Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

Q U I N T A  E S T A C I Ó N

  

 

SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS

  

Después del encuentro con su Madre –con nuestra Madre- la Cruz a Jesús se le hace más pesada y se siente todavía más solo. No anda, se arrastra. Ya casi no le queda aliento. Benjamín y Cayo no le pierden de vista ni por un momento. A Cayo, que es más impetuoso, se le escapa un grito:

 

-          ¿¡No veis que ya no puede más!?  ¡Por Dios, ayudadle!.

 

El oficial al mando le oyó. Dudó por un momento, pero tuvo compasión. Hizo venir hasta donde se encontraban a un hombre que pasaba por allí, que volvía de trabajar.

 

-          ¿Cómo te llamas?, le preguntó.

-          Soy Simón de Cirene oficial.

-          Pues bien Simón, ayuda ahora mismo a este hombre a llevar la Cruz. Vamos.

-          Con todos los respetos oficial, no puedo. Mi familia me espera para comer, llego tarde. Además no quiero saber nada con esta gentuza.

-          Coge la Cruz ahora mismo o acabarás como Él.

-          Pero..., pero..., no es justo.

-          ¡Vamos!

 

Mientras se desarrollaba esta conversación, Jesús descansaba un poco de rodillas, con la Cruz aplastándole la espalda. Cayo y Benjamín se dieron cuenta de que el Señor –así le llamaba Juan- había escuchado todo.

 

En el mismo instante en que Simón tomó en vilo el madero, de mala gana y jurando en arameo, Jesús le miró. Fue cosa de unas décimas de segundo, pero el de Cirene no se volvió a quejar, y aceptó con una sonrisa la humillación. Más tarde contaría a sus hijos que sintió como si el rompecabezas que era su vida hasta entonces tuviera por fin sentido.

 

Jesús está solo. Pero en tal suplicio, en aquella angustia tan insoportable, unos pocos le ayudan. Benjamín y Cayo también. Con su oración, con su decidido testimonio, con su compañía.

 

 

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