Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

N O V E N A   E S T A C I Ó N

 

  

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

 

  

Los pecados de los hombres son tantos, el peso de la Cruz tan descomunal que tenía que ocurrir. Jesús, que es nuestra fortaleza, cae una vez más, aplastado. El golpe es tremendo. La gente grita y le insulta. Los soldados, sin ninguna paciencia, sin piedad, le ayudan a levantarse arrastrándole. Todo su Cuerpo es una herida tan profunda que ya ni sangre le queda. Sólo la Cruz parece darle fuerzas. Se agarra a Ella como un náufrago en medio de las olas. Su soledad ante un dolor tan grande es un martirio insoportable.

 

Sí, le sostiene la Cruz, pero también el amor de unos pocos. Cayo, de rodillas, no quiere ni mirar. Y Benjamín llora sin consuelo. Ya casi hemos llegado al Calvario. Por eso Jesús, aunque parezca imposible, sufre todavía más.

 

-          Benjamín, no llores.

 

Es Juan. Benjamín le mira, y mira a María –nuestra Madre- que se agarra con fuerza al brazo del discípulo.

 

-          ¿No hay nada que hacer, verdad Juan?

-          Mírale Benjamín, no dejes de mirarle. Es el Hijo de Dios. Su muerte es el comienzo, no el final. Nos lo dijo. Resucitará y se quedará con nosotros para siempre.

-          Resu... ¿qué?, preguntó Cayo, que se había puesto de pie.

-          Resucitará de entre los muertos Cayo. Como resucitó a su amigo Lázaro. Pero el Señor ya no volverá a morir.

-          Pero..., pero ¿por qué ha de sufrir tanto?

-          Porque nos quiere, porque es necesario que sea así, aunque no lo entendamos del todo. Ha de sufrir y morir para que nosotros vivamos y podamos ir con Él a su Reino.

-          ¿¡Tiene un reino!?, pregunta Cayo abriendo mucho los ojos.

-          Lo tiene. Está en el Cielo. Y toda la felicidad será poder estar allí con Él para siempre, para siempre.

 

Mientras hablaba Juan miraban a Jesús, miraban como al fin había logrado levantarse. Y nosotros aprendemos a levantarnos con Él. Las veces que haga falta.

 

 

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