Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

C U A R T A   E S T A C I Ó N

 

 

JESÚS ENCUENTRA A MARÍA, SU SANTÍSIMA MADRE

 

 El camino se va haciendo ligeramente cuesta arriba. De pronto a Cayo hay algo que le llama la atención, le dice a Benjamín que Jesús parece mirar a alguien en concreto. Hasta ese momento sus ojos estaban fijos en el suelo, pero ahora no. Sus pasos se hacen todavía más lentos, como queriendo apurar un momento único. ¿A quién mirará? ¿Tal vez a alguno de sus discípulos? Benjamín se vuelve y tras él descubre a una señora que no aparta los ojos de Jesús. Le pareció la mujer más hermosa  que había visto nunca.

 

-          Niño, ¿cómo te llamas? –le pregunta de pronto un joven que está al lado de la señora.

-          Benjamín –responde sin temor-; ah, y este que está aquí es mi amigo Cayo.

-          Yo me llamo Juan. Y esta mujer es la madre de Jesús, María. Os hemos visto antes, cuando habéis salido a consolar a su Hijo. Creíamos que erais dos ángeles. Él os lo pagará. Siempre lo hace.

 

Jesús seguía mirando a su Madre. Y nosotros con Él. Los ojos de María están llenos de lágrimas. Su dolor es inmenso, sin medida. Los dos niños no apartan sus ojos de ella, como hipnotizados. Juan la tiene cogida del brazo. Si la dejara se desplomaría bajo el peso de tanta pena, como su Hijo.

 

Ya está. Jesús ya está un poco más allá. Los ojos de su Madre –de nuestra Madre- se cierran por un momento, recogida en oración. Y cuando los vuelve a abrir mira a Juan,  y mira también a Cayo y a Benjamín a quienes acaricia y sonríe. Se fija en que Benjamín tiene un pie descalzo. No le pasa desapercibido este detalle a una madre. Con un trozo de tela, y con gran ternura, le pone provisional remedio. Ya no se apartarán de su lado, irán de su mano hasta la cumbre del Gólgota, acompañando a Jesús.

 

 

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