Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

S E G U N D A  E S T A C I Ó N

 

 

JESÚS CARGA CON LA CRUZ

  

Tan pronto vieron Benjamín y Cayo que ponían sobre los hombros en carne viva de Jesús semejante peso, entendieron que lo llevarían al Gólgota, un pequeño monte a las puertas de Jerusalén. Corrieron hasta la entrada del patio. Querían verle salir, defenderle si podían del odio de tanta gente que le esperaba.

 

Así fue. Lo recibió una lluvia de escupitajos, piedras e insultos. Los soldados gritaban y empujaban con sus lanzas y escudos, intentando mantener un poco de orden. Cayo recibió un puñetazo en la espalda que lo tumbó al suelo. Benjamín le dio la mano y los dos intentaron ir al paso de Jesús, seguirle mientras pudieran. No dejaban de mirarle. Mirándole se veían capaces de cualquier cosa, eran invencibles.

 

A los niños les admiraba la paz de su rostro, medio oculto por mechones de pelo ensangrentado y las hinchazones de los golpes. Cayo recordó que en una ocasión había dicho que si alguien quería seguirle debía coger su cruz cada día. Se lo había oído a su padre, el centurión, y no había logrado entender. Ahora comprendía.

 

Jesús iba descalzo. Iba dejando las huellas de sus pies en un rastro de sangre. Se hacía duro seguirle. Los dos niños luchaban a brazo partido con las dificultades. Algún soldado les reconoció, pero ellos lograban siempre escabullirse. Debían llegar como fuera al Gólgota, con Él.

 

Jesús llevaba la Cruz como un trofeo. Al menos eso le parecía a Benjamín que, lleno de polvo, casi no veía. En el tumulto había perdido una sandalia. Mientras tanto, a su amigo Cayo ya no le daba ninguna vergüenza que le vieran llorar.

 

 

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