes, su tigre de peluche que manifiesta su alter ego chinchante y gusta de la filosofía plomífera del sentido común, le pregunta: “¿Para qué necesitas una subvención?” Calvin responde: “¡Estoy creando arte! ¡Mi trabajo merece apoyo público!” Hobbes pregunta: “¿Y si al público no le gusta tu trabajo?” “¡No tiene porqué gustarle! —replica Calvin— ¡Es vanguardista! ¡Critico a los mediocres que no aprecian un arte así!” “Pero aceptas su dinero”, dice Hobbes escandalizado. “¿Y qué quieres que haga? ¿Sufrir?”, le espeta Calvin dando por finalizada la conversación y el chiste.

Un banquero romántico

Hace algún tiempo escuché a un conocido banquero contar cómo, con ocasión de las primeras elecciones libres después de muchos años de no haberlas, había accedido a financiar la campaña electoral de unos partidos extremadamente radicales y negársela en cambio a los grupos más moderados. Me llamó la atención, porque los banqueros se parecen poco a las Hermanitas de la Caridad y porque seguramente en el programa de los extremistas figuraba la pretensión de colgar de sus propias tripas a los representantes de la oligarquía terrateniente y financiera. Pero él adujo que los líderes más conocidos de los partidos poderosos pedían dinero por su cara bonita y su seguridad de triunfo. En cambio los gestores de esos grupúsculos utópicos no dudaron en poner sus propias casas como aval para solicitar sus créditos. Esto conmovió las endurecidas fibras del financiero.

No trato de concluir nada contundente con estos ejemplos. Tan sólo el pensamiento de que hay quien se la juega por alcanzar sus ideales mientras que otros, con toda la buena intención que se quiera ver en su gesto, simplemente viven de ellos sin arriesgar nada. Es natural que a muchos jóvenes no les guste el mundo que encuentran como herencia. Gente como Fede sirve de vanguardia para despertar en todos el deseo de un mundo más justo. Admiro su gesto que reclama libertad porque se siente atenazado por fuerzas poderosas. Y lo comprendo también, porque el agua, como ocurre con los ríos, tiene que pasar por algún sitio.

El Santo Antojo

Sin embargo, el clamor por una libertad egoísta me suena vacuo. Nuestros tatarabuelos hicieron revoluciones para entronizar a la diosa Razón. Ahora muchos parecen encaminarse —como dice la canción de Sabina— a una manifestación para enaltecer el Santo Antojo. Un ídolo de barro consumista y reaccionario que no aporta soluciones ni arrima el hombro. Sólo brama disgustado porque no se le mima lo suficiente. Se hace una barricada con la propia capacidad de decidir y al final uno cosecha vacío o frutos ridículos por su mezquindad. Sin una elección que apueste por la excelencia, por el deseo de servir, de colaborar, de darse, es fácil caer en el capricho pueril o en el lamento estéril.

Contra semejante desperdicio han clamado las almas más nobles que han atravesado la Historia. La libertad es un don divino que hace a los hombres capaces de lo más grande y de lo más vil. Por eso me gusta el programa que traza San Josemaría en el primer punto de Camino, enmarcado nada menos que en el capítulo sobre el carácter. Una ruta clara porque proporciona un compromiso serio capaz de orientar toda la existencia: Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.

 

Javier Láinez

arvo.net

 

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