Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

P R I M E R A  E S T A C I Ó N

 

 

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

  

Había un gran barullo en las calles. Unos y otros no dejaban de hablar de Jesús de Nazaret. Los sacerdotes lo habían hecho prisionero por envidia y miedo. En su presencia Jesús había osado declararse nada menos que el Hijo de Dios. Querían matarlo. Por eso estaba ahora en poder de los romanos, aunque antes había estado ante el rey Herodes, que se burló de Él y “le puso un vestido blanco”. Pilato, que era el gobernador, debía tomar una decisión.

 

Benjamín, curioso como todos los niños, se había acercado hasta el palacio romano. Antes avisó a su amigo Cayo, que era hijo de un centurión. Entraron sin ser vistos y escondidos tras unas cajas, con el corazón en un puño, escucharon a Pilato preguntar:

 

-          “¿Eres tú el Rey de los judíos?”.

-          “Tú lo dices”, respondió Jesús.

 

Los dos niños se miraron sorprendidos. El gobernador no lo estaba menos. No sabía qué hacer. Se levantó y fue a un lugar elevado desde donde se dirigió a la multitud. Durante la fiesta era costumbre soltar a un preso. Les propuso soltar a Jesús. Pero los sacerdotes habían propagado otra consigna entre el pueblo.

 

-          “¡No, a Barrabás!”, gritaron todos.

 

Barrabas era un asesino. Benjamín y Cayo miraban mientras tanto a Jesús. No se cansaban de mirarle. Era alto, fuerte y parecía estar rezando, lejos de todo aquello. De pronto un rugido de mil voces les sobrecogió:

 

-          “¡¡Crucifícalo!!

 

Pilato cedió, como cedemos muchas veces cada uno de nosotros a lo más fácil. Tuvo miedo de la verdad. Allí mismo se lavó las manos y les entregó a Jesús.

 

Los soldados le ataron a una columna y le azotaron sin piedad. La sangre salpicaba el suelo. Benjamín lloraba y Cayo sintió vergüenza de ser romano. Su mismo padre estaba allí. Vieron como, un poco más tarde, le pusieron una sucia capa color púrpura y una corona de espinas, mientras le escupían y le insultaban. Jesús no decía nada, no se quejaba.

 

Cayo había arrastrado a Benjamín hasta una posición más favorable, desde donde no se perderían detalle. Nadie reparaba en ellos. Y fue entonces cuando Jesús les vio. Los dos niños sintieron en el alma aquella mirada. Nada podía ser ya como antes. Nada. 

 

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